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Categoría: Gays

UN APAGON PROVIDENCIAL

Como profesor de matemáticas, me gano un sobresueldo dando clases de repaso por las tardes. Se trata de una actividad organizada por el área de cultura y educación del ayuntamiento de la pequeña ciudad donde vivo. Mi trabajo consiste en ayudar a un grupo de adolescentes a hacer sus deberes y resolver dudas. La mayoría de ellos muestran poco interés por la materia, Iván es la única excepción, por eso me fijé en él ya desde un principio.

Iván tiene 16 años. Asiste a un curso inferior al que le correspondería por su edad, porque, según me confesó, padece un ligero trastorno del espectro autista y le cuesta más que a los demás asimilar conceptos, pero demuestra verdaderas ganas por aprender y se esfuerza mucho. Es bastante tímido, no se relaciona con los demás. Habla en voz baja, como con miedo. Desde el primer día me volqué en ayudarlo, no sólo por sus cualidades como alumno ejemplar, también porque no podía evitar sentirme atraído por él.

Iván lleva gafas, que complementan muy bien su lampiña cara ovalada de tez blanca. Cuando sonríe lo hace tímidamente y a menudo cubriéndose la boca con la mano, como si le diese vergüenza, pero el brillo en sus ojos le delata. Es moreno, alto, delgado, esbelto. Cuando camina a paso rápido parece una grácil gacela joven. Tiene las manos delicadas, de dedos largos, algo torpes. Pero lo que más destaca de él a simple vista es su larga cabellera hasta por debajo de los hombros, visto por detrás podría pasar perfectamente por una muchacha. Todo él emana una belleza andrógina que me atrae irresistiblemente. En clase, de vez en cuando nuestras miradas se encuentran. En esos momentos yo le sonrío y él me responde, o baja la mirada, como turbado.

Como los dos vivimos en el mismo barrio, al acabar la clase empezamos a compartir parte del recorrido de vuelta a casa, y después de las primeras vacilaciones comenzamos a charlar un poco de todo: las clases, la tele, nuestros gustos y aficiones… Alguna vez intenté introducir sutilmente el tema del sexo, pero viendo que se azoraba, no insistí en ello. De todas maneras, gracias a estas charlas ahora tenemos una relación más allá de la de simple profesor y alumno.

Hace unas semanas, a media clase, se apagaron las luces. Miré por la ventana y vi que el problema no era solamente de nuestro edificio, sino como mínimo de todo el barrio, quizás de toda la ciudad. Recordé el apagón general ocurrido a finales de abril de 2025, que duró horas, y por precaución decidí suspender la clase y enviar a los chavales de vuelta a casa. Todos recogieron sus cosas y salieron apresuradamente del aula. Todos menos Iván, que se acercó a mí con paso vacilante, y con la vista en el suelo me confesó en voz más baja que de costumbre: “Profe… Yo… A mí… Me da miedo la oscuridad”, y dicho esto pude ver, a la tenue luz del alumbrado de emergencia, que se ponía colorado. En aquel momento sentí un deseo enorme de abrazarlo y darle un beso tranquilizador, pero me contuve y sólo acerté a decir que era un chico muy valiente. Al oír estas palabras, alzó la vista y me miró con cara de sorpresa. Yo proseguí: “Hay que ser muy valiente, para reconocer algo así. A la mayoría de la gente le aterra la idea de que los demás conozcan sus debilidades. Pero tú has sido capaz de admitirlo. Y eso es señal de valentía.” Me sonrió agradecido y yo añadí que no debía preocuparse, porque iríamos juntos como siempre y si hacía falta yo no tenía ningún inconveniente en acompañarle hasta su casa.

Salimos a la calle. Aunque sólo habían pasado unos minutos, todo era ya un caos. Las únicas luces eran las de los móviles de los viandantes y las de los faros de los coches. Como los semáforos no funcionaban, cruzar la calle principal era una odisea. Después de esperar unos minutos, aproveché un momento de atasco, sujeté a Iván de la mano y “¡Venga, ahora!” cruzamos a la carrera entre los coches. Al llegar al otro lado lo solté y noté cómo mi mano conservaba durante unos segundos la calidez de la suya. Durante el camino teníamos que atravesar un pequeño parque. La ausencia de vehículos hacía que el lugar estuviese más oscuro, y al poco de entrar, Iván se acercó más a mí y esta vez fue él quien se agarró a mi mano. Yo le di un pequeño apretón tranquilizador y seguimos así, mano con mano, hasta llegar al portal de mi vivienda, donde normalmente nos despedíamos. Allí le pregunté si quería que lo acompañase hasta su casa y él, de nuevo cabizbajo y con un tono de voz apenas audible, me dijo que sus padres no estaban, que habían ido a ver a su abuela y no volvían hasta el día siguiente. “Esta noche estoy solo en casa”, acabó diciendo, con cierto tono de súplica. Yo inmediatamente añadí: “Pues entonces, si te apetece, puedes quedarte aquí conmigo. Así me harás compañía, porque también yo estoy solo”. Aceptó, relajado.

