Voy a contar lo que me sucedió hace 1 año y sigue sucediendo en estos momentos. No voy a dar muchos detalles personales sobre los implicados.
Soy un hombre de 53 años con una mujer de 57 y una única hija de recién cumplidos los 21. La relación con mi esposa es de lo más normal. Tanto en lo personal como en lo sexual. Por contra, la relación con mi hija desde ya muy adolescente a sido siempre muy tensa y fría.
Ella tiene un carácter muy fuerte. Al igual que el mío y chocamos mucho. A veces tras uno de estos encontronazos nos tiramos días sin hablarnos. Cierto es también, que poco hago yo por evitarlos. Mi hija siempre ha sido bastante borde con nosotros. Cariñitos y besos, etc, tanto con su madre como conmigo los justos. Únicamente para los cumpleaños y cosas así. Tocarnos ni de coña. Tanto ella como yo cuando sucede esto accidentalmente soltamos: ¡Quita, no me toques!.
Otra de las cosas negativas, es que es de mecha muy corta. Salta a la mínima. Para ella las cosas son blancas o negras, no hay termino medio. Estás con ella o contra ella.
Así de simple.
Por otra parte y aún que parezca mentira, la relación entre los tres es básicamente estupenda. Salimos juntos muy a menudo a todos los lados. Vacaciones incluidas. Tengo muy claro que lo que aconteció no fue deseado por mi hija y menos aún por mi.
Pero sucedió.
Lo más increíble es, darse cuenta de que lo que hasta hace un momento, te causaba un total rechazo e incluso asco, un instante después, es muy deseable, irresistible y tremendamente excitante.
Algunos les podrá sorprender que recuerde tantos detalles de los acontecimientos. Pero que no se lleven a engaño. Todo esto lo empecé a escribir dos días después del primer suceso. Cuando aún tenía grabado a fuego, cada detalle de lo sucedido. No para publicarlo aquí o en cualquier otro lugar. Lo hice para mí, para que no se me olvidase ningún detalle, ninguna vocal de las que salieron de su boca o la mía. No quería perder la nitidez de ninguna de las imágenes que vieron mis incrédulos ojos o ninguna de las sensaciones que percibieron mis sentidos.
Quiero dejar muy claro que nunca he mirado a mi hija como otra cosa que no fuese eso. Mi hija. Ni por casualidad. La haya visto vestida como la haya visto, jamás me he sentido atraído por ella de ninguna de las maneras. Puedo asegurar que mi hija es todo un pibón y guapa a rabiar. Y no es amor de padre. Pero jamás pensé en ella de otra forma que no fuese como un padre.
Hasta este día.
Esto me ha hecho recordar, tanto su madre como yo la hemos bañado indistintamente desde que era un bebé. Lavarnos juntos los dos, jamás. Ni mi mujer con ella tampoco.
Cuando ya tenía 5 ó 6 años o más (no lo recuerdo muy bien) cuando la enjabonaba en sus partes íntimas ella, de repente hacía un movimiento brusco apartándose de mi mano como si recibiera un calambre. Me decía que le hacía muchas cosquillas ahí. Al principio no le di la menor importancia, pero luego ya empezó a preocuparme.
Lo consulté con mi mujer que, riéndose de mí, me dijo que esto sucedía porque la limpiaba con demasiada suavidad. Tenía que ser más enérgico sobre todo ahí. Me dijo que limpiara sin miedo, que con ella esto no sucedía. Pero como yo no quería incomodar a mi hija de ninguna de las maneras y tenía un miedo atroz, a lastimarla con mis manazas en sus partes íntimas, decidí dejar de bañarla. Lo que sí continúe siempre haciendo después de los baños, era secarla, vestirla y peinarla.
¿Qué quiero decir con esto?. Pues que nunca, ha habido nada que no fuese una relación de padre e hija. Y por ello, sorprende más aún si cabe todo lo sucedido.
Empezaré por describir más o menos a cada uno de nosotros.
Mi mujer siempre a sido delgada y con muy buen cuerpo. 160 cm de altura y unos 54 kilos. Morena de pelo largo y unos rasgos atractivos. Para su edad está la verdad fenomenal y muy apetecible. El sexo con ella siempre ha sido estupendo.
