Desafiare a Dios para que te haga inmortal
Gritare a los cuatro vientos que te amo
Que no trato de olvidarte
Ni de alejarte de mi mente
Porque no lo podrÃa lograr
Y una vez mas y mil veces mas vuelvo a pensar en ti
Una vez mas vuelvo a recordar tu nombre que me incendia de a ratos
Porque aun te extraño
Por Talita traveler
Ahora no sé que pensar, o si sé pero prefiero no hacerlo, lo mejor es que me dé vuelta en el tiempo y revise como fue que sucedieron las cosas.
Seria casi un mes o unas semanas más, si, lo recuerdo, era uno de esos dÃas horriblemente calientes de verano, donde por alguna estúpida circunstancia la calefacción del metro de Londres sigue funcionando.
El viaje iba a ser largo, por ello metà dentro de mi cartera el libro de turno, una novela un tanto húmeda de un escritor español. Las sillas en el vagón que tome, están ubicadas en forma lateral y el pasillo queda libre, dejando que los pasajeros se encuentren cara a cara evitando como es lógico, mirar a la los ojos.
El calor era insoportable, y trataba de distraerlo sumida en el libro, aunque constantemente me llegaba a la memoria la discusión que habÃa tenido con Andrés la noche anterior. Nuestras relaciones últimamente no marchaban nada bien y ni en la cama podÃamos reparar nuestras discrepancias como tiempo antes.
Viajaba como alejada de toda acción y atención, el libro me aburrÃa, la cabeza me maquinaba salidas absurdas y no notaba que pasaba a mà alrededor, ni siguiera que el tren comenzó a quedar vacÃo al superar las estaciones céntricas. Al cambiar una de las páginas en mi lectura fue que note las piernas de la mujer que estaba al frente mÃo, eran largas y hermosas, las mire distraÃda y fueron sus movimientos los que me fueron sacando de mi lejanÃa.
Ella llevaba puesta una minifalda, con disimulo levante la cara, para verla mejor. Unos profundos ojos azules acentuaban más su belleza. Ella me sonrÃe distraÃda y con amabilidad. Yo respondà al saludo y regrese de inmediato a las páginas de mi libro, volviendo a mirar de reojo sus piernas, que continuaban con su movimiento entre abriéndolas y cerrándolas. Sentà que un leve corrientazo descendió desde mi vientre. Su movimiento sensual me inducÃa a seguir mirándola, fue cuando note que alcanzaba a ver su sexo y una nueva descarga corrió por todo mi cuerpo hasta ir a estrellarse nuevamente en mi sexo como una explosión húmeda y caliente de deseo.
El tren cada vez más vacÃo, ella, al frente mÃo distraÃda o simulando estarlo, me continuaba seduciendo con sus movimientos, tratando de elevar mÃnimamente su pubis como si quisiera ofrecérmelo. Levante nuevamente la cara, para mirarla a los ojos, como tratando de reprobarle lo que hacia, pero ella mostraba la más absoluta naturalidad y desinterés por lo que ocurrÃa. Creà que era mi imaginación, que no se proponÃa hacer ninguna seducción o cosa por el estilo, pues odiaba que me fuera a tomar por lesbiana o cosa parecida.
Pero la humedad me aumentaba. Me excitaba entre el placer y el terror que esas piernas entreabiertas, ese sexo que a mi parecer también debÃa de estar húmedo me atrajeran de tal forma. Cerré el libro y decidà bajar en la siguiente estación. QuerÃa escapar de esa situación que me parecÃa absurda. Y asà lo hice. Al levantarme volvà a mirarla pero ella siguió lejana, absorta en sus pensamientos.
Ya afuera de la estación el viento fresco y la luz del dÃa me volvieron la tranquilidad, fue en la noche cuando estando en mi casa preparando la cena me asalto la imagen del tren. Las piernas de la mujer, su sexo desnudo entreabriéndose llamándome desde una distancia infinita, como una voz en eco. Sentà nuevamente la humedad de mi sexo invadiéndome como una tormenta y sin saber en que momento inconscientemente mi mano rozando con cualquier leve excusa que yo misma me proponÃa adecuada, pero la excitación no cesaba, antes por el contrario, me agitaba la respiración. Fue cuando decidà quitarme las bragas para sentirme mas cómoda. Estaba tan mojada que al momento sentà como escurrÃan por mi entrepierna mis jugos naturales. Como una fruta más que madura. Todo comenzó a ser erótico en la cocina, los mangos de las cazuelas, las cucharas de madera, la mantequilla, los pepinos, los tomates.
