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La puerta del ascensor se abrió y Amalia salió a la primera planta del edificio, escoltada por los dos policÃas. Tras pasar por la jaula habitual, en la que tenÃa que esperar a que cerraran la puerta blindada que quedaba tras ella antes de abrir la que tenÃa enfrente, salieron a la galerÃa central de la prisión. En lo que los guardias volvÃan a cerrar la puerta, Amalia pudo asomarse a la barandilla y contemplar desde su posición prácticamente todo el interior del edificio. Mirando hacia abajo estaba el patio interior de la cárcel. Una gran sala rectangular donde los presos solÃan estar durante los recreos cuando por la razón que fuera no se les permitÃa salir al exterior. Ella estaba situada en una cornisa con suelo de rejilla metálica que rodeaba todo el patio interior desde arriba. Desde su posición pudo observar como desde el patio interior, frente a ella, salÃan varias puertas que conducÃan a diferentes salas, por algunas de las cuales ya habÃa pasado; aunque ella habÃa accedido por otras puertas y esta era la primera vez que contemplaba este espacio. Bajo donde estaba ahora mismo, y a través de las rejillas de suelo, podÃa ver cómo habÃa otras puertas, que aunque ella no lo sabÃa, conducÃan a oficinas y otras dependencias a las que solo tenÃan acceso los guardias. Frente a ella, en la planta de abajo, podÃa ver un gran portón que conducÃa al patio exterior. En ese momento el portón estaba abierto, y habÃa algunos presos en el exterior. Uno de ellos la vio y enseguida dio el aviso al resto, que raudos entraron al patio interior para ver a una mujer por primera vez en mucho tiempo.
Sin embargo, la gran mayorÃa de los presos se encontraban recluidos en sus celdas en ese momento. Elevando la mirada a la planta donde se encontraba, la primera, pudo ver como a ambos lados del rectángulo habÃa celdas, unas veinte a cada lado. Las celdas estaban cerradas, pero no eran puertas metálicas opacas como las que ella pudiera haber imaginado, si no que tenÃan los tÃpicos barrotes de las antiguas cárceles de las pelÃculas. Enseguida notó el alboroto de todos los presos asomándose a los barrotes, una vez se dieron cuenta de que habrÃa nuevos reclusos. La sorpresa y la emoción de los hombres fue mayor al ver que se trataba de una mujer, y comenzaron a vocear y a golpear los barrotes, lo que asustó a Amalia.
Hacia arriba, en la segunda planta, podÃa ver cómo habÃa otra pasarela idéntica a la que ella pisaba, y en derredor otras cuarenta celdas. Ya por encima no habÃa más plantas, sino un techado abovedado y acristalado que permitÃa la entrada de luz natural al patio interior, con lo que se trataba de un edificio relativamente bajo: de planta principal, primera planta y segunda planta.
Enseguida Amalia advirtió que los seis o siete presos que habÃa en el patio interior se colocaron bajo ella, dándose cuenta de que la rejilla metálica sobre la que pisaba les permitÃa verla desde abajo, con lo que instintivamente cerró las piernas.
Cuando de nuevo los guardias la cogieron por el brazo, comenzaron a llevarla por la pasarela en la que se encontraba, hacia la derecha. Dicha pasarela, que formaba un rectángulo, también tenÃa puertas intermedias que podÃan abrirse o cerrarse dependiendo el recorrido que los agentes quisieran que hicieran los presos. También habÃa dos puentes, de rejilla metálica como la pasarela, que unÃan las dos cornisas enfrentadas, facilitando atajos para no tener que rodear todo el patio por la galerÃa rectangular. Al igual que la cornisa por la que iba caminando, ambos puentes contaban con puertas metálicas que se podÃan abrir o cerrar a conveniencia. A Amalia la dirigieron por la cornisa hasta el final de la galerÃa, siguieron girando hacia el otro lado y la continuaron dirigiendo por la cornisa opuesta a la que antes ocupaba. Aunque todas las puertas metálicas se encontraban abiertas en ese momento, incluidas las de los dos puentes intermedios, Amalia se dio cuenta de que la estaban haciendo rodear todo el patio, la estaban exponiendo, haciéndola pasar por delante de casi todas las celdas. El clima de excitación ya se sentÃa en toda la galerÃa, y todos los presos se habÃan agolpado contra los barrotes para verla pasar. Desde abajo, los presos que estaban en el patio también se movÃan igual que ellos, pero por debajo, intentando mirar entre las piernas de Amalia. Cuando al final llegaron al otro extremo de la galerÃa, Amalia habÃa hecho un desplazamiento casi en forma de U, con lo que habÃa pasado por delante de 30 de las 40 celdas de la primera planta. Al pasar por cada celda habÃa ido buscando a Antonio, pero aún no lo habÃa visto. Tampoco lo habÃa divisado en las celdas de la planta superior, aunque desde abajo vio que la mayorÃa debÃan de estar desocupadas, pues muy pocos presos se habÃan asomado a sus barrotes.
Al llegar por fin al segundo extremo, tras todo el estrépito que habÃan montado los presos al verla, un guardia abrió una de las dos puertas que habÃa, una a cada extremo de la pared.
Al traspasar la puerta pudo ver cómo habÃa una especie de pasillo amplio, haciendo de antesala de otras cuatro puertas. Las dos que tenÃa más cerca tenÃan barrotes, mientras que las otras dos eran puertas metálicas opacas. Las de los barrotes eran celdas idénticas a las que habÃa por fuera de esa antesala, con la diferencia de que estas dos estaban como apartadas del resto, dándoles un poco más de intimidad, lo que Amalia agradeció.