Yo mido 175 cm y unos 77 kilos. Soy de compresión fuerte o recia pero no estoy nada gordo. Considero que para mi edad estoy bastante bien.nEn mi juventud había tenido mucho éxito con las mujeres. Las chicas a veces se giraban a mirarme. Curiosamente, a las que más llamaba la atención eran a las que no eran tan jóvenes, era a las mujeres casadas. Me hartaba de follar con mujeres casadas. Parecía que tuviera un imán que las atraía. Yo por mi parte no era algo que buscara, pero siempre tonteaba alguna conmigo. Mi propia esposa, ya estaba casada cuando empezamos a tener relaciones.
¿Cómo es mi hija?.
Pues como dije antes, un bellezón. No se parece en nada a su madre y sí todo a mí. Desde siempre nos han dicho (cosa que le fastidia bastante) que no hacía falta hacernos la prueba de paternidad. Ella es de pelo castaño, largo y ondulado. Ojos muy azules y una cara preciosa. Muy guapa. Mide unos 170 cm y pesará unos 62 kilos. O esto le oí decir no hace mucho a su madre sobre su peso. Para que os hagáis una idea de su magnífico cuerpo, os diré que no tiene nada que envidiar a la actriz Scarlett Johansson.
Pensándolo ahora, es fan de los cómics Marvel y tiene algún que otro traje de superhéroe para ir a las convenciones de Comics. Fuimos a ver la película Deadpool y Lobezno. Cuando le he visto puesto uno de esos trajes, tengo que decir que, a quién se parece físicamente de verdad, es a la Deadpool femenina de esa película.
Mi hija y yo trabajamos por cuenta ajena aún que ella sigue estudiando. Tampoco diré nuestros oficios ni lo que estudia mi hija. Por contra, mi mujer trabaja en casa.
Ya hechas las presentaciones, vamos al meollo de la cuestión.
Esto sucedió a mediados de invierno de este 2025. Concretamente un domingo por la tarde.Los domingos si no pensamos hacer nada y sobre todo siendo invierno, nos relajamos y nos ponemos cómodos con los pijamas o en mi caso indistintamente chándal.
Mi mujer tiene por costumbre los días de diario salir a caminar con sus amigas. Pero si esa semana no ha podido salir alguno de esos días, entonces lo recupera saliendo a caminar el sábado o el domingo.
Mi hija algunos sábados, después de estar toda la semana trabajando, queda para estudiar con su novio o con alguna amiga. No es de extrañar que se quede a dormir en casa de éstos de vez en cuando. Normalmente cuando lo hace, vuelve el domingo ya de tarde.
En cambio este domingo llegó de mañana temprano. Nos resultó extraño, pero tampoco no le dimos la menor importancia. Estábamos mi hija y yo en el salón cada uno en un extremo opuesto del sofá viendo la Televisión.
Mi mujer estaba cambiándose de ropa en la habitación para salir a caminar.
De repente mi hija con voz muy baja me dice casi susurrando:
—Papá tengo que hablar contigo de una cosa.
Como siempre estábamos con un tira y afloja, le contesté sin tan siquiera mirarla:
—A mí no me vengas con tonterías, habla con tu madre.
—Con mamá no quiero hablar de esto ni loca —se levantó y se acercó a mí—. ¡Oye que va en serio joder!.
Me quitó el mando del televisor de la mano y subió bastante el volumen. Luego volvió a sentarse. Vi entonces por como actuaba que no era una tontería y me interesé pensando lo peor:
—¿No estarás...? —y le hice el gesto de embarazo.
—¡No tonto!, no es eso.... —me contestó—, y ni se te ocurra reírte cuando te lo diga ¿vale?. Lo estoy pasando mal.
—A ver dime —me preocupé sinceramente.
Ella constantemente miraba al fondo del pasillo.
Allí se encontraba nuestra habitación de matrimonio, donde se estaba cambiando mi mujer.
—¡No te rías por favor! —volvió a decirme.
—Que no —le contesté paciente.
Cogió algo de aire y me miró.
— Se me a quedado un preservativo ahí dentro —me soltó de sopetón.
—¿¡Cómo!? —casi grité.
—Ayer lo hicimos y cuando él se apartó de mí, ya no tenía puesto el preservativo. Se me quedó dentro.
Mi cara debía de ser todo un poema.
—Por si te lo preguntas, ya me tomé la pastilla del día después. Así que por esa parte tranquilos.
—!Venga ya!. No me tomes el pelo —y continué susurrándole también—. ¿Cómo se te va a quedar eso dentro?.
—¿Cómo te voy a tomar el pelo con esto papá? —y exclamó—. ¡Pero si me estoy muriendo de vergüenza al contártelo!.