Subimos a mi piso. A la luz de un par de velas que encontré en un cajón de la cocina, improvisé una cena fría a base de bocadillos y fruta. Ya estábamos acabando cuando de pronto regresó la luz. En ese momento, Iván me miró con expresión de súplica y yo le dije: “Aunque haya vuelto la luz, puedes quedarte a dormir aquí, si lo prefieres”. Él asintió, sonriente, y de pronto por un momento su rostro cambió, algún pensamiento fugaz pasó por su mente, un pensamiento turbador, porque sus mejillas se tiñeron de rojo carmesí y bajó la vista al plato, avergonzado.

Después de cenar, vimos un rato la tele, sin demasiado interés, hasta que decidimos que era hora de acostarse. Le mostré mi habitación. “Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy”. Luego le indiqué la de invitados. “Puedes dormir aquí”. Le deseé buenas noches y salí. Él pareció algo decepcionado, pero no dijo nada, y yo me maldije por no haber sido más atrevido.

Una vez en mi cama no pude conciliar el sueño pensando que el objeto de mis deseos se hallaba tan cerca. Finalmente decidí arriesgarme e ir en busca de Iván. Pero no hizo falta. Encendí la luz y lo descubrí de pie en el marco de la puerta, cubierto tan sólo por un ajustado slip que resaltaba su miembro de adolescente. No sabía cuánto tiempo llevaba allí y al encender la luz se asustó y se dio la vuelta. Por suerte reaccioné rápido y le llamé: “Ven, Iván. Por favor”. Se giró, yo aparté la ropa de cama para abrirle paso, él avanzó vacilante y finalmente entró en la cama, acurrucándose junto mí. Yo lo abracé y lo cubrí de tiernos besos en la frente, los pómulos, los párpados, las mejillas... Al llegar a sus labios, me apartó un momento y me dijo:

- No lo he hecho nunca, profe, con nadie.

- No te preocupes, no haremos nada que tú no quieras, te lo prometo.

- Lo que quiero es ser tuyo. Que me poseas. – a juzgar por su expresión de sorpresa, esa súbita confesión le sorprendió a él mismo tanto como a mí.

Lo volví a besar, esta vez con fuerza, introduciéndole la lengua. Al poco él ya hacía lo mismo y nuestras lenguas se entrelazaban con pasión. Mientras nos besábamos, yo empecé a acariciarle las nalgas, primero por encima del slip, después con mis manos dentro de la minúscula pieza de tela, en contacto directo con la piel suave y cálida de su trasero. De modo inesperado, él deslizó la mano dentro de mi pijama y sus delicados dedos apresaron mi miembro, que por la excitación del momento ya estaba en su plenitud. “¡Oh!”, exclamó con sorpresa, y se puso a juguetear con él y con sus redondeados compañeros frotando, acariciando, haciendo cosquillas... Yo me quité el pijama y él pasó a acariciarme el pecho, los muslos… y finalmente hundió su rostro en mi entrepierna, se metió mi verga en la boca y empezó a chupar. Para ser su primera vez no lo hacía nada mal, aunque en alguna ocasión el roce de sus dientes en la delicada piel de mi miembro resultó algo molesto. Yo estaba tan excitado que temía correrme en cualquier instante. Lo tomé de los hombros y lo aparté de mí.

- ¿Es que no lo hago bien? - me preguntó, con la expresión compungida de un niño aprendiendo a resolver una raíz cuadrada.

- Lo haces muy bien, Iván. Tanto que si sigues así me voy a quedar sin fuerzas para satisfacer tu deseo.

Dicho esto le pedí que se echara boca abajo. Su cuerpo, alargado y con la línea central que formaban la columna vertebral, la rajita de su trasero, que se adivinaba a través del slip, y el espacio entre las piernas, parecía una pista de aterrizaje que invitaba a posarse en ella. Le separé las piernas para acomodar mejor mis rodillas. Le acaricié los muslos y me eché hacia delante apoyando las manos a sus costados. En esa postura me incliné y con la punta húmeda de mi lengua le recorrí toda la columna vertebral de abajo arriba, tuve que apartar sus cabellos para acceder a su nuca y besarla. Él se estremeció. A continuación repetí el recorrido, pero en sentido inverso, y al llegar al borde de su slip cambié de posición, me puse de rodillas, y con las dos manos, lentamente, le quité la prenda y la tiré al suelo de la habitación. Ahora Iván estaba por fin completamente desnudo y por un momento no pude menos que extasiarme ante aquella hermosa imagen. Le aparté las piernas de nuevo, me incliné sobre él, le acaricié las nalgas, se las separé para revelar el anillo sonrosado que ocultaban y sin poder esperar más, hundí allí mi cara y empecé a lamerle el culito. Con mi lengua recorría todo el interior de su rajita, poniendo especial interés en su pequeño orificio, mis lametones empezaron a hacer efecto: la respiración de Iván se aceleró, y cuando paré por un momento para soplar en su ensalivado trasero, él gimió: “¡Oh, sí. Me gusta!” Me concentré en su sabroso coñito de chico y haciendo fuerza logré introducir ligeramente la punta de mi lengua en el hoyito. Había llegado la hora de la verdad.

