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Categoría: Incestos

¡Mi hermana, mi mujer, ufff!

Hacía calor, un calor pegajoso y constante que no había disminuido su intensidad desde hacía semanas. Huyendo de él viajábamos en el coche hacia el pueblo de mis padres, de los padres de mi mujer también, porque ambos nacimos allí y allí nos conocimos siendo niños. Hacía tanto tiempo de eso que parecía la vida de otra persona, sobre todo teniendo en cuenta en qué se había convertido mi relación con Gloria en los últimos años. Supongo que es cierto que el paso del tiempo lo deteriora todo o lo cambia hasta hacerlo irreconocible pero eso no es un consuelo. Mi vista viajaba desde el retrovisor del coche por el que podía ver a nuestros dos niños amodorrados, casi suspendidos del cinturón de seguridad que a buen seguro evitaba que cayeran dormidos sobre el asiento trasero del vehículo, a la carretera donde descansaba durante un rato, observando el ir y venir de las curvas, de los cambios de rasante, hasta que inevitablemente giraba la cabeza para ver a mi mujer que se sentaba a mi lado con las piernas abiertas y la falda recogida para que el aire que entraba por la ventanilla llegara a refrescar las partes menos expuestas de su cuerpo. El aire acondicionado del coche no funcionaba y el sol penetraba por el parabrisas delantero amplificando su efecto. Era angustioso. Mi mente empezó a divagar, por el calor, por el ritmo hipnótico de la carretera, por el tirante caído del vestido de Gloria que dejaba al aire parte de su sostén, que hacía su escote más visible, que anunciaba su pecho izquierdo como una hermosa duna ondulada, interminable, inaccesible en su trampa de arena. Empecé a divagar, a acordarme de la noche anterior, anoche, antes de partir hace... unas horas... en nuestra cama...

No me desnudes todavía...

¿Por qué no?

No sé si quiero que me desnudes hoy.

En serio, Gloria...

No, yo también hablo en serio, no quiero quitarme la ropa interior hoy. Además seguro que a ti te excita más así.

Cada vez me dejas hacer menos cosas contigo.

Mi mujer se rio mirándome con los ojos brillantes.

Date por contento que todavía te deje hacer cosas...

Le acaricié los muslos, se había quitado la blusa nada más entrar en la habitación y también los zapatos pero todavía llevaba la falda puesta. Mi mano se había abierto paso por debajo de la tela y palpaba la piel firme de mi mujer, la cara interna de sus muslos, la parte exterior, iba bajando lentamente hasta las rodillas y luego volvía a subir para introducir mi mano a través de sus piernas, evitando cuidadosamente su vulva y así llegar hasta su precioso culo. Mis dedos palpaban el suave encaje de las braguitas que se ajustaban sin espacios sobre la piel de ella. Para entonces mi otra mano había seguido un camino distinto con destino a encontrarse en el mismo sitio y ambas masajeaban el trasero de mi mujer. De repente, agarrando con fuerza sus nalgas, la levanté. Sus piernas se abrazaron enseguida a mis caderas y Gloria movió la suyas contra mi cuerpo fingiendo que lo estaba follando conmigo. Rabioso me separé bruscamente de su abrazo y la lancé contra la cama. Estalló en una carcajada.

¿Qué pasa? ¿No te gusta?

Cada vez me gustan menos tus jueguecitos.

Pues es lo que hay muñeco, ya lo sabes. Te puedes buscar a cualquier puta de medio pelo para que te la chupe a cambio de que le hagas un retrato. Ninguna sabrá distinguir a un artista mediocre de otro con talento.

Yo te quiero a ti.

Gloria se levantó, tenía la falda arremangada, los pechos parecían a punto de saltar para liberarse del pequeño sujetador que los tenía aprisionados. Se acercó a mí, me pasó los brazos por el cuello.

Yo también te quiero, amor, si no ya te habría dejado, no creas que no he tenido ofertas de otros hombres- se rió-. Pero te quiero a ti, tonto, aunque hay cosas que ya no me gusta hacer contigo-

Se rió otra vez, acercando su cuerpo al mío, de puntillas. Noté la presión de su pubis contra el mío, ella debió sentir mi enorme erección, le gustaba verme así. Se volvió a reír sin separarse. Me quité la camisa mientras ella desabrochaba el pantalón. Al hacerlo mi polla emergió fuera del slip. Su recorrido fue corto, se detuvo enseguida al topar con el vientre de Gloria. Noté su suavidad. Era como terciopelo. Ella se puso otra vez de puntillas y me obligó a inclinarme contra la mesa de la habitación para reducir mi estatura. Dejó que mi pene pasara por entre sus muslos pero sin llegar a tocar su coño y juntó fuertemente las piernas aprisionándome. Me besaba el pecho, me mordía los pezones, me lamía el cuello. De vez en cuando levantaba la cara y buscaba mis ojos, con esa mirada de lujuria que sabía poner.

¿Te gusta así?

En lugar de contestarle buscaba sus labios, quería morderlos, quería encontrarme con su lengua, pero ella apartaba la cara divertida.

No, ya sabes que no quiero con la boca.

¿Por qué no cariño? Una vez, déjame una vez sólo...

En lugar de contestarme se rió otra vez y cruzó las piernas con lo que la presión sobre mi verga empezó a hacerse insoportable. Intenté zafarme de ella pero al moverme la arrastraba conmigo, estaba literalmente anudada a mi pene.

¿Qué pasa muñeco, es demasiado para ti?

No voy a aguantar mucho.

Nunca aguantas mucho cuando la cosa sube de tono-

Gloria sonrió y empezó a morderme el cuello mientras me pellizcaba el culo. Intenté soportar la presión del momento pero estaba muy excitado con aquella hembra aprisionándome entre sus piernas, dejando un reguero invisible de maquillaje a lo largo de mi pecho y mi cuello sudorosos. De repente, Gloria empezó a darme pequeños azotes en el culo, al principio en las nalgas, luego cerca del ano en el perineo rozando cada vez más los testículos. Mientras, soltaba gemidos apretando sus pechos contra mi cuerpo. Yo notaba el roce de sus duros pezones como si rayaran mi pecho con dos trozos de cristal. Su voz susurraba bajo mi oído.

No vas a aguantar, más, lo sé, ya no puedes, luchas para nada.

Cállate, zorra.

Gloria se rió y como respuesta se apretó más contra mi cuerpo. Sentí que no podía aguantar ni un sólo minuto más. Los espasmos previos al orgasmo me recorrían todo el perineo y mi próstata parecía zumbar como un despertador. Al final la ola se transmitió a mi pene a pesar de que lo tenía fuertemente contraído, moví las caderas con violencia hacia delante y atrás, llevando a mi mujer conmigo que ni por un momento había aflojado su abrazo. Oía sus risas, notaba las convulsiones de mi polla transmitirse a sus muslos, y cedí totalmente en la lucha. Mi pene empezó a disparar semen a diestro y siniestro con una potencia acrecentada por la presión. Mi verga parecía un fusil que buscara con cada espasmo nuevo líquido que liberar. Fue extraordinario. Pero poco a poco las sacudidas se hicieron menos intensas. Mi pene se volvió menos consistente y quedó enteramente enterrado entre los muslos de Gloria mojándolos abundantemente. Sólo entonces ella descruzó las piernas, alejándose unos pasos de mí. Se inclinó palpándose el chochito, estaba brillante, su flujo recorría en un fino reguero de gotas la parte interna del muslo hasta encontrarse con mi semen un poco más abajo. Tenía una sonrisa pícara dibujada en la cara.

Espero que no me hayas manchado el coño con tu esperma, guarro.

Y acto seguido se dirigió al servicio. Volvió al momento con un poco de papel higiénico y un paño húmedo.-

Quiero que lo limpies bien todo, no quiero ver una mancha. Yo me voy un ratito al bidé...

La carretera volvió a mi cabeza. El paisaje había cambiado, el valle sea abría lleno de verdor y casi se olía el agua, su rumor brotar por todas partes. Los niños se habían despejado inquietos en la parte de atrás y Gloria suspiraba amodorrada.

¿Hemos llegado?

Casi.

En un instante entramos en el pueblo. Las casas de piedra y adobe me parecieron más luminosas. Todo parecía sonreír.