Ahí fue cuando viendo su preciosa cara de circunstancia, enfado y con una mezcla de angustia, estallé a carcajadas.
—ja, ja, ja, ¡Nena! —grité llamando a mi mujer sin parar de reír.
—¿Qué quieres? —contestó ésta desde la habitación.
Mi hija se levantó rápidamente y me tapó la boca con sus manos.
—Si se lo dices a mamá, no te vuelvo a hablar el resto de mi vida —dijo—. ¡Que ella me coge y me lleva de urgencias al hospital o al ambulatorio —hizo una pausa cogiendo aire—. ¡luego yo te mato!.
—Vale, vale —logré decir a través de sus manos en mi boca.
—Nada cariño ya está, no es nada —le grité otra vez a mi mujer.
—A ver si os dejáis de tonterías los dos —me contestó ella desde la habitación.
Miré nuevamente a mi hija.
—¿Pero porqué me lo cuentas a mí?
—¿Pues no te las das siempre de liberal y de mente muy abierta?
—Bueno sí, ¿Y eso que tiene que ver para que me lo digas a mí? —le insistí.
—Quiero que me lo intentes sacar tú —me soltó.
En ese instante sí me pinchan no me sacan ni gota de sangre. ¡Me quedé pálido!.
—Tu estás loca, no sabes ni lo que estás diciendo. No pienso hacer eso ni loco. —le dije enfadado.
A todo esto desde la habitación preguntó mi mujer:
—¿Cariño de verdad que no quieres salir a caminar conmigo?.
—No mamá, no tengo ganas y estoy cansada —le contestó mi hija.
Me acerqué a ella.
—¿Porque no vas con ella? —le sugerí aprovechando la ocasión—, a lo mejor caminando baja y sale solo.
—Ya lo intenté. He pegado más saltos que un canguro. Nada, no hay forma.
—¿Seguro que está ahí dentro? —pregunté.
—Seguro. Lo noto ahí muy adentro y ya me empieza a dar asco.
—¿Lo notas muy adentro...? —repetí pensativo.
Asintió con la cabeza torciendo el gesto apretando sus labios y se encogió de hombros.
—¡Menudo picha floja tienes de novio! —casi chillé—. ¿Por qué no le dices que lo intente él?.
—Ya lo intenté. No se atreve a introducir los dedos. —suspiró—. Le da miedo hacerme daño o sacarme alguna otra cosa que no sea el preservativo dice él.
—Además, estaban sus padres —siguió diciendo y sus mejillas comenzaron a ponerse rojas.
Bajó aún más la voz:
—Le insistí, le dije que no pasaba nada, que lo aguantaría. Pero no quiso. Se moría de miedo el muy cobarde.
Hizo una pausa y continuó susurrando:
—Sugirió que fuéramos al médico o ginecólogo. Incluso me dijo que se lo dijera a sus padres, que ellos me llevarían.
Suspiró fuerte.
—Un poco más y le doy un tortazo —dijo.
—Perdona cariño, pero él tiene razón. Eso es lo que tienes que hacer, ir al ginecólogo.
—Papá es domingo. Mañana si llamo no sé si tendrán hueco. Que seguro que no como siempre. Y no estoy dispuesta a aguantar hasta mañana.
—Pues al hospital —le espeté.
—¡Una mierda! —casi gritó—. Ahí tengo amigas en prácticas, gente que me conoce.
Miró para el pasillo y continuó diciéndome.
—Me moriría de vergüenza si se enterasen de esto —me miró muy seria—. ¡Ni loca voy a ir a urgencias!.
Mierda. Hostia puta con el picha floja de los cojones… Me dije pensativo.
La miré, tragué un poco de saliva y me atreví a preguntar.
—¿Lo has intentado tú misma?.
Sus mejillas se pusieron muy rojas al instante.
—Claro, todo el rato. Nunca había intentado meterme los dedos ahí. Pero antes de ir a ningún sitio lo he intentado muchas veces.
Hizo una pausa y continuó:
—No tengo los dedos lo suficientemente largos, y tampoco entran mucho que digamos. Me cuesta introducirlos y no alcanzo a tocar el preservativo.
—Pues a lo mejor es que no hay nada —deseé yo.
—Te puedo asegurar que sí. Por favor papá, no se lo puedo pedir a nadie más. Será un momento.
Parecía que de un instante a otro iba a ponerse a llorar.
—Pero cariño. ¿Cómo voy yo hacerte eso?. —le dije.