Mi mano ahora buscaba curar un poco tanto desorden en mi cuerpo, lentamente empece a friccionarme el clÃtoris, introduciendo de a poquitos la yema de mis dedos entre los labios vaginales, recorriendo sus pliegues, ejerciendo suaves pellizcos y nuevamente frotándome los labios, mojándome la mano. Avivando más la aventura de mi dedo anular entre la vagina que se abrÃa como un túnel a la delicia. Primero fue un dedo en su totalidad que se entro en mi cuerpo causándome leves convulsiones. La excitación era cada vez mayor, busque calmarme con dos y tres dedos a la vez que entraban y salÃan con un ritmo cada vez mas acelerado. Mientras lo hacia en mi imaginación volvÃan las piernas de la mujer del metro, abriéndose cada vez más, con más y más descaro, permitiendo que todos los de la silla del frente vieran su bello rizado y su vagina suave y rozada como una boca vertical que sonreÃa sedienta de sexo.
El orgasmo llego a intervalos en intervalos que crecieron como una catarata. Yo estaba tendida en el suelo de la cocina, empapada de mi misma. Sudorosa, feliz de venirme asà como me habÃa venido.
No puedo negar que recompuesta la cordura, habÃa un sentimiento de culpa en todo mi cuerpo. No era normal que me causara tanta excitación el hacer visto a una mujer sin bragas en el tren. Además, nunca me habÃa atrevido a tanto. Si es cierto que hacia muchos años habÃa descubierto la satisfacción de masturbarme, nunca habÃa ocurrido asÃ, y muchos menos teniendo como fantasÃa a una mujer. Mis fantasÃas eran de otro tipo, y jamas de carácter lésbico. Además; la masturbación siempre fue un recurso de buscar satisfacción cuando Andrés en su afán de auto - complacencia se derrumbaba vencido y agitado. En esos momentos y solos cuando confirmaba que dormÃa yo lo hacÃa para tranquilizar mis ganas.
Estoy parada en el anden, la gente cruza en cámara lenta, y el pasadizo de la estación se extiende como infinito permitiendo por su oscuro hueco del túnel entrar un tren también infinito de formas viscosas y onduladas que no termina de llagar. El primer coche se acerca a transformándose en un gigantesco glande que me huele, yo me pego a la pared tratando de escapar, se repliega un momento y vuelve a estirarse sobre sus rieles, crepitando en la parada. Estoy aterrorizada, pero la gente que esta cerca de mi no parece notar la agresión y se encamina a las diferentes puertas que vomitan y engullen a la vez. Entro en uno de los coches que se torna rosado con bao de vino en barracas y me acomodo en la silla lateral del medio. Levanto la vista y mis ojos tropiezan con los hermosos ojos azules de la mujer del tren, Por unos momentos me congelo en sus ojos que se torna suave y me invita con su mirada a que me fije en sus rodillas que comienzan a moverse levemente cuando confirman que mi vista esta puesta en ellas.
La miro extasiada, sintiendo mi corazón saltar. Ella hace movimientos imperceptibles que yo siento en mi estomago, son movimientos que vienen desde el centro de su sexo y que se van prolongando en suaves ondulaciones por sus muslos, su entrepierna y finalizan en unas rodillas que se abren sutilmente. Imagino el movimiento o realmente ocurre. Imagino que vienen desde su más profundo interior, imagino que para hacerlo todos sus músculos se tensan y luego ser relajan, imagino su culo apretándose contra la silla y miro sus piernas abriendo cada vez más, sin volverle a importar la gente que la mira sin opinar, desde sus exclusivos silencios. Recorro la mirada por los pasajeros del tren, pero nadie se da por aludido. Las piernas se abren cada vez más. Yo comienzo a humedecerme, a sentir agonÃas lentas que recorren todo mi cuerpo, pero que inevitablemente terminan en contracciones en mi coño. La mujer del frente acomoda su falda para que la pueda ver mejor. Vuelve a sobresaltarme que este sin bragas, pero esta vez ella acerca una de sus manos hasta en nacimiento de su bello rizado se acaricia invitándome a que me acerque. Lo hago no puedo evitar ese magnetismo, me coloco entre sus rodillas y tomo su sexo con mis dedos, juego entre sus rizos, busco su clÃtoris que se hincha a mi palpación, no necesito esforzarme en buscar el hueco de su vagina que por si solo se esfuerza en lamer la punta de mis dedos.
Despierto sobresaltada por mi propia agonÃa, con una de mis manos agitando casi frenéticamente mi coño mientras la otra masajea mis senos. Están erectos mis pezones, me siento como un volcán incontenible busco acomodarme a mi satisfacción y me coloco de cuclillas para frotarme introduciendo dos dedos en mÃ, mientras la palma de la mano hace cÃrculos sobre mi clÃtoris. Grito de placer y mis gritos retumban en la casa vacÃa, se adhiere a las paredes y despiertan a los vecinos, pero no me importa. Estoy a borde de un abismo delicioso y me dejo arrastrar en él, soportando su avalancha.