Al llegar a la casa de mi madre aparcamos junto a la entrada. Dentro se oía una ligera algarabía. Se abrió la puerta y aparecieron mis sobrinos, que pasaron como una exhalación para abrazarse a sus primos que apenas habían salido del coche. De la puerta apareció también mi madre con la que me abracé durante un largo rato. Luego fue Gloria quien la besó preguntándole por su reúma y por sus plantas, sus dos temas preferidos.

Bien hija, las flores me alivian la cabeza y parece que pienso menos en el dolor, ¡pero mírate, si estás cada vez más delgada! ¿Pero comes algo en la ciudad, hija?

Lo cierto es que guardo todavía dieta para recuperarme del verano pasado.

¡Serás exagerada!

Gloria y mi madre se reían cómplices, tenían una afinidad especial. A veces, pensaba que ella no se separaría de mí para evitar perder el contacto con mi familia, con mi madre y con mi hermana de la que era amiga íntima desde la infancia. La distancia con ellos no había cambiado sus sentimientos.

¿Dónde está Ana?- pregunté a mi madre.

Ha ido a comprar pan, hijo, enseguida vendrá, tu hermana llegó ayer, apenas le ha dado tiempo a guardar sus cosas en los armarios.

Entré cargando maletas, rodeado por los niños que habían empezado el primero de los infinitos juegos que les esperarían a lo largo de aquel verano. Luego, al salir por el resto vi a mi hermana. Había acelerado sus pasos y se echó encima para abrazarme. Olía muy bien como siempre y su pelo parecía algo más ondulado. Hacía meses que no la veía y la echaba enormemente de menos.

¡Dani, estás más delgado!

No tonta, tú estás más gordita y te fastidia la diferencia.

Serás...

Entré perseguido por mi hermana, luego ella vio dentro a Gloria y ambas se fundieron en un abrazo que me pareció que iba a durar eternamente.

Tras la comida se levantó nuevamente el calor, ese calor del mediodía que obligaba a parar el ritmo de actividad a sentarse a hablar, a dormir la siesta. Gloria y Ana seguían conversando divertidas, repitiéndose las mil historias que se habían contado por teléfono durante el último año y que ahora, una delante de la otra parecían volverse reales. Los niños también habían caído amodorrados. Ana se levantó de repente.

Me los voy a lleva arriba. Les he preparado las camas a todos, pueden dormir juntos como el año pasado en la habitación grande, junto a la de mamá.

¿Te ayudo?- Gloria hizo ademán de levantarse.

No hace falta, no tardo nada. ¡Venga, niños arriba, a dormir la siesta! y nada de juegos en la habitación, ¿eh?

Lo cierto es que tras estar toda la mañana jugando parecía que estuvieran reservando fuerzas para la tarde. Vimos desaparecer al grupo escaleras arriba y nos servimos otra taza de café. Ahora se respiraba un silencio agradable, que invitaba a reposar. No teníamos ganas de hablar. Gloria, de hecho parecía estar durmiéndose. Ana nos sacó de ese estado de sopor al volver al salón.

Habían empezado a pelearse ya. He tenido que ponerlos en distintas habitaciones. Vuestro hijo está en el cuarto de mamá y el mío en mi habitación, a las niñas las he dejado en el cuarto. Así separados parece que finalmente se han dormido. La verdad es que es fácil dormir aquí

Aquí todo es fácil, hija, todo tiene su tiempo, hay apetito a la hora de comer, sueño a la hora de dormir, y ganas de trabajar cuando hay cosas que hacer que es lo que hará tu hermano los próximos días. ¿Has visto que mal cierra la puerta del patio?, y la bomba del pozo se ha roto...

¡Mamá, por favor, que he venido a descansar!

Tonterías, hay tiempo para todo en un mes.

Yo sólo podré estar veinte días

Razón de más para que te espabiles.

Todas se rieron, pero la pesadez de la tarde iba extendiendo su manto. Ana bostezó y Gloria había entrecerrado los ojos de manera que no sabía si estaba despierta o dormida. Mi madre tomó de nuevo la iniciativa.

Vosotras dos os vais a ir arriba a tu habitación Gloria y de tu marido y os vais a echar la siesta allí o no me seréis de ninguna utilidad esta tarde.

Pero mamá...

Nada, subid, así recordaréis viejos tiempos, desde que erais niñas habéis dormido juntas allí al mediodía, era el momento que os reservabais para contaros vuestras confidencias y vuestros enormes secretos. Venga. Además tengo cosas que hablar con mi hijo.

Las dos se levantaron y las vimos perderse escalones arriba. Mi madre comenzó a contarme con detalle cómo había pasado el último año mi hermana. Estaba preocupada por ella tras el tormentoso divorcio, por su estado anímico y por sus dificultades económicas. Nada que yo no supiera. Mi madre hablaba y hablaba, yo apenas podía mantener la concentración. De repente olvidé que no había tomado tras la comida la pastilla que el médico me recetó para la acidez. Me incorporé como un resorte.

Mamá. Voy a subir un momento a por una pastilla para la digestión. Espero que no estén dormidas o que Gloria no lo haya metido todo en los armarios.

Vale, hijo, pero no las despiertes.

Subí las escaleras con precaución sin recordar que escalón era el que siempre crujía. El pasillo estaba oscuro pero de nuestra habitación salía un tenue resplandor. La puerta no estaba totalmente cerrada sino entornada, la abrí lentamente para no despertarlas, pero al mirar a la cama me detuve en seco. Allí estaban las dos, profundamente dormidas o al menos eso parecía, pero casi desnudas. Ana se había quitado el sujetador. Gloria como en ella era habitual dormía sin bragas pero llevaba puesto un cómodo sostén bordeado de encaje que recogía de manera perfecta la voluminosidad de sus tetas. Reconozco que me sentí excitado y al instante noté la boca seca. Dudé, pero sólo un momento, cuando quise darme cuenta había traspasado el umbral de la habitación. Estaban muy cerca la una de la otra, casi rozándose. A mí mujer la podía ver de frente, mi hermana, que estaba más cerca de la puerta, me daba la espalda. La curva pronunciada de sus caderas daba claridad a la penumbra de la habitación. Llevaba unas sencillas bragas de algodón rosa con un par de lacitos en la cintura. Se ajustaban bien a su culito generoso y apretaban la parte alta de sus muslos. Había cogido un poco de peso, era casi imperceptible si no la habías observado antes y yo la había observado hasta la saciedad. Su cuerpo no estaba tan modelado como el de Gloria, que a su lado, totalmente depilada con la rajita profundamente marcada en el claroscuro de la habitación parecía una Venus tallada por unas manos de otro mundo. Viéndolas tan juntas se notaba la diferencia. Ana no le dedicaba tanto tiempo al gimnasio o quizás no le dedicaba nada pero su cuerpo seguía verdaderamente hermoso, con una morbidez cálida, exuberante, natural. Como un autómata inconsciente seguí avanzando hacia el centro de la habitación. No sabía con certeza si mi hermana estaba dormida aunque me parecía escuchar la respiración acompasada de las dos. Rodeé la estancia hasta tener a mi hermana de frente. Efectivamente estaba dormida. El pelo recogido en una coleta le daba un aire de niña. Sus senos eran menos voluminosos que los de mi mujer pero extraordinariamente excitantes, las areolas enormes, le cubrían casi medio pecho y en el centro se dibujaban unos pezones gruesos y arrogantes. Las tetas le subían y bajaban rítmicamente y en ese ritmo obsesivo me sumergí perdiendo la noción del tiempo. De repente y cuando más confiado estaba, el cuerpo de Ana se agitó bruscamente. Se llevó la mano a la cabeza. No sé si abrió los ojos, no puedo asegurarlo, para entonces yo estaba aplastado contra el suelo a los pies de la cama, a donde me había lanzado en un movimiento tan instintivo como desesperado. Sentí los muelles de la cama y dos cuerpos moverse con pereza, oí unos gruñidos y un gemido suave, el que emite una persona cuya mente está todavía en el sueño. Luego el silencio. Esperé un poco más y me incorporé con cuidado. Seguían dormidas, pero ahora estaban más juntas, ¡estaban abrazadas! O mejor dicho.... Ana se había girado y ahora daba la espalda a Gloria y mi mujercita se había acercado a su cuñada y le rodeaba la cintura. Me incorporé por completo y caminé lentamente hacia la puerta sin perderlas de vista. Gloria tenía sus pechos aplastados en la espalda de mi hermana y su mano derecha se posaba indecentemente sobre el pubis de Ana. Me hubiera quedado allí eternamente pero comencé a oír el ruido de alguien subiendo la escalera. Salí a toda prisa justo antes de que mi madre llegara al rellano de la escalera.