—A ver papá. Si fueses médico o ginecólogo no creo que tuvieras ningún problema en hacerlo. ¿Verdad?.
—Hija, un médico sabe lo que toca.
—Venga papá, no te hagas el tonto. No te estoy pidiendo que hagas de médico. Que tampoco hace falta para sacar eso, a no ser que esté tan adentro que sea imposible sacarlo. Solo que si lo fueses, no tendrías ningún problema en hacerlo.
Me miró y suspiró.
—Te lo puedes plantear así papá —miró otra vez hacia la habitación—. Por favor papá, vamos a intentarlo, no me hagas suplicártelo.
Me quedé un buen rato pensativo y al fin le dije:
—Vale, cuando mamá salga a caminar lo intentamos. Tendremos una hora u hora y media hasta que vuelva.
—¡Oh gracias papá!.
—No, no me las des todavía, aún no sé si te lo podré sacar. Pero ya te puedes ir lavando un poco ahí mientras tanto.
—Oye que estoy bien limpia —me recriminó enfadada—, no he parado de limpiarme desde anoche.
—No lo dudo cariño, pero lo vuelves a hacer de todos modos.
—¡Joder!, ¿tanto asco te doy? —me preguntó con reproche.
—No, no es eso cielo. Es cosa mía. Jamás toco ahí si no está recién lavado.
Me encogí de hombros.
—Lo siento cariño, soy así de rarito —Me disculpé con una pequeña sonrisa.
Me miró con cara de incrédula.
—Vale, cuando se vaya mamá iré al bidé.
—Yo también me lavaré bien las manos —le dije.
—Vale —Me contestó.
Pasaron unos 10 minutos y escuchemos como mi mujer se acercaba al salón.
—Bueno me voy a caminar un rato. Portaros bien ¿vale?. Y tú —me miró—, deja a tu hija en paz. No sé que le estabas diciendo, pero seguro que como siempre le estarás poniendo la cabeza como un timbal.
Se inclinó hacía mí y me dio un ligero beso en los labios.
-Ahí os quedáis y bajar el volumen de esa tele por favor... ¿Estáis sordos?.
Y se marchó.
Pasados unos segundos mi hija me miró y me preguntó.
—¿Dónde lo vamos a hacer?.
—Aquí mismo.
—¿Aquí en el salón? —preguntó incrédula.
—Sí, sobre la alfombra —Le dije.
La alfombra ocupaba prácticamente la totalidad del suelo del salón. Solo dejaba por tapar unos 50 cm por cada lado.
—¡Ni de coña! —se quejó ella—. Habiendo camas no me voy a tumbar aquí en la alfombra —me dijo enfadada.
Suspiré e intenté convencerla.
—Piensa un poco cariño. La alfombra está limpia. Nunca se pisa con calzado. Por otra parte, si de repente entra mamá, como la entrada está en el otro extremo de la casa, nos dará tiempo a incorporarnos, sentarnos en el sofá y disimular sin que se dé cuenta de nada.
Como 'buena' casa antigua, la zona nocturna es decir, los dormitorios daban a la calle principal que era donde estaba la puerta de entrada a la vivienda. La zona diurna, esto es: salón, cocina y baño se iban repartiendo hacia el otro extremo.
La casa estaba separada por la mitad por un largo pasillo. El salón quedaba exactamente en el extremo opuesto, lo más alejado de la entrada. Lo bueno era que, el acceso a la vivienda se hacía mediante dos puertas. La que daba directamente a la calle, luego había otra intermedia, que daba a un pequeño descansillo de unos 50x90cm.
Esa segunda puerta era la que daba acceso por completo al interior de la vivienda. Por lo cuál, si volvía mi mujer, oiríamos abrir primero una puerta y luego la otra. Lo mismo sucedería cuando las cerrara. Luego hasta llegar al salón hay unos 15 m, con lo cuál, nos daría tiempo más que suficiente para disimular.
Así se lo hice ver a mi hija.
—Madre mía, tú sí que te las sabes todas papá —rió—. Cualquiera diría que lo has hecho más veces —me miró picarona.
—No te voy a contar ahora mi vida personal cariño —bromeé.
Se me quedó mirando frunciendo el entrecejo y torciendo un poco el gesto con cara de interrogación.
—Venga anda ve a lavarte que tampoco tenemos tanto tiempo. —le dije zanjando el inoportuno tema.
Se marchó al baño no sin seguir mirándome con extrañeza.