- ¿Estás preparado? – le pregunté en tono cariñoso.

- Sí.

- ¿Seguro?

- Sí, seguro, profe. Sigue, por favor.

Me incorporé de rodillas, lo tomé por la cintura y lo levanté hasta ponerlo a cuatro patas, como una perrita en celo. Sus pequeños testículos y su pene quedaban ahora más a la vista, colgando entre sus muslos. Para acabar de prepararlo, le masajeé el ano con la yema de un pulgar y luego le introduje la punta del dedo índice. Aunque no fui nada brusco, se sobresaltó, y al retirar el dedo exhaló un pequeño suspiro de alivio. Pero yo ya no podía esperar más. Acercándome a él, situé la punta de mi verga en la tentadora diana y empujé hasta hundir mi glande en él.

- ¡Uau! ¡Oh! –exclamó.

- ¿Te hago daño? ¿Quieres que pare?

- No, no, continúa. Pero despacio, porfa.

Así hice. Poco a poco, mi miembro, caliente y duro como nunca, penetraba centímetro a centímetro en el virginal trasero de Iván. La sensación era indescriptible. Muchas veces había soñado con ello, pero nunca antes había poseído a un alumno tan joven. Él aguantaba la respiración durante unos segundos y después expulsaba de golpe todo el aire retenido, para volver a empezar. Cuando llegué al fondo, retrocedí despacio, y sin llegar a sacar totalmente mi miembro de su recto, volví a clavárselo y a repetir la operación cada vez más deprisa y con más furia. Mis muslos golpeaban sus nalgas haciendo un ruido como “plas, plas”, que sonaba a aplauso. Debo confesar que yo soy de los que gustan de usar un lenguaje algo soez y barriobajero en la cama, pero como no sabía cómo se lo tomaría Iván, me contuve. Aun así no pude evitar decirle algunas cositas. Me sorprendió lo bien que se lo tomó y cómo participaba en el juego.

- ¿Así que te gusta que te folle, eh, putita?

- ¡Oh, sí, profe! Me encanta, sigue, sigue.

- Lo sabía. Sabía que eras una putita desde el primer día que te vi en clase, con tu fachada de niño bueno que no ha roto un plato en su vida. Y mira ahora, a cuatro patas, como una perra. La putita del profe.

- Sí, profe, soy tu putita, hazme todo lo que quieras.

Tras unos instantes de mete y saca me eché sobre su espalda, le agarré la verga y le masturbé hasta que eyaculó con un gemido seguido de un fuerte espasmo que le recorrió todo su cuerpo y provocó que su trasero, ya prieto de por sí, se contrajera y presionase mi verga. Ya no pude aguantar más y también yo me corrí e inundé el interior de Iván con una descarga de leche caliente. Al poco, mi miembro, ya desinflado y pringoso, se retiró de su culito, del que emergieron unos grumos de semen.

Agotados, nos dejamos caer en la cama y nos besamos y acariciamos hasta quedar dormidos el uno en brazos del otro. Me aterraba la idea de despertarme y descubrir que todo había sido sólo un bonito sueño, pero a la mañana siguiente al abrir los ojos Iván seguía allí, dormido, hermoso, con una expresión angelical que lo hacía adorable.

Desde entonces Iván y yo somos amantes. Nos acostamos un par de veces a la semana, después de clase. En casa dice que sale con unos compañeros. Sus padres están encantados de que por fin tenga un grupo de amigos. Poco se imaginan que en realidad su hijo queda con alguien que le triplica la edad, y que en mi cama su inocente angelito se transforma en una ardiente putita que me chupa la verga hasta dejarme seco y me ofrece impúdicamente su apretado trasero para que se lo llene de leche.

Pero soy realista, sé muy bien que tarde o temprano este idilio se acabará.

Con la seguridad en sí mismo que está adquiriendo, pronto empezará a relacionarse con los demás de verdad y acabará conociendo a un chico, o chica, de su edad que le guste y le corresponda. Y entonces dará por finalizada nuestra relación. No quisiera estar en su lugar cuando tenga que decírmelo, porque sé que me ha cogido cariño, como yo a él, y le resultará doloroso romper. Tan sólo espero que mantengamos el contacto y en el futuro me considere un buen amigo y mentor dispuesto a aconsejarle en los años complicados que tiene por delante. 
Datos del Relato
  • Autor: Profexxx
  • Código: 70975
  • Fecha: 21-09-2026
  • Categoría: Gays
  • Media: 0
  • Votos: 0
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