¡Pero hijo, dónde te metes! ¿Lo has encontrado?

No, mamá. Seguramente estará en mi habitación pero no quiero entrar y despertarlas. Ven volvamos abajo. Aquí sólo estorbamos.

La tarde pasó dentro de una lentitud desesperante. Las imágenes que había visto tras la comida me asaltaban una y otra vez la cabeza. Hacía ya horas que las dos mujeres habían bajado de la siesta. Se las notaba descansadas y alegres. El calor había disminuido, una brisa se filtraba por las ventanas entreabiertas y el cambio de temperatura incitaba a una mayor actividad. Mi madre había salido a visitar a una amiga y yo, sin otra cosa que hacer, aunque sin ganas, empecé a trabajar sobre una de las puertas que apenas cerraban. Los goznes estaban algo oxidados, incluso algún trozo metálico se había desprendido por la corrosión; el resto estaba dilatado por el calor lo cual tampoco ayudaba. Tarde o temprano, habría que cambiarla, pero intenté buscar una solución de emergencia con un destornillador, un martillo y algo de aceite. En el patio se oía a los niños levantados también hacía tiempo, correr de un lado a otro mientras sus madres cuchicheaban en la cocina. Su voz me llegaba con cierta claridad a pesar de encontrarse un par de habitaciones más allá, sin embargo la algarabía del patio me impedía entender lo que decían. Se me ocurrió cerrar una de las ventanas que estaban entornadas para saber por curiosidad de qué hablaban. Al instante de hacerlo la conversación se hizo bastante más clara. Estaban muy animadas y paraban a cada instante para reír:

No, ya hace tiempo de eso, hija.

¿En serio?

Se rieron

Pero es como todo, todo cambia.

¡Pues si yo te cuento lo que ha cambiado!

Nuevo estallido de risas.

No te rías, idiota, que estoy desesperada.

No si es por la cebolla.

Pero la cebolla te hace llorar, no reír.

¡Claro!, si estoy llorando boba, ¿no me ves las lágrimas?

Serás...

Volvieron a romper a carcajadas.

¿Entonces no funciona?

No si funcionar funciona- la voz le temblaba- es que lo tengo desconectado...

No podían seguir hablando, se estaban muriendo de risa, cuando una empezaba a decir algo la voz se le rompía enseguida, y se paraba, y se ponía a hipar. No sabía con seguridad cuál era el tema de conversación, pero aquello me estaba dejando todavía más inquieto. Luego entraron los niños y poco después llegó mi madre a la que desde luego no parecían incluir en sus confidencias y entonces mi hermana nos llamó para comer.

La ensalada era sencilla pero abundante y comimos con ganas. Mi madre me preguntó por las puertas y le expliqué que me llevaría algunos días terminarlo. Gloria y Ana me miraban con curiosidad y atención mientras explicaba los motivos por los que las puertas no encajaban en sus marcos. De vez en cuando se miraban y sonreían. La noche llegó enseguida y con ella el momento de pasar nuestra primera noche allí.

Cuando entré en la habitación Gloria ya se había quitado la ropa. Llevaba puesto un camisón transparente, color champán y me daba la espalda sentada al borde de la cama. Al principio no reparé en lo que hacía pero su movimiento inclinándose hacia delante la delató, estaba poniéndose unas medias. Por un momento imaginé a mi hermana recostada al otro lado de la cama, el mismo lugar en el que había estado acostada unas horas antes, pero no fui capaz de mantener esa imagen mucho tiempo en la mente. A unos centímetros mi mujer se recostaba con los codos hacia atrás y elevaba primero una pierna hacia el techo de la habitación la giraba levemente la miraba con atención comprobando el efecto, y luego repetía la operación con la otra. Llevaba zapatos de tacón y el tejido negro semitransparente de la media estilizaba sus preciosos muslos, las rodillas, esos tobillos... De repente se incorporó sentada de nuevo al borde de la cama y se levantó el camisón, No llevaba braguitas pero si un liguero de encaje, lo ajustó a las medias y una vez satisfecha con el resultado comenzó a acariciarse por encima de las prendas. Yo estaba enormemente excitado.

Hola, cariño- me dijo sin volverse- ¿Llevas mucho tiempo ahí?

Yo...

¿Por qué no cierras la puerta?

La obedecí, sin hablar. Ella seguía acariciándose, muy lentamente, sin mirarme, parecía esperar, con toda la paciencia del mundo, como se espera que el tiempo convierta una piedra en polvo. Yo bordeé la cama, notaba una enorme presión en los pantalones que me empezaba a hacer difícil caminar con un mínimo de dignidad. Pero llegué hasta ella.

Hola, cariño, ¿vas a dormir conmigo esta noche?

Sí.

¿Sólo dormir?

La levanté por las axilas y la apreté contra mí. Eso le gustaba, juntó sus caderas a mi pelvis y comenzó a besarme el cuello, a mordisquearme la oreja. Luego se separó bruscamente, el espacio que permitían nuestras manos unidas, se giró y volvió a juntarse conmigo. Esta vez era su culo el que aplastaba mi miembro. Eso también la encantaba. Dejó que la acariciara y mis manos siguieron el contorno de sus curvas. Ahora era yo el que disfrutaba, tan pronto mi tacto descendía por alguna de las depresiones de su cuerpo la suavidad de su piel volvía a empujar mi mano hacia arriba como en una montaña rusa. Cuando llegué a sus tetas dio un gruñidito de placer.

Despacito.

Mis dedos las acariciaron por debajo, dibujando círculos, presionando con fuerza su tersa piel dejando un reguero de marcas que apenas duraban unas décimas de segundo.

¡Oh, cariño, me estás poniendo a mil!

Yo estaba también a mil. Giré mi cuerpo hasta estar de nuevo frente a ella y con mis manos junté bruscamente sus pechos, los tenía agarrados con las dos manos desde la parte exterior, Intenté exprimir sus voluminosas tetas pero mis manos apenas se podían encontrarse para cerrar el anillo sobre ellas. Aún así la presión hizo que la parte delantera se le pusiera tremendamente colorada. La miré, era muy sensitiva ahí y el mayor flujo de sangre la estaba dando un gusto tremendo, tenía la boca abierta y emitía unos gemiditos sordos pero intensos de placer. Tenía los ojos intensamente brillantes. Satisfecho volví a lo que estaba haciendo, tenía las tetas totalmente rojas y los pezones tan dilatados que parecían a punto de dispararse contra el techo. Entonces, en mi excitación, cometí un error: me los llevé a la boca. Tan sólo me dio tiempo a darles un par de lengüetazos antes de que Gloria me separara con brusquedad.

Joder, Dani, te he dicho que no quiero que me toques los pezones.

Me quedé parado sin saber qué decir.

Pero, cariño...

Ya te lo he dicho, lo sabes. Ni labios, ni pezones, ni coño.

O sea nada.

Gloria se rió.

¡Pero qué tonto eres! ¿Es que sólo tengo eso? No creo que llegue a ser el uno por ciento de mi cuerpo.

Pero es lo más importante.

Y dale. ¡Qué tontos sois los hombres! Para una mujer es importante todo y con todo podemos obtener placer.

No lo entiendo, tampoco me dejas penetrarte.

Es que estoy hasta aquí de tu polla. –

Gloria se acercó de nuevo mimosa, se juntó de nuevo, Sus pechos se engancharon a mi cuerpo. Me desabrochó el cinturón y con un leve tironcito los pantalones cayeron al suelo. Inclinó la cabeza y tiró de la goma del slip hacia afuera ojeando lo que había dentro. Luego levantó la cabeza divertida.

Te la sigo poniendo dura, ¿eh, muñeco? Hoy me vas a hacer gozar como nunca.

Mi mujer se fue hacia el armario y sacó una de sus maletas, Revolvió un instante por debajo de la ropa y sacó un una especie de cinto oscuro del que colgaba algo alargado. Volvió al instante divertida con el objeto detrás de la espalda.