Yo por mi parte en la cocina me hice una limpieza exhaustiva de las manos. Cinco minutos después apareció en el salón con el pantalón del pijama en una mano y las bragas en la otra. La parte superior del pijama le cubría la mitad de sus largas, esbeltas y perfectamente torneadas piernas a la altura de sus muslos.
¡Había que admitir que tenía un cuerpo perfecto y precioso!.
Así vestida mientras me miraba tímidamente con cara de niña buena, estaba tremendamente sexy. La verdad es que a cualquiera se le caería la baba contemplándola.
Cogí el mando de la bomba de calor y subí la temperatura del salón un par de grados.
—Túmbate boca arriba y deja la ropa a mano, por si acaso aparece mamá de improviso. —Le indiqué.
Miré el mando de la tele que estaba sobre el sofá.
—¿Quieres que apague el televisor?.
—No, mejor no. Baja un poco el volumen y ya está —me dijo.
Se echó estirada por completo sobre la alfombra.
Lógicamente se le notaba bastante tensa, bastante nerviosa. Ni la mitad de lo que lo estaba yo la verdad.
—Uff, la alfombra está fría —se quejó ella.
—Ya he subido un poco la calefacción cariño —le dije.
Se fue acomodando bien sobre la alfombra y se quedó totalmente estirada e inmóvil, con la fina camiseta del pijama cubriendo tan solo la parte superior de sus preciosos muslos.
—Vale papá —y soltó un pequeño nervioso suspiro —. Cuando lo hagas ponte en un costado por favor, no lo hagas de frente.
—¿Por qué? —pregunté extrañado.
—Me da mucha vergüenza todo esto. Pero que te sitúes de frente va a ser peor. Me hará sentir muy expuesta y vulnerable.
—No hay problema. Te entiendo perfectamente. A mí tampoco me hace ninguna gracia.
—Vale —dijo algo aliviada.
—Tranquila que tampoco tengo complejo de ginecólogo —bromeé.
Me situé a su lado derecho. El sofá quedaba a mis espaldas. Ella misma se subió un poco la camiseta del pijama a la altura de su pelvis. Pude ver entonces con sorpresa su sexo completamente depilado…
!Madre mía!, a mí me iba a dar algo.
Quería salir corriendo del salón. Me sentía violento y muy pero que muy incómodo. Cogí uno de los cojines del sofá y le indiqué que se lo pusiera bajo sus caderas. Elevó sus caderas y se lo situó bajo sus nalgas. Al hacerlo, su abultada y prieta vulva se me mostró en todo su esplendor. De este modo su pubis quedaba algo más elevado. Ahora podía tener mejor acceso a su vagina. De todos modos me pareció poca altura y le pedí que se pusiera el otro cojín.
—No papá los dos cojines no. Estaré muy incómoda.
—Perdona, tienes razón cariño —le dije—. ¿Lo quieres para la cabeza? —le pregunté.
—Mejor no —dijo ella.
Me arrodillé junto a ella.
—Bueno voy —dije.
Me tomé la libertad de subir un poco más su fina camiseta del pijama por encima de su ombligo, dejando a la vista su terso estómago. De ese modo podía tener mejor visión de lo que tenía que hacer.
Estando tumbada de ese modo, observé que prácticamente no se le apreciaba el abultamiento de sus pequeños pechos. Ella gastaba una talla 80 más o menos. Tan solo se le marcaban algo, a través de la camiseta del pijama sus pezones.
Me armé de valor. Me temblaban un poco las manos. Con la izquierda separé un poco los labios superiores de su vagina mientras con el dedo corazón de la derecha tanteé la entrada de ésta.
Empecé a introducir muy despacio mi tembloroso dedo corazón. Paré de inmediato y retiré mis manos de su sexo. ¡Madre mía! no pude ni tan siquiera introducir la primera falange.
—Tenemos un problema cariño —dije de inmediato.
—Joder papá. ¿Qué pasa ahora?.
—Así no va a poder ser.
Me incorporé y me senté en el borde del sofá.
—Tu vagina es muy estrecha. Lo peor cariño, es que está sequísima. Te puedo hacer mucho daño.
Frunció el entrecejo.
—Para colmo me la has hecho lavar justamente ahora. ¿Sabes que eso la reseca mucho más? —Me recriminó.
Se incorporó sentándose al estilo buda y bajó su camiseta tapándose nuevamente su vagina.
—Tienes toda la razón cariño, no había caído en eso.