Capitulo dos
Amanda a llegado a casa hoy y me encuentra algo confundida pero demasiado atractiva, según sus propias palabras. Me dice que me veo radiante desde que me he alejado de Andrés. Habla de los hombres, los compara como jardineros o vampiros, según su teorÃa hay hombres que son capaces de hacerte florecer o de secarte sin contemplaciones. Reconozco que Andrés nunca a sido de su agrado y ella siente algo de satisfacción de que nos hallamos dejado.
-Tu debes de encontrar a alguien mejor – Como decirle todo lo que me habÃa ocurrido, que a lo mejor por mi imaginación estimulada por la muchacha del tren, habÃa descubierto otra parte de mi sexualidad que ahora me provocaba que me satisfacÃa. Pero ella continuo insistiendo, adulándome con lo radiante que lucia, preguntándome si habÃa otro hombre que ahora veÃa en secreto, y que se lo confiara que para eso éramos amigas de tanto tiempo. Y era verdad, durante muchos años ella habÃa sido mi mejor amiga, a la que habÃa recurrido cada vez que tenia un problema, la que me daba consejo y cobijo cuando las cosas no se presentaban bien, y me mimaba como si fuera lo más especial de la vida.
Su presión era leve pero continua, siempre le habÃa admirado ese poder de inducir con suavidad a conocer las cosas más intimas de mÃ. A ella fue la primera que le conté con todos los pormenores cada una de mis diferentes experiencias sexuales desde la primera hasta la última, y también de ella acepte consejos de conquista y técnicas de seducción. Pero lo que habÃa ocurrido conmigo era diferente y tenia mis miedos y mis dudas de confiar algo tan Ãntimos como eso.
- Amalia Batista a ti te ocurre algo niña y no me lo puedes negar, chica- Lo dijo marcando muy fuerte su acento cubano. –¿Es que ya no confÃas en mÃ?.
Claro que confiaba en ella, pero como decirle, y sobre todo como escapar de su presión un tanto indiscreta el que “ no es nada mujer†no le valÃa si ella se empecinaba en algo lo conseguÃa. – Es... que no se como decÃrtelo. Vamos, mira, hay una formula sencilla, tu te acomodas lo mejor posible en el sillón, cierras los ojos, te relajas unos segundos y dejas que las palabras fluyan como ellas quieran. Yo te escuchare sin interrumpirte, veras como funciona de bien lo que te digo y asà nos enteramos las dos, yo porque me muero de ganas de saber que te pasa y tu porque podrás entender mejor lo que te ocurre.
Me dispuse a hacerle caso, ella en un santiamén habÃa cerrado las cortinas de las ventanas y encendido un par de candelabros. Yo cerré los ojos y me quede silenciosa un tiempo, primero tratando de encontrar las primeras palabras para contar mi historia, pero luego de ese inicial esfuerzo las palabras se me diluyeron en sonidos de voces lejanas que me llamaban, en colores tibios. En labios húmedos de mujer que susurraban ternuras sensuales a mis oÃdos. Y unos dedos largos y gráciles enroscaban mis cabellos, hacÃan vaivenes en mi cuello y se deslizaba por mi espalda en delicadas caricias, más parecidas a la timidez con que aletean las mariposas cuando uno las sostiene entre las manos. Mi narración comenzó a fluir como el agua de un pequeño manantial. A medida que hablaba una angustia calmaba su sed pero al mismo tiempo el deseo surgÃa repentino como la lluvia en primavera, mi cuerpo se congestiono de deseo. Los pezones de mis senos se endurecieron prolongándose en busca de unos labios, de los labios que imaginaba, mi cadera anidaba un ritmo al que yo querÃa controlar pero que era más fuerte que yo, abrà las piernas muy suavemente para dejar escurrir la humedad de mi sexo con mayor libertad. Imaginaba que ahora mis bragas mojadas eran unos labios que incómodamente trataban de calmar mis ganas crecientes de sexo. La respiración se me agitaba, las imágenes continuaban cruzando cada vez mas veloces. Regresaba la muchacha del tren y era ella la que ahora se apoyaba entre mis rodillas buscando lamer mi coño sin afán, causando a mà la agonÃa de querer apretarla para que su lengua me lamiera, para que su nariz me oliera. Abrà los ojos buscando calmar mi locura en el sobrio silencio de mi amiga. Al hacerlo; descubrà para aumentar mi deseo que ella se habÃa despojado de sus pantaletas y colocando las piernas en cada uno de los brazos de la silla reclinatoria me escuchaba con los ojos cerrados mientras sus manos jugueteaban con su clÃtoris alternando entre su boca que los humedecÃa y su coño que los recibÃa. Él verla asà me sorprendió. Mi narración se detuvo contemplándola como abrÃa su vagina e introducÃa sus dedos y un olor a sexo de mujer llegaba hasta a mÃ.