¿Qué es?

Adivina

No me gustan las adivinanzas, ¿qué es? - la cogí del brazo y le obligue a darse la vuelta- ¿qué es esto...? - por fin lo vi con claridad. Era un arnés con una polla de plástico o silicona o lo que fuera. - ¿Qué se supone que vamos a hacer con esto?

Pues con esto lo que vamos a hacer es lo siguiente. Te lo voy a atar aquí, ¿ves?, tiene esto para ajustarlo, así.-

Gloria me estaba colocando el aparato alrededor de la cintura pero no quedaba del todo contenta cómo estaba quedando, chocaba claramente con mi pene que tenía una erección imponente.-

Tenemos que solucionarlo.-

Volvió a la maleta de nuevo. Y se puso a buscar otra vez hurgando entre todas sus cosas-

Menos mal que soy una chica preparada. Aquí lo tengo. Tu polla es, como siempre un problema pero lo vamos a solucionar enseguida.

Gloria sacó cinta de precinto, esa  que se usa para precintar paquetes, que pegan lo suyo, y cortó varios pedazos grandes.

Vale, ahora necesito que te la sujetes para arriba, no así no inclinada a un lateral, eso, ahí no molestará. Vamos a poner el primero. Así. No te hago daño, ¿verdad, cariño?

Mi mujer me colocó cinco gruesos trozos de cinta que fijaban el miembro a mi cuerpo sin ninguna capacidad de movimiento, luego terminó de ajustar el arnés y así quedé con una polla de goma colgado de mi pubis. Me sentía ridículo y avergonzado y más cuando ella se agachó y empezó a llevarse aquello a los labios. Gloria me miraba mientras le daba lengüetazos a aquella verga, la chupaba, se la metía en la boca, se la llevaba a las tetas y se frotaba con ella. Yo estaba excitado, cada vez más excitado viéndola. Ella se reía mientras me hacía una cubanita, no a mi no, a.... ¡Dios me iba a volver loco!

Me encanta, tiene la dureza justa, respeta totalmente mi ritmo, y no es un simple objeto, detrás del cual no hay nadie. Detrás estás tú.

Estás loca, si te metiera mi polla sí que te correrías de verdad.

Qué fanfarrones sois los hombres, todo lo concentráis en vuestro pedacito de carne. Quita.

Gloria empujó mis caderas para separarme y se echó en la cama. Abrió totalmente las piernas. Bajo el hermoso liguero su vulva se abrió, brillante y jugosa, totalmente depilada. Sus deditos empezaron a jugar con ella. Parecía querer prepararla.

Oh, Dani, necesito que me penetres ya, ven.

Me acerqué a ella agarrando sus piernas para mantenerla bien abierta. Ella guió el pene hasta su rajita, los labios cedieron y con un golpe de mi cadera el aparato entró en su cuerpo con la fluidez del aceite. Empecé a bombearle el coño con fuerza. Me sentía excitado y algo molesto con Gloria por lo que me estaba haciendo pasar, además no sentía su vagina y todas las sensaciones me llegaban amortiguadas. Ella sí que lo notaba y cómo, puso sus manos contra mi cadera para intentar disminuir el ritmo o al menos la profundidad con la que la estaba follando, pero cada vez que lo hacía yo golpeaba sus manos con un violento cachete y ella se veía obligada a retirarlas. Pronto no tuvo fuerzas para oponerme ninguna resistencia, y se abandonó. Aumenté la intensidad y la frecuencia de una manera brutal. Hice que aquella polla recorriera una y otra vez toda su vagina hasta casi sacarla para enseguida hundírsela de nuevo hasta el fondo. Era de una enorme consistencia pero a la vez superflexible de manera que cuando llegaba hasta el fondo de mi mujer se curvaba como un arco tensando en todas direcciones sus paredes vaginales y produciéndole un placer indescriptible. Medio minuto después Gloria se corrió en un orgasmo brutal. Sus ojos estaban como perdidos y emitía unos jadeos que casi eran gritos, pensé que pararía enseguida pero seguía estremecida y gimiendo como una loca y pensé que nos iba a oír todo mi hermana, que estaba al otro lado del muro. Tapé su boca con mi mano. Sus ojos húmedos me miraban totalmente abiertos; su mano izquierda intentaba apartar la mía, sin ningún resultado, la derecha temblaba sin precisión sobre su clítoris. Luego arqueó la espalda se quedó rígida unos segundos y se desmoronó. La estuve follando un par de minutos más pero ella ya no sentía nada., sólo me miraba intentando recuperar sus fuerzas. Me incorporé y aparte de un empujón sus piernas, cabreado.

¡Zorra asquerosa!

Me marché al servicio para intentar quitarme aquella mierda que Gloria me había puesto en la polla. Entré con cuidado porque el servicio era compartido con la habitación de mi hermana, de hecho desde la suya se accedía por una puerta gemela a la que yo estaba abriendo ahora. Cuando comprobé que no había nadie dentro encendí la luz y eché el pestillo de la cerradura que comunicaba con el dormitorio de mi hermana. Aquella cinta estaba tan pegada a mi piel que separarla me costaría una buena dosis de dolor así que decidí humedecerme el pene para reblandecer la unión. Mi pene estaba todavía la erección. Aquella zorra me estaba volviendo loco, cada vez me excitaba más, pensé que tenía que haberme quitado ese pene de goma y habérmela follado sin más pero de alguna manera ella siempre acababa controlando la situación. La verdad es que cada vez estaba más guapa.

Pobrecito. ¿Te duele?

Gloria estaba en el umbral, se había puesto el sostén pero por lo demás estaba totalmente desnuda.

¿Tú qué crees?

Toma, usa esto-

Hurgó en un armario del baño y me entregó un frasquito

¿Qué es?

Una especie de crema suavizante. Ya verás como sale mejor

No será otro de tus juegos.

Ay, desconfiado.-

Gloria se acercó a mi espalda y me abrazó; sentía como sus manos me acariciaban el pecho y el estómago mientras untaba mi pene y la cinta adhesiva con aquel mejunje. Me estaba poniendo muy impaciente así que decidí tirar de aquello de un golpe.

¡Aaaaaahhh! ¡Mieeerda!

¡Pero qué bruto eres!

No me hagas hablar.

Mi mujer me acariciaba cariñosamente el pelo y se reía de manera inocente. Contemplé los daños, tenía la piel un poco roja pero nada más. Comencé a acariciarme el pene, se había puesto algo fláccido tras el tirón pero era algo que se estaba corrigiendo muy deprisa. Gloria se apretó más a mí, noté nuevamente sus pechos aplastados contra mi espalda y su aroma, restos de perfume mezclados con olor a hembra. Comenzó a acariciarme la cara interna de los muslos.

¿Por qué ya no quieres que te folle?

Sí que quiero, pero de otra forma.

¿Ya no te gusta mi polla?-

Se lo dije mientras la frotaba con las dos manos intensamente, se estaba poniendo muy roja. Sentía verdaderos deseos de que ella la tocara.

La tengo muy vista, ¿pero sabes a quien le encantaría?, a tu hermana.

No digas burradas.

No es ninguna burrada.-

No podía verla pero sentía que Gloria no despegaba su vista de mi polla, sus palabras parecían en cierto modo privadas de su presencia-

¿Sabes lo que me ha contado hoy? Que lleva cinco años sin un hombre entre las piernas.

No me lo creo. Ana es preciosa.

Eso mismo pienso yo pero desde que se divorció de Alberto ningún hombre se la ha beneficiado.

Y aquel idiota con el que salió...

Nada, ella se insinuaba, pero el tipo parecía más interesado en el amor platónico.

¡Gilipollas!

Gloria se rió pero no dejaba de acariciarme, entre eso y la entrada de mi hermana como tema de conversación estaba como un toro, mi verga se hinchaba desafiando cualquier ley de presión o gravedad.

Tu hermana está desesperada Necesita un macho ya.

Pues se lo buscamos y punto.

Ya, ponemos un anuncio y hacemos una selección, ¿no?... Pobrecita.

Joder Gloria como me voy a follar a mi hermana.

¡Vamos cariño!, yo sé que ella te gusta a rabiar, me dijiste un día que te encantaría tirártela.