—¿Y qué hacemos ahora? —me preguntó.
—No sé. Déjame pensar...
—Espera... —me interrumpió ella—. Vosotros usáis lubricante ¿verdad? —me preguntó.
—Pues sí, pero no sé dónde lo guarda tu madre —dije riendo—. lo esconde para que tú no lo veas.
—Madre mía. Ya te digo yo. ¿Y tú querías que le contara esto?.
Me encogí de hombros.
—Me hubiera llevado de inmediato de urgencias al hospital —me miró—. ¿lo sabes verdad?.
No dije nada, pero tenía toda la razón.
—Bueno voy a ver si lo encuentro —dije—. No tenemos todo el día.
Me levanté y me dispuse a salir del salón.
—No te muevas — y le guiñé un ojo para desdramatizar un poco el asunto.
—¡Qué gracioso!. Que no me mueva dices... —me replicó ella.
Al rato volví con las manos vacías.
—No lo encuentro —me ha acerqué a ella—. Vamos a dejarlo estar cariño.
—¿¡Joder papá...!?. ¿Me voy a quedar igual después de contarte esto, enseñártelo todo e incluso de haberme tocado ahí? —dijo con la cara muy roja.
—Tampoco tenemos tiempo de ir a comprar ningún lubricante —dije.
Me situé junto a ella:
—Esperemos a mamá y vamos a urgencias. Tampoco es para tanto cariño.
—¡Ni hablar!, ¡ni loca! —me contestó muy enfadada.
Temí que si insistía, esto podía acabar muy mal. Podíamos terminar discutiendo los dos, luego ella en urgencias totalmente emberrinchada y sin hablarme el resto de mi vida. Conociendo a mi hija, creía muy firmemente que eso era muy plausible, por no decir totalmente cierto.
Mi mente iba a mil por hora. De pronto me puse muy nervioso. No porque no se me ocurriese nada, sino por todo lo contrario.
Pasado unos segundos me atreví a decirle lo que estaba pensando.
—Lo que se me ocurre es que te toques tú misma un poco, a ver si así te lubricas lo suficiente.
—!Sí claro!. ¿Y que más listillo? —me contestó aun enfadada y con el ceño fruncido.
—¿¡Encima el listo soy yo!? —le recriminé—. Pues tú verás, no se me ocurre nada más.
Mi hija agachó un poco la cabeza y se quedó pensativa.
—Perdona papá —hizo una pausa—. Me da mucha vergüenza hacer eso estando tú ahí.
Suspiré y la tranquilicé.
—Tranquila, yo me quedo fuera en el pasillo, no miraré te lo aseguro —le dije.
Ella continuaba sin decir nada.
—Pero bueno tú decides —continué—. Como ya te he dicho no tenemos todo el día cariño.
—Vale, pero ni se te ocurra mirar —Hizo una pausa —. ¡Madre mía que vergüenza!.
Salí del salón.
—Aún que me parece que tampoco va a funcionar —la escuché decir estando yo ya en el pasillo.
¿Porqué me tenía que pasar a mí estas cosas?. Me preguntaba constantemente mientras tanto.
—Papá... —La escuché que me llamaba.
—¡Mierda! —susurré.
Miré el reloj y tan sólo habían pasado 10 minutos, desde que empezó supuestamente a masturbarse.
—¿Dime...? —contesté desde el pasillo.
—Nada. No funciona. No puedo concentrarme. Deben de ser los nervios. Esto sigue igual o peor.
¡Mierda!, pensé.
—¡Joder!. No si al final lo voy a tener que hacer yo como todo —solté por mi boca sin pensar.
Caí en la burrada que acababa de decir demasiado tarde.
Mierda, ¿Pero qué acabas de decirle a tu propia hija tío imbécil?. Me dije.
—Pues nada papá —la oí decir—, ya puestos inténtalo tú a ver si se te da mejor. A mí ya me da igual todo, con tal de sacar eso de una vez.
No podía creerme lo que ella acababa de decirme.
—Era broma hija. Es una frase hecha. Me han traicionado los nervios —Me apresuré a decir muy serio—. No tendría que haberte dicho eso.
—Yo no estoy de broma papá. Anda venga que como tú bien dices nos quedamos sin tiempo.
—Pero, no, yo, es que, es que...— tartamudeé.
Me quedé unos segundos en silencio sin saber que decir.
—¿Se te ha ido la cabeza hija? —dije ya repuesto un poco de la sorpresa.
