DON DINO, EL CALENTON 4
Habían pasado unos días ya de aquel encuentro en que el viejo don Dino, había penetrado y llenado el culito de Arturito. El chico se había llegado otra vez a la tardecita. Los abuelos por supuesto lo dejaron sin problemas ya que no tenían nada que decir del viejo don Dino.
El viejo macho estaba en bermudas de jean rotosas, bien de entrecasa, sabiendo en su interior, que Arturito vendría un día u otro en busca de su ración de leche, de carne. Sabía que no podía estar sin él, sin su poronga, sin su lengua, sin sus caricias. Regaba unos tomates, perdido en el alto de las plantas, solo se escuchaba el rumor del agua cayendo en la tierra, ese olor inconfundible.
Arturito golpeo las manos avanzando en el terreno. Nombrando al hombre en voz alta, los perros que ya lo conocían salieron a saludarlo moviendo sus colas largas y gruesas y peludas, el se detuvo unos momentos tocando a los animales que le hacían fiesta. El sol ya se perdía entre los altos arboles. Se venía un atardecer inigualable de verano. Aflojaba un poco el calor.
__Arturito pasa, ven, ven…__ dijo el viejo apareciendo de entre los tomates. Secándose sus manos en la misma bermuda vieja y rotosa.
__Como estas don Dino…
__Bien esperándote, viendo cuando vendrías…__ dijo zalamero el viejo. El chico avanzo hasta él y lo beso en os labios sin ningún tipo de pudor. Se sentaron en la galería que tenía el hombre en la entrada de la casa.
__Bebemos algo__ propuso el viejo
__Claro no estaría mal…__ el hombre desapareció dentro y apareció con dos cervezas bien heladas. Bebieron en silencio, mirándose, coqueteando, Arturito con enormes cosquillas en su vientre. Caliente. El viejo aunque no lo demostraba volaba de calentura. Además era su estado casi natural.
__Me extrañaste__ pregunto el viejo ladino, sonriendo y pasando su lengua morbosa por los labios.
__Mucho… ¿y tú?__ el viejo se puso de pie, busco en un hueco de la casa y saco unos cigarrillos tipo habanos pero bien finitos. Encendió uno, dio unas pitadas largando el humo al aire. Convidó del cigarro a Arturito. El chico tosió, ya que no fumaba, pero le gustó y se terminaron entre los dos, aquel cigarro marrón.
__Cuéntame don Dino…__ exclamó sorprendiendo al viejo el chico
__¿Que quieres que te cuente?__ preguntó el viejo
__Que pasó realmente contigo y tu mujer y el vecino, bah, el hijo de los vecinos…
__Bueno…habías resultado un poco chusma…pero no me molesta…si quieres te cuento…
__Si cuéntame cuéntame…
__ Esto sucedió hará unos quince años ya, cuánto tiempo pasó, a veces ni lo recuerdo. En fin. La cuestión es que un día de tantos en que llevaba mis verduras al pueblo, las había dejado en los lugares que las solía dejar, estaba sudando, ya que en esas épocas era bastante el trabajo. De regreso, decidí, pasara por el arroyito que pasa por el pueblo, desviándome de la ruta que solía usar, igual no era la primera vez que pasaba por el arroyo para refrescarme…__ Arturito escuchaba atento, bebiendo de su cerveza…__me largue por el camino de tierra y llegue al lugar, tipo una pequeña costanera, un día de estos vamos a ir, si no conoces. Entonces vi a alguien nadando en las aguas. No me importó porque venía a hacer lo mismo. Dejé la camioneta a unos veinte metros sobre el camino polvoriento y avance, me fui acercando mientras fui viendo que era un chico quien se bañaba en aquellas aguas, ya me había visto.