Yo lo que te conté es un sueño erótico que tuve. ¡Y habla más bajo, coño!

Ella está enamorada de ti desde siempre.

¿Pero qué dices?

Cuando teníamos once o doce años apostábamos cual de las dos se casaría primero contigo. Las dos sabíamos que yo era la única que tenía posibilidades de lograrlo... Si sigues así vas a explotar, cielo..... Hablábamos de ello en esta habitación cuando subíamos juntas a echar la siesta y fingíamos dormir, pero nos contábamos cosas sobre chicos, sobre ti, sobre... De verdad se te está poniendo demasiado grande, ¿no? Nunca te había visto pajearte antes, ¿es así como lo has hecho siempre durante nuestro matrimonio?

Gloria me acarició el pubis, mi mano chocaba con la suya en el vaivén frenético con el que me estaba masturbando. Me imaginé a Ana desnuda, me imaginé que era Ana la que me tocaba. Ya no podía más… Y empecé a correrme; sentí un placer enorme que me sacudía y mi esperma salió disparado golpeando la puerta que nos separaba de la habitación de mi hermana. Tres impactos. En esa ocasión ya no me importó que Ana lo oyera. Estaba destrozado. Gloria me mordió el cuello juguetona y acercó su boca a mi oreja. Su voz era susurrante pero decidida.

Sabes lo que te digo, que si no te la follas tú, me la voy a follar yo,-

Y acto seguido se separó bruscamente de mi espalda en dirección a la puerta de nuestro dormitorio.-

Ah, y limpia bien el cuarto de baño antes de salir.

Cuando volví a la habitación mi mujer ya estaba profundamente dormida.

El día siguiente amaneció con una brisa suave y fresca. Todos nos levantamos temprano incluso yo que hacía siempre pereza cuando estaba de vacaciones. Desayunamos juntos con los niños gritando impacientes a nuestro alrededor, deseosos de salir afuera a jugar. Mi madre nos propuso que fuéramos a la finca de la colina a ver los árboles frutales. Hacía tiempo que no iba por allí. Mi padre había comprado aquella finca cuando éramos muy pequeños y él mismo la había llenado de manzanos, perales, melocotoneros.....decenas de árboles corrían en líneas paralelas a la suave pendiente de la colina separados por una red de pequeñas acequias de riego. Cuando éramos niños la excursión a la finca de la colina siempre era sinónimo para mi hermana y para mí de diversión. Nos perseguíamos entre los árboles buscando una rama suficiente baja que nos permitiese alcanzar algún fruto o recogíamos los que se habían precipitado al suelo al estar ya suficientemente maduros y acto seguido nos lo lanzábamos buscando el cuerpo del otro. Yo siempre acababa acertando en el de Ana y haciéndola llorar. Lloraba sin estridencias, de una manera muy callada, de puro dolor. Yo me acercaba a ella para intentar consolarla, temeroso de que fuera a consolarse con papá que nos tenía estrictamente prohibidos ese tipo de juegos. Pero nunca se iba de la lengua. Me miraba un momento con sus ojos grandes y húmedos, mordiéndose los labios y frotándose el lugar contusionado y enseguida se incorporaba buscando alguna manzana que lanzarme mientras yo salía corriendo colina abajo.

A mí me encantaría ir, mamá- Ana parecía ilusionada.- hace tiempo que no voy allí.

Pues ahora por la mañana es un buen momento hija, luego con el sol del mediodía la colina se convierte en un horno. ¿Tú vas Gloria?

No.

Entonces podrás ayudarme, quiero bajar a la bodega a poner un poco de orden, nada de limpieza, ya lo limpia una chica que viene los martes, pero quiero que me digas lo que crees que no sirve.

Es cierto, todavía no hacía calor. Podríamos haber ido con los niños o andando, pero no, fuimos los dos solos, como cuando éramos niños. Ana llevaba un vestido corto, estampado, y la suave brisa que se deslizaba por la colina levantaba a veces la falda enseñando sus blancos y hermosos muslos; un instante muy breve que alguna de sus manos corregía devolviendo a la tela su gravedad habitual. Estaba bonita y a cada rato la sorprendía mirándome. Entonces ella bajaba los ojos con timidez y luego como recapacitando me volvía a mirar con un leve descaro como diciendo, "¡bueno y qué! soy tu hermana y te miro si me apetece".

Nos detuvimos en una pequeña terraza que ofrecía unas vistas espectaculares sobre el valle. Los recuerdos se atropellaban en mi cabeza. Los de Ana supongo que también.

Ahí es donde te declaraste a Gloria

¿Cómo lo sabes?

Me lo contó al día siguiente

Y, ¿también te contaba lo que hacíamos en el huerto?

Ana se rió.

Bueno sí, pero... sin detalles

Será cotilla.

¿Por qué? Yo era su mejor amiga.

¿Ya no lo eres?

Me gustaría pensar que sí, pero estamos tan separadas.... Antes hablábamos casi todos los días. Ahora cada dos semanas o así. Pero la culpa es mía, lo he pasado tan mal que me he olvidado de todo el mundo.

De repente Ana dio un paso hacia delante y me abrazó. Noté su cuerpo ondulado y cálido pegado a mí, su cabeza enterrada en mi pecho...

Sobre todo te he echado de menos a ti, a mi hermanito, es lo que más me duele.-

Comenzó a llorar, como hacía de niña, sin escándalo, sus lágrimas traspasaban el suave tejido de mi camisa y humedecían mi pecho.

Ana, nena, no llores, yo he sido también un estúpido debería haber estado más cerca de ti. Haberme preocupado más por lo que te pasaba.

Viniste en el momento indicado cuando me estaba derrumbando. ¡Si no hubieras venido a protegerme cuando aquello!... Te ocupaste de todo; si no hubieras estado conmigo, yo no sé...

Ana se calló, su pecho se agitaba levemente, una nueva remesa de lágrimas bajó por mi estómago.

Vamos, nena, no llores, sabes que nunca he soportado verte llorar, ni cuando era un niño.

Ana se separó mirándome con sus ojos enrojecidos.

Y de eso me he servido siempre.

Se agachó rápidamente agarrando una pequeña manzana podrida del suelo. No lo dudé ni un momento. Los recuerdos se hacían demasiado nítidos. Me volví en un momento y salí corriendo colina abajo como si hubiera visto a una manada de búfalos. Un objeto silbó a medio metro de mi cabeza. No volví la vista atrás pero podía escuchar claramente las pisadas de mi hermana corriendo detrás de mí.

Llegamos una hora antes de la comida. Había decidido hacer un plato de pasta pero se me ocurrió que podría utilizar algunas de las manzanas que habíamos traído para confeccionar un pastel. Mi madre lo hacía a menudo para a provechar la fruta de la finca y el olor de aquel dulce se confundía con mis recuerdos de niñez. Las mujeres se quedaron en el patio tomando el sol y charlando, y mi hija y mi sobrino, el hijo mayor de Ana, se empeñaron en ayudarme cuando supieron que iba a hacer una tarta de manzana. Los niños me estorbaron más que otra cosa, pero era divertido verles pugnar por ayudarme, por echar la dosis de azúcar que les había indicado o por cortar en pequeñas rodajas las manzanas que yo previamente les había pelado. Eso me permitió dedicarme a cocer la pasta y preparar el aliño. Cuando llegó la hora de comer dejamos que la tarta se cociese en el horno y preparamos la mesa.

Gloria como siempre no tenía demasiado apetito pero Ana estaba hambrienta Estaba totalmente recuperada de lo de por la mañana o al menos eso parecía y se la veía alegre y sonriente. Gloria la miraba divertida y de vez en cuando comía del plato de ella en lugar de suyo, en el que apenas se había servido nada. Compartían también medio vaso de un vino que mi madre había sacado de la bodega aquella misma mañana. Se las veía tan unidas como las recordaba de niñas.