—A ver papá —se impacientó—. Me vas a tener que meter los dedos en la vagina. ¿Qué más da eso también?.
—No es exactamente lo mismo cariño y tú lo sabes muy bien. Eso es muy diferente.
—Sí, pero de todos modos tienes que tocar por completo mi vagina. Y me tienes que meter tus dedos —insistió.
Me acerqué a la entrada del salón. Ella se había vuelto a tumbar con el cojín bajo su culo y la camiseta por encima del ombligo. Claramente hablaba en serio y estaba totalmente dispuesta a ello.
—Por favor papá, probemos un momento a ver. O mételos así de seca como estoy. Te juro que aguantaré lo que haga falta.
No me daba tiempo a pensar y siguió insistiendo:
—Papá ya llevo muchas horas con eso ahí dentro. Sácamelo de una vez por favor, que me está dando muchísimo asco.
Me quedé un rato pensativo.
—¿¡Papá!? — Me miró—. ¡Terminemos con esto de una vez por favor!. —suplicó.
—Vale, voy —Y me apresure de nuevo a situarme a su lado.
Me arrodillé otra vez junto a su costado derecho. Me temblaba todo el cuerpo. Volví a abrir con mi mano izquierda sus labios vaginales. Con la derecha situé mi dedo corazón sobre su prácticamente inexistente clítoris.
Noté que me temblaban mucho las manos. No tenía nada claro que pudiera estimularla estando tan perturbado. Aún así logré sacar fuerzas de valor y comencé a frotar su clítoris muy lentamente con movimientos circulares. Pensé que de todo esto no podía salir nada bueno. Lo último que deseaba yo, era provocar un orgasmo a mi hija, del cuál, después ella se pudiera sentir culpable y arrepentirse y avergonzarse el resto de su vida. En cuyo caso no tenía ni idea de cómo seguiría nuestra (ya de por si) tensa relación.
Por suerte, yo sabía hasta cierto punto como lograr que esto no sucediera. O eso esperaba. Poco rato pasó y pude concentrarme en masturbar a mi hija. Mis manos habían dejado de temblar por completo.
Pasé de mis movimientos circulares a frotar de arriba a bajo y de derecha a izquierda. Todo esto lo iba intercalando (a mí antojo) con acelerones para acto seguido volver a reducir la velocidad drásticamente, y luego acariciar muy lentamente la base de su clítoris e ir subiendo en círculos. De vez en cuando le pellizcaba muy suavemente su clítoris, el cuál comenzaba a ponerse grande y muy pero que muy duro.
Hice de este juego de frotación un ciclo repetitivo y al mismo tiempo aleatorio, que seguro que mi hija no se esperaba. Este tipo de frotación tan irregular es ideal para retrasar muchísimo los orgasmos de una mujer. Ya que si en algún momento estuviera a punto de provocarle uno, al cambiar el ritmo y el sentido de la frotación, éste remitía por momentos. Lo que sí se lograba con este juego, es llevar a una mujer a un punto de excitación próximo a la desesperación, por conseguir un orgasmo y a que no dejase de lubricar. Esto último, claramente era lo que en ese momento más me interesaba conseguir.
No pasaron 5 minutos que noté como la respiración de ella cambiaba por completo. Empezaba a ser más profunda, haciendo que sus pechos se elevasen considerablemente con cada inspiración. Su respiración empezó a ser lenta, profunda y descompasada, con pequeñas contracciones de su caja torácica. Observé que sus pezones se empezaron a marcar una barbaridad, bajo la fina camiseta de su pijama.
¡Madre mía, ahora parecían tan duros como para cortar vidrio!.
Ahora claramente con cada inspiración, sí se apreciaban por debajo de la camiseta, el volumen de sus redondos y firmes pechos puntiagudos.
Mi pene, aunque parezca inverosímil (gracias a Dios) estaba por completo relajado. Tal era lo traumatizado y estresado que me tenía la situación.
Yo seguía a lo mío. Intentando hacer oídos sordos, a cualquier sonido de su respiración. Por el rabillo del ojo vi como ella se cubría la cara y la boca con su antebrazo derecho.
Sus tímidos y contenidos jadeos y suspiros, eran cada vez más audibles y empezaban a ponerme muy nervioso. Madre mía, sus caderas comenzaron a zigzaguear al ritmo de mi estimulación. Instintivamente seguí acariciando su clítoris cada vez con mayor interés y vigor. Noté que cuando acariciaba la base de éste, y presionaba un poco, mi hija empujaba sus caderas hacia arriba buscando más roce o presión. En definitiva, mayor placer.