Ella no se detuvo en su placer, se incorporo un poco y sin abrir los ojos, me dijo que continuara contándole que eso le excitaba mucho. Me pregunto si yo no querÃa tocarme mientras lo hacia, una llamarada surcaba todo mi cuerpo, afloje mis ropas pero por más que lo intentaba no podÃa gesticular palabra, mi boca estaba seca y solo deseaba aproximarme a ella. Olerla mas de cerca, querer tocarla con suavidad, explorar su cuerpo, meter mis manos entre sus cabellos. Ella también debÃa de desearlo porque sus manos sin dejar de mantener el ritmo me llamaron. La distancia entre el sofá y el sillón fue largamente agónica, primero toque sus rodillas. Las bese como quien besa una flor y fui sintiendo el surgir de diminutas convulsiones que erizaban su piel y mi piel. Era como si al unÃsono vibrara entre las dos la misma cuerda de guitarra, en mi recorrido por sus piernas mis afanosas manos buscaron despojarme de lo que me restaba de ropa, ella detuvo su agitación para hacer lo mismo, por primera vez descubrà sus fascinantes tetas erectas y deseosas de que yo las mamara. En mi asenso pase mi lengua por su coño saboreando su viscosidad salada de mujer excitada, rodé por su vientre mis labios, corone la cima de sus senos y succiones como un bebe buscando que me mamara su placer. Ella se quejaba con placer, sin ahorrar disfrute. Su lengua busco mi boca en un apasionado beso. La posición en que yo estaba permitió que fácilmente rodara por debajo de mà dejando con las rodillas puestas en los brazos del sillón para que ella se pudiera apoderar de toda ni vagina abierta. Introdujo su lengua dentro de mà convulsionándome, me chupaba con desespero, desde mi lugar podÃa ver como su cara se untaba de mÃ. Era un placer incomparado, Unas ganas cada vez mayores de ser mas tocada, de ser mas besada, de ser mas disfrutada por ella, Si, eso era, querÃa que cada vez fuera más disfrutada por ella, ser el objeto de su deseo, ser el motivo de su irracionalidad, ser la causante de su excitación. Sin dejar de manosearme fue llevando mi lubricación con su saliva hasta mi culo, casi salto de placer cuando sus dedos circularon su entorno. Ella debió advertirlo con facilidad, porque continuo estimulándome en esa parte, introduciendo de a poquitos la punta de uno de ellos mientras su lengua seguÃa alternando entre mi clÃtoris el interior de mi vagina y fuertes chupetas que aplicaba a mis labios vaginales. El ritmo fue creciendo, la, penetración anal más rÃtmica, acompasada, la mano que le restaba libre masaje mis nalgas y luego introdujo dos de sus dos en mi coño sin dejar de chuparme ni extraer uno de la otra mano de mi culo. Me querÃa venir, sentÃa que todo mi cuerpo temblaba y asà se lo dije con voz entrecortada, ella suavemente extrajo el dedo de mi culo acentuando por su ausencia mas mi orgasmo y con los dedos que tenia entre mi coño aplico presión hacia arriba con cierta fuerza mientras sus labios se pegaban a mi clÃtoris chupándolo casi con desesperación. Sentà que todo trastocaba, que flotaba, que algo de muy adentro pujaba por salir y no lo podÃa contener, me deje venir sobre la cara de mi amiga como nunca me habÃa ocurrido, ella también disfrutaba de su orgasmo, no sé cuanto tiempo duro, pero parecÃa que no pararÃa nunca en mi clÃmax. Escuchaba que desde su posición me decÃa que se lo diera toda, -cosita rica- y sus palabras completaron me feliz locura.
Rodamos por el suelo entregadas en un abrazo de felicidad, dándonos besos con una pasión increÃble, disfrutando de cómo estaba impregnada de mà en sustancia y olor. Le dije que nunca me habÃa pasado eso y ella me contesta que nunca nadie habÃa logrado estimularme el punto G. Que yo era una mujer que podÃa eyacular, que lo habÃa pensado desde hace mucho tiempo pero que nunca se habÃa atrevido a comentarme nada de ello por temor que, que le marginara en su amistad por creerla lesbiana. Le conteste que si asà de fuerte habÃa sentido un placer tan hermoso, como nunca antes lo habÃa podido experimentar me declaraba desde ese momento lesbiana, que más valÃa tarde que nunca. Porque seria triste si llegaba a vieja compartiendo una sexualidad con un hombre que no me satisfacÃa porque en mi propio sexo estaba mi felicidad y yo la desconocÃa.
Quisiera saber de donde sacaste el verso de "Desafiare a Dios para que te haga inmortal", y por que lo haces parecer como tuyo en 2009, si fue escrito por un romantico mexicano hace mas de 15 años para una persona muy especial......