La sobremesa fue breve, las palabras se iban haciendo tan pesadas y lentas como el aire, un nuevo día cálido igual al anterior y probablemente al siguiente hasta que las tormentas de Agosto liberaran de su pesadez a la atmósfera del valle. Ana subió a acostar a los niños. A los diez minutos Gloria, que estaba sentada en mi regazo, siguió el camino de mi hermana después de despedirse de mí con una caricia en el pelo. Mi madre y yo comenzamos a charlar. Estaba contenta, como siempre que estábamos en el pueblo; parecía retroceder al pasado, recuperar algo de los tiempos más felices. Yo miraba el reloj y pensaba en lo que las dos mujeres estaban haciendo allí arriba. ¿Se habrían dormido ya? Mi madre hablaba pero no lograba escucharla con nitidez, no podía concentrarme. Afortunadamente se contentaba con que la respondiese a base de monosílabos. Estuvimos charlando durante un rato así, de esa manera tan extraña hasta que mi madre se calló. De repente me di cuenta de que se había dormido sobre el sillón con la cabeza levemente inclinada a un lado del respaldo; probablemente era sólo una cabezada, no dormía más que eso, pero aproveché incorporándome para subir arriba. Lo hice despacio, no quería que mi madre notara mi ausencia ni que desde arriba sintieran pasos en la escalera.

Arriba todo era silencio y oscuridad, sólo una pequeña marca de de luz tenue se dibujaba en el pasillo. Venía de nuestra habitación que tenía como ayer la puerta simplemente entornada. Me acerqué lentamente y desplacé un poco la puerta. Estaban dormidas. Ana llevaba como la víspera unas braguitas sencillas, esta vez negras, que seguramente iban a juego con el sujetador que le había visto por la mañana, marcaban perfectamente su culo redondo y jugoso, su espalda estaba totalmente desnuda. Enfrente de él apenas a unos centímetros Gloria respiraba de manera suave. Se había quitado el tanga rojo que se puso tras salir de la ducha y su pubis perfecto parecía atraer como un imán la poca luz que se filtraba por las rendijas de la persiana. Llevaba un sostén rojo de encaje que abrazaba sus tetas por los laterales haciendo más profundo el precioso canalillo que se abría entre ellas. Estaban preciosas las dos. Dejando a un lado cualquier signo de prudencia decidí penetrar en la habitación para estar más cerca de ellas. Afortunadamente demoré un tiempo la decisión comprobando que no se oía nada en el piso de abajo, porque en el instante en que iba a empujar la puerta, mi mujer se agitó en la cama y abrió los ojos. Ana no debía estar del todo dormida porque se movió enseguida., estirando las piernas.

¿Tú tampoco puedes dormir?

Un rato, pero hace más calor que ayer.

Un poco más sí.

Las dos se pusieron boca arriba en una estampa preciosa. Me pregunté si podrían verme desde su posición, pero el pasillo estaba totalmente oscuro y la puerta sólo mostraba una abertura de apenas tres o cuatro centímetros. Fue mi hermana la que rompió el silencio.

Ayer se os oía una barbaridad.

¿En serio?, es que tu hermano es muy fogoso.

¡Serás guarra! Si a la que más oía era a ti.

Pobrecito, es que todo lo lleva por dentro.

Se rieron. Mi hermana volvió a la carga.

¿Es verdad lo que me dijiste?, que ya no le dejas...

Sí.

Entonces, ¿qué te hizo ayer que te estabas volviendo loca?

Me parece que eres demasiado joven para que te lo cuente.

Volvieron a reírse. Gloria se puso de costado de nuevo y acercó su cabeza a la de mi hermana y luego se inclinó hacia su pecho.

¿Qué haces tonta?

Qué bien hueles, ¿qué te echas en el cuello, en los pechos?

Un poco en todas partes.

Entonces Gloria posó suavemente una mano en uno de los senos de mi hermana acercándoselo a la nariz mientras inclinaba la cabeza. Noté un pequeño estremecimiento en Ana pero no se movió.

¡Te lo echas en las tetas, huelen a rosas!

Me echo un poco en el escote, pero sobre todo en el cuello.

¿Te echas un poquito abajo, también?

No, idiota, y sígueme contando, no te escaquees.

Ana se puso también de costado de cara a mi mujer, de manera que perdí de vista sus preciosos pechos pero la sensual curva de sus caderas se volvió a dibujar sobre la sábana. Rogaba porque mi madre abajo siguiera durmiendo, porque los latidos de mi corazón no me impidieran seguir la conversación de aquellas dos hembras.

¿Qué quieres que te cuente?

¿Cómo te hizo disfrutar? Gritabas tanto que me dio miedo que lo oyeran los niños.

¿Desde el otro lado de la escalera? Imposible.

¿Te comió?

No le dejo que me coma ni que me penetre.

¿Por quéeee?

Estoy aburrida ya. ¿Qué calor no?-

Gloria se estiró incorporándose. Se llevó las manos a la espalda para desabrocharse el sujetador, pero no se lo quitó enseguida, una de sus manos mantenía por delante la prenda ya sin sujeción, pegada a sus pechos. Con la otra se arreglaba el pelo. –

Estoy aburrida de los hombres…y en especial de tu hermano.

¡Pues qué envidia, hija!, yo no tengo la ocasión de aburrirme de ellos

Eso es porque tú quieres.

Ya

Yo sé de uno que te empalaría en dos segundos con sólo que abrieras un poquito las piernas.

¿Quién?

Tu hermano.

¡Serás burra!

En serio, me lo ha dicho.

No te creo, ¡cómo te va a decir eso!

Me ha dicho que eres preciosa, que hueles a flores, que desde que era un adolescente se le ponía dura con sólo pensar en ti....

¡Cállate ya Gloria, no tiene gracia!-

Ana se giró bruscamente dando ahora la espalda a mi mujer. Pude contemplar de nuevo sus preciosos pechos, y cómo la pequeña braguita moldeaba su pubis.

Yo ya no le doy marcha, por eso está como está el pobre, por eso se le cae la baba cuando te ve.

No te ha dicho eso.

Si no me crees... ¿Cuándo te he mentido en una cosa así?-

Gloria se volvió a poner boca arriba sobre la cama y Ana se giró de nuevo y se inclinó sobre mi mujer.

¿No me estás mintiendo?

No, cariño, tu hermano me ha hablado de ti siempre, pero ahora te desea con una intensidad especial, cuando ayer le conté que llevabas cinco años a pan y agua se le puso de este tamaño, murmuraba entre dientes: si ella me dejara, si me dejara una sola vez....

¿Cómo le puedes haber contado eso?, ¡Qué vergüenza!

Ana se giró de nuevo y comenzó a sollozar. Gloria se acercó a ella, se pegó a su cuerpo y la abrazó, su mano acariciaba el vientre de mi hermana en movimientos cada vez más largos que llegabas desde las tetas al pubis. Luego pasó su otro brazo bajo el cuerpo de Ana y la estrechó todavía más. Mi hermana se dejaba hacer temblorosa.

No es malo cariño, es un hombre y tú una mujer. Los dos necesitados. Tú le deseas desde que eras una niña y ahora descubres que él a ti también. Te encantaría en la cama-

Una de las manos de Gloria acariciaba suavemente los pezones de su cuñada, la otra había penetrado en sus braguitas y acariciaba su culo. Ana se dejaba hacer como ausente, como si estuviera pensando en algo más importante que lo que le sucedía a su cuerpo.-

Tiene una verga de impresión y cada vez se le pone más dura.

Mi hermana se zafó de las caricias de Gloria y volvió a ponerse de costado frente a ella.

Si es tan hombre, ¿por qué no le dejas que entre dentro de tí?

Mi mujer la miró mientras le acariciaba el pelo, como se hace con una muñeca. Parecía estar pensando lo que le iba a decir. Al final habló.

Porque yo creo que a mí ya me gustan más las mujeres.-

Casi no había terminado la frase cuando con la mano con la que la acariciaba atrajo la cabeza de Ana a la suya y le estampó un beso en la boca, suave pero decidido. Mi hermana parecía querer separarse de ella pero sin fuerza, sin determinación, y el beso se prolongó durante varios segundos mientras. Mi corazón empezó a palpitar de manera peligrosa y me pareció oír un ruido en el inicio de las escaleras. Retrocedí y las bajé despacio. Mi madre estaba abajo levantada, venía del patio en donde creía que yo me encontraba. Le di una excusa burda para mi ausencia mientras mi cabeza seguía girando en torno a las dos mujeres de allá arriba.