Empecé a tomar muestras de su lubricación. Pasé mis dedos alrededor de la entrada de su vagina. Ahora ya estaba tremendamente húmeda. Tanto era así que, en ese momento pensé, que se podría llenar un vasito de chupito con sus jugos vaginales.
Fui cogiendo con mis dedos toda esa lubricación y se la refregué por todo el exterior de sus labios vaginales y por su duro e hinchado clítoris. Sus ya incontenibles jadeos, eran tan ostentosos que empecé a sentir un hormigueo totalmente involuntario en la base de mi pene. Noté con verdadero pánico, como este empezaba a reaccionar a tanto suspiros, jadeos y gemidos de placer de mi propia hija.Tan mojada ya se encontraba, que decidí que era el momento de empezar de introducir mis dedos, en busca de ese maldito preservativo.
Quería terminar rápido. Sobre todo antes de que mi pene terminase por completo por reaccionar. Tenía muy claro, que si quería atrapar esa goma, tendría que utilizar únicamente los dedos índice y corazón. Estos actuarían a modo de pinza para poder cogerlo y extraerlo.
Tengo que aclarar que mis manos no son muy grandes. Mis dedos son más bien finos y largos. Son manos normales pero muy fuertes eso sí.
Empecé a introducir los dos dedos de mi mano derecha muy lentamente en su cavidad. Al mismo tiempo para que no parara su lubricación, seguí estimulando su clítoris con el dedo gordo de la misma mano. Mi mano izquierda descansaba apoyada sobre su firme estómago. Así estuve un rato (poco la verdad) con un mete y saca muy lento para evitar hacerle daño, pero cada vez más profundo. Intenté dilatarla, separando un poco los dedos conforme los introducía, pero su joven vagina era tan estrecha, que no podía apenas separarlos.
—Uuuffff, Dios papá. OooOoo papá, Uuuff, oooh —susurró con la voz entre cortada y contenida.
La miré un instante. Seguía teniendo su brazo tapando parte de su cara y boca. Esto me impedía ver la expresión de su bonito rostro.
—OooOhoh, oohuuff, ooh DioOoooss papaaaá —decía cada vez más fuerte respondiendo claramente a cada uno de mis pequeños y cada vez más profundos, mete y saca de mis dos dedos.
Su espalda, empezó arquearse mientras acompañaba con sus caderas el movimiento de mis dedos. Su respiración era cada vez más agitada y empezó a tener pequeñas sacudidas arrítmicas que iban acompañando y acompasándose, con mis lentas penetraciones. Ahora mis dedos entraban con muchísima facilidad, hasta prácticamente el fondo de su ser.
En ningún momento pude tocar aún el dichoso preservativo.
Ella no paraba de gemir. Y esto se estaba convirtiendo en un verdadero problema para mi.
— ¡ohh, ooOohh, OOoo, Dioooos , oohooO, uuufff, ooh! —gemía.
Intenté por todos los medios hacer caso omiso a sus ya casi gritos de placer.
!Quería terminar lo antes posible lo juro!.
Ahora sí que su vagina hacia verdaderas aguas. Aún así pensé en dilatarla un poco más, ya que lo de separar mis dedos en su interior, no me acababa de funcionar. La notaba aún muy estrecha y no había conseguido aún tocar esa goma.
Pienso, en verdad que, mi siguiente ocurrencia fue lo que lo precipitó todo. De lo contrario, creo sinceramente que la cosa no hubiera pasado de unos gemidos y jadeos o incluso un fuerte orgasmo, como parecía que podía suceder en cualquier momento. Pero no, se me ocurrió dilatar algo más su vagina en busca del preservativo.
"—Es que no te puedes estar quieto —me recrimina constantemente mi mujer—. ¡Eres un manazas!"
Y tiene toda la razón del mundo.
Así que fui sacando lentamente los dos dedos, hasta tenerlos casi fuera de su chorreante oquedad. Preparé un tercer dedo. El dedo anular y empecé a introducir los tres, muy despacio y a la vez. Según fui introduciéndolos, la fuerte presión que ejercía su vagina sobre ellos era indescriptible. Esto, como decía, provocó un antes y un después en el comportamiento de mi hija, ya de por si algo descontrolada.
Fue notar ella como mis tres dedos, llenaban por completo su estrecha y prieta vagina, que de súbito se volvió por completo loca.
Continua...