Me saludó con la mano, el sol reflejaba en mi cara. Al fin descubrí que era Tito, el hijo de mis vecinos. Me saludo muy cariñoso, como era siempre conmigo. Me pregunto si me metería, le dije que si, un pequeño hormigueo empezó a subirme por el cuerpo, sentí la pulsión. Todo mi cuerpo era un fuego. Me metí al agua en calzoncillos y mi verga buscaba ponerse dura, creo que eso Tito lo noto. Se acerco a mi emanando un aire sensual que me volvía loco, te imaginaras mis hormonas con quince años menos. Encima con mi mujer veníamos de mal en peor, casi ni la tocaba, bah, no la tocaba hacia meses… ¿te aburro?__ pregunto el viejo de pronto
__Que dices, sigue, sigue…__ dijo Arturito levantando temperatura
__Me tiro agua como jugando, yo respondí, otra vez y otra vez, se lanzo sobre mi cuerpo, tomándome del cuello, y sin darme cuenta lo bese, nos besamos, el no me rechazó, es como si lo hubiese buscado, por supuesto mi tranca estaba a mil, dura, mas cuando descubrí que no tenia ropas, estaba desnudito con su dieciocho añitos recién cumplidos, una fruta fresca, salvaje, dispuesta, entregada. Se montaba a horcajadas sin ningún pudor, en lo más mínimo. Me susurraba que soñaba conmigo, que me deseaba hacia tiempo, que cada vez que me veía se pajeaba pensando en mi de la calentura que yo le levantaba, quería que lo desvirgara, quería que yo fuera el primero. Calcula mi calentura iba en aumento ferozmente. Se aferro a mi verga, tanteándola, ya me había quitado el calzoncillo. Aquello era una furia, un volcán. Salimos del agua. Yo tenía unas colchonetas que siempre llevaba en mi camioneta, las busque, no andaba nadie por esos lugares, igualmente el me condujo a través de la maleza hasta una especie de cueva que conocía, nos tumbamos en las colchonetas, como animales salvajes, y allí mismo lo desvirgué, aulló de dolor, de placer, lloriqueó, me beso, me araño, me mordió, lo llene de leche, mientras la tarde caía sobre la maleza. Estaba tan apretadito su culo que no tarde en llenarlo de leche. Se lo deje dentro mientras latía y expulsaba los últimos hilos de semen. El gemía y me besaba, ya que lo había penetrado casi de frente. Al rato le saque la verga chorreando. El suspiro hondamente, me alabo con sus palabras, me trato de cariño, de macho, de que sueño había sido cumplido. Sin dejar de acariciarme, de besarme, de tocarme. A mí me gustaba, yo también lo besaba y mordía sus pezones, su verga aun dura la toque y lo masturbe hasta que volcó su líquido sobre mi vientre y mi pecho. Minutos después mi verga estaba otra vez al mango. Presta, potente, dura, yo no podía creer aquello, no me ocurría hacía rato. Tito bajo hasta ella y empezó a comerla, a besarla con adoración, estaba cumpliendo sus fantasías. Haciéndome gozar. Besaba mis bolas duras, llenas. Las chupaba indiscriminadamente. Haciéndome gruñir de placer, de lujuria…__ a todo esto Arturito estaba masajeando su pija por sobre la tela, babeando
__aquel chico era muy caliente. Y yo también. Fuego era todo alrededor de nosotros y hasta que no me saco la leche otra vez no se quedo conforme…después de llenarnos de besos, decidimos marcharnos. Lo acerque hasta su casa. Tito olía a semen, a mi semen.
Los días pasaron, no muchos, y con aquel vecino mío nos empezamos a reunir y a coger en lugares insólitos, alejados, lo cogí de mil formas, de mil maneras lo hice gozar y goce de aquel joven entregado a mí. En la camioneta lo llene de leche pilas de veces, hasta a veces manejando me chupaba la poronga hasta vaciarme. No sé cómo surgió las sospechas de mi mujer. Tal vez deje muchas pistas, no lo recuerdo ahora, lo que si se es que un día de tantos, nos encontrábamos en un galpón vacio de las vías abandonadas, y yo estaba en pleno ensartamiento de aquel chico, mi esposa, para que la viera, me hablo, solo unos segundos, y se marcho, cuando llegue a casa se había marchado. No sé si ella hablo con los padres del muchacho la cuestión es que al tiempo todos se marcharon vendiendo la casa y no supe mas nada de ellos ni del chico. Nunca una comunicación, una señal, nada fue como si se lo tragara la tierra, y bueno así fue todo, al menos lo que recuerdo…__ don Dino, el calentón terminó el relato y sin perder tiempo Arturito se acerco a él, totalmente sacado, con la cabeza que le reventaba de calentura. Don Dino, el calentón estaba con su pedazo de carne urgido, parado, rocoso. Arturito se colocó de rodillas en medio de aquella galería, la noche y se había hecho presente, una luna redonda estaba en lo alto del cielo asomando y alumbrando todo como si las luces estuvieran encendidas. Apareció la herramienta del viejo macho, las manos del jovencito la tomaron, sin resistencia, quitaron las bermudas del viejo. La boca del chico se abrió y trago aquella serpiente salvaje. Gruesa. Que tan bien ya conocía aquel jovencito. La mamada en medio de la oscuridad era brutal, salvaje, lujuriosa. El macho acariciaba los cabellos de Arturito, gemía, gruñía. Las bolas del hombre eran tomadas por asalto por esa boca feroz, esa lengua enloquecida, del jovencito, que no se detenía, que goloso tragaba, degustaba. Le sacaría la leche, el viejo lo sabía y lo deseaba, y luego, ya verían lo que sucedería, la luna seguía alumbrando desde arriba, algunos ladridos de perros se escuchaban a lo lejos, a ellos nada le importaba, algún ruido de motor que pasaba por la calle, nada inquietaba a aquellas almas calientes y desquiciadas.-