La tarde se prolongó innecesariamente y cuando ambas bajaron intenté ver algo nuevo en sus miradas sin conseguirlo, parecían relajadas y tranquilas. Al poco rato Ana subió de nuevo a despertar a los niños y pronto todo se convirtió en una algarabía. Decidí volver al trabajo de las puertas para distraer mi cabeza pero las imágenes me asaltaban de cuando en cuando mientras mis manos como autómatas, lijaban allí o ajustaban allá. Poco después llegó la cena, en donde todo el mundo parecía estar especialmente animado, salvo yo supongo.

Cuando por fin llegó la hora de acostarse me acerqué a Gloria cariñosamente y le agarré de la cintura. Ella no me rechazó, sonreía. Su piel estaba tibia y algo en su tacto recordaba al agua, a las pequeñas olas del mar que antes de romper en la orilla te levantan un instante del suelo. Me sentía ingrávido con ella, la deseaba profundamente, más después de lo que había visto, de lo que había oído aquella tarde. Sentía que ella también se escapaba de mí en dirección a alguna otra orilla.

Esta noche no me apetece cielo.-

Me dio un beso muy cerca de los labios y comenzó a desnudarse. Su ropa iba cayendo sobre una silla, cerca de la cama. Esta vez se puso bragas para dormir y un pequeño camisón que tapaba parte de la curva de sus caderas.

Me desperté muy temprano, tanto que me dio la impresión de haber amanecido en otro lugar. Los ruidos y la luz parecían diferentes. Al salir al pasillo pude oír como mi madre se lavaba en el baño más cercano a la escalera. Bajé despacio y salí a la calle. Hacía tiempo que no paseaba por el pueblo. Nuevas casas de diseños modernos se levantaban en solares que apenas el verano pasado estaban cubiertos de malas hiervas. Por lo que había oído decir eran casas de hijos, de nietos de lugareños que habían prosperado y habían decidido hacerse un hogar para el verano junto al origen de sus ancestros. La mañana era fresca y apetecía andar; llegué hasta casi el borde del pueblo y luego comencé a rodearlo. Donde terminaban las casas, las laderas comenzaban a empinarse y vides y árboles frutales sustituían a la piedra y el ladrillo, trepando suavemente, guiados por cercas de madera vieja, por pequeños caminos de tierra. Tuve el impulso de tomar uno de ellos y perderme por unas horas antes de que el calor volviera a llenarlo todo y sentirme de nuevo cansado. Sin embargo, di la vuelta y me encaminé de nuevo a casa. Al volver había más gente en la calle y me encontré con algunas señoras mayores que me saludaban por mi nombre. Yo, sin embargo, incapaz de recordar el de ellas les devolvía el saludo con toda la amabilidad de la que era capaz.

Cuando entré en por la puerta, mi madre ya estaba preparando el desayuno. En el salón mi hermana estaba sentada en un pequeño sillón pintándose las uñas, parecía haber acabado con las de las manos hacía un momento y empezaba en ese momento con las de los pies. Llevaba una falda muy corta y una camiseta holgada de tirantes. Estaba inclinada sobre su rodilla, terriblemente concentrada pero se dio cuenta de mi presencia enseguida.

Hola hermanito.

Hola, ¿qué haces?

Pues pintándome las uñas de los pies, ¿no lo ves?

¡Qué coqueta eres!

Ana se rió.

¿Por quéeee?

A veces era como una niña, con una sonrisa pícara; entonces el paso del tiempo, las pequeñas arruguitas de expresión que comenzaban a aparecer en su rostro, se borraban como por ensalmo y se convertía en la adolescente de catorce años que un verano hace un millón de años hizo pedazos la crisálida de la niñez, y apareció inesperadamente como una mujer, para poblar mis sueños más húmedos a partir de entonces,.

El caso es que siempre me dejo, trozos sin pintar, ¡qué desastre!, ¿ves?-(se reía de nuevo)-o me las arreglan en el salón de belleza o me quedan hechas una pena. ¿Por qué no habrá término medio en la vida? No te rías.

No me río, tonta. Anda trae, yo te las pinto, al fin y al cabo soy un profesional.

Ana me miró con una expresión rara; pareció querer rechazar mi oferta pero se contuvo. Le quité de las manos el esmalte de uñas y empecé a mojar el pincel en el pequeño frasco. La pintura era untuosa, de un rojo brillante, la removí silenciosamente mientras la imaginaba sobre las uñas de mi hermana. Ana estaba silenciosa y yo notaba una cierta tensión en su cuerpo. Sin mirarla me agaché y me puse de rodillas delante de sus pies. Sentía la necesidad de distraerla, de aliviar un poco la situación:

No creas, más de una vez he pensado que sería mejor dedicarme a pintar uñas de los pies y de las manos a mujeres que pintar sobre lienzos, que mi trabajo sería más práctico y más apreciado. Gloria, que sabes que cada vez le gusta menos lo que hago, dice que no tengo talento ni siquiera para eso, para pintar uñas.

Eso es una tontería, tú tienes un talento enorme, eres un genio.

No pude evitar sonrojarme.

Es verdad, pintas de miedo, y no hagas caso de tu mujer, sólo lo hace para fastidiarte.- (se rió de nuevo nerviosa)- ¡Ya verás que bien me las dejas!

Bien, al menos de momento la situación estaba más relajada. Cogí uno de sus pies y lo coloqué en mi regazo. Ella movió las caderas para que sus piernas quedaran bien juntas; llevaba un vestido muy cortito y se la veía incómoda por mi posición. Me cuidé mucho de que mi vista no subiera más allá de sus tobillos pero no dejaba de preguntarme si llevaría puestas el mismo tipo de braguitas con las que la había visto ayer a la hora de la siesta, y también el día anterior. Su piel estaba suave, se notaba que se había dado crema en los pies unos momentos antes. Olían a perfume. Tenía tan sólo pintada la uña del dedo gordo y efectivamente los resultados dejaban que desear, parte de ella estaba sin pintura y en otras zonas el esmalte había manchado la piel. Comencé a extender el pequeño pincel para corregir los daños. El esmalte se deslizaba suavemente por la uña en una capa gruesa y brillante, era un placer sentir la suavidad con la que la pintura cubría de color rojo intenso toda la minúscula zona que sin embargo se me antojaba misteriosamente interminable. Me cuidé de no rebasar los límites en el acabado para lo cual introduje los dedos de mi mano izquierda, que sostenía la planta de su pie por entre sus dedos separándolos. Al hacerlo fue como si una nueva ola de esa crema perfumada me alcanzara de nuevo. Sonreí.

¿Qué pasa?- ella evidentemente no dejaba de mirarme.

Nada, hermanita, es que me doy cuenta de que nunca había sido tan detallista.

¿No le has pintado nunca las uñas de los pies a tu mujer?

Nunca.

Ana se calló pero yo no alcé la vista. Sabía que ver sus muslos e imaginar su entrepierna desde esta posición me haría perder los papeles.

Así que ya sabes, estás en manos de un primerizo.

Ella no contestó. Sentí como su pie se volvía rígido así que lo manipulé con extremada suavidad pero de manera intencionadamente impersonal. Aislé con mi mano su siguiente dedo y repetí la operación, así uno tras otro. A medida que iba avanzando las uñas, cada vez más pequeñas dejaban poco margen para las pinceladas largas y menos para el error. La del dedo meñique era una pequeña miniatura que pinté casi de un trazo mientras mi mano izquierda intentaba guardar en la memoria el tacto de su piel. Sentí como si el tiempo se detuviera un momento ayudado por el silencio sepulcral de Ana y por mi dedicación de artesano. Tenía ganas de abandonar la comedia y llevarme a la boca alguno de esos deditos sólo como aperitivo de mi hermana y entonces elevé ligeramente la vista. Por encima de sus rodillas, sus muslos se ensanchaban anunciando la redondez de su culo, la inmensidad de sus caderas, estaban tan apretados el uno contra el otro que parecía que en cualquier momento comenzarían a saltar chispas de su unión. Mi mirada debió de ser más larga de lo previsto porque la mano de Ana en un gesto rápido pareció querer estirar la minúscula falda hacia abajo para taparse, en un gesto obviamente inútil. Noté en su pie como la tensión aumentaba y los pequeños dedos se volvían más rígidos pero yo era incapaz, de veras, incapaz de apartar la vista de ella. De repente, el instante se quebró en mil pedazos.

¡Vaya, estáis aquí! Tan calladitos.

Gloria acababa de entrar en la habitación, ni Ana ni yo habíamos advertido su cercanía. Quizás ella estaba tan absorta como yo, pero pronto volvió a la realidad, dio un respingo y me retiró con brusquedad.

Vaya, estabas dejando que el chapuzas te pintara las uñas. Tienes valor, cuñadita. Pero seguid, no os cortéis.

Ya hemos acabado-

Ana se incorporó y me miró incómoda. Estaba totalmente colorada-.

Había pensado en preparar la comida para irnos de excursión, una tortilla, una ensalada.... Iba a pelar las cosas.

Te ayudo, hija, aunque a los míos va a ser difícil hacerles tragar con verdura.

Ana se puso las sandalias deprisa y ambas salieron del salón en dirección a la cocina.

Me insistieron para que me fuera con ellas de excursión, pero les dije que no me apetecía pasar calor, llenarme de insectos, perseguir a los niños bajo el sol… Me llamaron egoísta y se fueron. Pasaron toda la mañana fuera y al volver, Ana metió a los niños en la cama directamente y no volvió a bajar. Un cuarto de hora más tarde, Gloria subió las escaleras y yo me quedé con mi madre.

Pero aquel día ella no podía dormirse, el ajetreo de la mañana había excitado la irritabilidad de su reúma. Ella seguía llamándolo así aún sabiendo que era artrosis. Seguía hablando, relataba los pormenores de la mañana, recordando a papá, no directamente sino a través de escenas vividas por los dos, en donde la sombra de él siempre estaba presente. Yo tenía mi cabeza en la habitación de arriba, mis ojos en el reloj de pared donde el minutero se deslizaba veloz a través de números y cuadrantes, girando como un loco sobre sí mismo. No podía más.

Mamá, subo un momento a recoger una cosa.

¿A dónde? Las vas a despertar.

No, no entro en la habitación, voy al armario del pasillo, creo que he dejado allí dos bocetos que he pintado esta mañana en un descanso de lo de las puertas.

Vale, hijo, pero no hagas ruido.

Subí arriba enseguida, giré a la izquierda buscando la rendija de luz de nuestra habitación dibujarse sobre el pasillo, pero el suelo era una sombra contínua, perfecta. Me acerqué. Efectivamente la puerta de la habitación estaba cerrada. Sentí como la angustia crecía en mi interior y pegué el oído a la madera, a la cerradura. Inútil, no se oía nada. Tuve que bajar de nuevo.

¿Los encontraste?

No, mamá, no sé dónde los habré dejado

¡Ay, hijo, mío, dónde tendrás siempre la cabeza!

Me senté de nuevo y con paciencia volví a oír historias del pasado mientras mi presente se desarrollaba arriba. El reloj, ahora, misteriosamente, apenas se movía.

Horas más tarde ambas mujeres bajaron relajadas y tranquilas, Ana se estiraba, perezosa, y me sonreía. Gloria se sentaba directamente en el brazo del sofá de mi madre y jugaba a peinarle el cabello. Poco más tarde aparecieron los niños y la escena se desplazó al patio. Mi madre comentó que en una par de días abrirían la prometida piscina municipal y los pequeños se volvieron entonces incontrolables. Yo volvía al trabajo de las puertas, una ya estaba prácticamente terminada pero podría haber ido más deprisa si mi cabeza no pensara constantemente en otras cosas. Desde la lejanía veía a mi hermana y mi cuñada cuchichear y reírse juntas, y me preguntaba por qué habían cerrado la puerta. ¿Sospecharían algo?

El resto del día transcurrió de manera anodina. Para mí había estado marcado por la espera y la incertidumbre. Estaba agotado, y deseaba a Gloria más que nunca, pero al acostarnos se repitió la escena del día anterior. Mi mujer me acarició el pelo y me miró con ojos cansados, parecía tener sueño.

Estoy reventada, ¿dormimos?-

No llegó siquiera a esperar mi respuesta, se tumbó despacio, de costado dando la espalda a mi lado de la cama-.

Apaga enseguida la luz, cielo, o me desvelaré.

Los días siguientes transcurrieron de manera semejante. La puerta estaba siempre cerrada a la hora de la siesta, Ana y Gloria recuperaban a marchas forzadas su complicidad, estaban casi siempre juntas, charlando, paseando, dando de merendar a los niños, preparando algunas de las comidas. Yo las oía o las contemplaba mientras mi cuerpo y mis herramientas se desplazaban de una parte a otra de la casa intentando reparar bisagras deshechas, metales oxidados, maderas deformadas. Cuando trataban algún tema que para ellas era especialmente delicado se hablaban al oído, se miraban y acababan riendo. Al menos Ana parecía estar recuperando parte de su alegría. Sin embargo me daba la sensación de que yo iba, poco a poco, quedando excluido de su juego. Me ofrecí a llevarles una mañana a la ciudad más cercana donde se habían propuesto hacer una pequeña excursión de compras. Pero Gloria desechó enseguida mi oferta.

Te aburrirías una barbaridad, cielo, con dos mujeres de tienda en tienda. No te queremos tan mal. ¿Verdad?

Pobrecito.

Aquel día me puse bastante triste viendo como se alejaban en el coche sin necesitarme para nada, pero así estaban las cosas.

Pronto llegó el día en el que empezaban oficialmente las fiestas del pueblo. Las calles se habían llenado de guirnaldas, de tendidos de luz de los que colgaban pequeños farolillos que se iluminarían por la noche. Un par de camiones habían ocupado dos noches antes el espacio del descampado grande, casi a las afueras, al final de la calle mayor. Desde entonces, de sus entrañas no habían parado de salir todo tipo de personas llevando cajas, arrastrando maquinaria en un ritmo frenético. Para la tarde después del pregón de apertura se anunciaba una pequeña feria y también fuegos artificiales a las doce de la noche. Aquella misma mañana abrieron la piscina y los niños se volvieron insoportables por lo que Ana decidió llevárselos a bañar esa misma tarde. A Gloria no le apetecía ir, detestaba las piscinas públicas.

¿Quieres venir conmigo? Así te despejarás de tanta herrumbre y tanto barniz.

No lo pensé demasiado. De pequeños nos bañábamos en la gran alberca a las afueras del pueblo. Gloria tampoco venía por entonces con nosotros. Yo jugaba a ahogar a mi hermana pero ella era más ágil bajo el agua y siempre se zafaba. Las cosas habían cambiado mucho, pensé cuando entramos en la moderna piscina municipal, todo era nuevo, brillante, incluso el ambiente bullicioso del pasado se había transformado en algo aséptico y formal. No había mucha gente todavía. Sólo se oían los gritos de algunos niños y las zambullidas repetitivas con las que se retaban para demostrar quién llegaba más lejos o quién salpicaba con una mayor cantidad de agua. Ana salió del vestuario en un bikini azul, provocativo por su sencillez, por su rotunda naturalidad, parecía una talla ligeramente menor de la que necesitaba pero eso era algo relativo con estas prendas pensé. Las niñas se habían vestido con ella y ya salían disparadas hacia la cubeta de la piscina, mientras mi hermana las insistía para que tuvieran cuidado. Los niños hacía tiempo que estaban en el agua. Yo había tomado posesión de una tumbona a media sombra y Ana vino hacia mí. Se sentó en el borde a mi lado.

¿Quieres que nos bañemos?

No me apetece ahora, quizás luego.

Ana miraba a los chiquillos jugar en el agua.

¡Cómo disfrutan! Me traen tantos recuerdos....

De cuando te bañabas sin la parte de arriba del bikini.

¡Tonto! Éramos tan niños...

Gloria hace top less cuando vamos a la playa.

Yo soy muy vergonzosa.

Pero se te nota más suelta cuando estás con ella.

Ana se ruborizó. Bajó los ojos.

Gloria es como beber un poco de vino, te desinhibe, siempre ha tenido ese efecto en mí. Ahora estos días estoy más relajada. Ya no me siento tan sola.

Ana se acercó a mí. Yo estaba sentado con las piernas separadas mis pies apoyados en el suelo. Mi cabeza recostada en el cabecero de la tumbona. Ella se giro y se sentó delante de mí, apoyando su espalda contra mi pecho. Le pasé los brazos alrededor del cuerpo y

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