Los guardias abrieron una de las dos puertas y empujaron a Amalia a su interior.
-¿Cuándo voy a poder ver a mi marido? -preguntó ella-.
La única respuesta que obtuvo fue la de los guardias cerrando la puerta y echando la llave. Se dieron la vuelta y salieron por la puerta de la antesala que daba al resto de la galerÃa.
Amalia se quedó de pie en el umbral observando su nueva estancia. Era una celda pequeña. A un lado tenÃa una litera con un colchón arriba y otro abajo. Amalia esperaba que al menos en algún momento la reunirán con su marido, permitiéndoles compartir celda, pero de momento ni siquiera habÃa podido verlo. Frente a la litera habÃa una taza de váter y un lavabo. Nada más. Ni un armario, ni una mesa, ni una silla, ni una ducha, ni un televisor. Ni siquiera un triste transistor. Tampoco habÃa sábanas para la cama. Ni siquiera una manta. Al menos habÃa un pequeño ventanuco enrejado en la parte superior por el que entraba algo de luz. Le quedaba algo alto a Amalia, pero con un poco de esfuerzo podrÃa subirse en la litera y ver el cielo azul, cuando la desesperación lo hiciera necesario.
Recordando de nuevo lo sucia que se sentÃa se acercó al lavabo y accionó el grifo del lavabo. Pero no salÃa agua. Su cabello, sus manos, sus rodillas, seguirÃan sucias por el momento. Sin nada más para hacer se sentó en el catre interior de la litera. Al rato oyó cómo los barrotes metálicos de las celdas que estaban por fuera se abrÃan. No sabÃa si serÃan todas las celdas o solo algunas de ellas, la puerta que separaba el pequeño módulo donde se encontraba ella estaba cerrada, con lo que los presos no podÃan acceder a la antesala y menos aún a su celda. Desde su catre podÃa sentir a los presos, que parecÃa que deambulaban por la galerÃa. Pero era un sonido sordo y lejano. Por primera vez en ese dÃa se sentÃa protegida, se sentÃa apartada, sentÃa un mÃnimo de tranquilidad. Cansada se tumbó sobre el colchón. No se durmió, pero descansó. Aunque de su cabeza no se le pasaba lo que habÃa sufrido ese dÃa.
Pasó lo que a ella le pareció entre una y dos horas. Privada de reloj le era difÃcil controlar el tiempo. Amalia, que habÃa cogido frio tenÃa ganas de hacer de vientre, y se percató de que el váter estaba justo enfrente de la puerta. Alrededor del váter, en el techo, habÃa un riel, indicativo de que en algún momento habÃa existido una cortinilla que se habrÃa podido correr para utilizar el váter con cierta privacidad, pero en ese momento no habÃa ninguna cortina. Se dirigió hacia el váter con miedo de que alguien abriera la puerta de la antesala en ese preciso momento y la encontrara en el váter. Encima le dolÃa la barriga y creÃa que tendrÃa diarrea. Se bajó las bragas y justo cuando iba a miccionar alguien abrió las puertas, como temÃa. Azarada se volvió a subir las bragas, pero el guardia le ordenó que siguiera con lo que iba a hacer. El hombre se agarró a los barrotes mientras descaradamente la observaba. Amalia tuvo que bajarse las bragas de nuevo y sentarse en la taza. No estaba dispuesta a defecar delante de ese hombre, con lo que se aguantó las ganas y se limitó a orinar. Como no habÃa papel se subió las bragas y volvió su catre.
-Levantate de nuevo, Amalia, que es la hora de tu ducha -le ordenó el guardia, mientras abrÃa la puerta de la celda-.
Amalia se levantó y salió. No tuvo que salir a la galerÃa, donde el resto de presos, si no que el guarda la dirigió a la última puerta dentro de la antesala donde se encontraba su celda. El agente abrió esa puerta y Amalia accedió a una unas duchas comunales.
-Cuando vuelvas a tu celda encontrarás ropa limpia sobre tu cama -le dijo el agente-. También ropa de cama, jabón para el lavabo y papel higiénico. Ah, y te traeremos algo para cenar.
El agente se fue, cerrando la puerta. Amalia de repente se encontró sola en una habitación con cuatro duchas a cada lado. Se quitó el vestido y lo dejó en un perchero. Se descalzó y se quitó también las bragas. Dio al grifo y vio que habÃa agua caliente. También habÃa gel y champú. Al principio se empezó a duchar con ansiedad, pensando que en cualquier momento podrÃa volver el guardia. Pero según fue pasando el tiempo vio que estaba sola y comenzó a disfrutar de ese momento de privacidad. Se frotó bien el cuerpo y se lavó bien el cabello. Incluso se relajó debajo de la ducha. Cuando terminó cogió las bragas y las puso debajo de la ducha. Le habÃan dicho que fuera tendrÃa ropa limpia, y suponÃa que le dejarÃan ropa interior, pero aun asÃ, sin saber qué tendrÃa que hacer con la ropa que habÃa llevado encima, decidió lavar al menos las bragas. Las enjabonó y las frotó, y pudo ver como caÃa toda la suciedad de las botas del agente al que se las habÃa tenido que limpiar. Después las escurrió, y al no haber toalla para secarse esperó unos minutos y cogió de nuevo el vestido y se lo colocó, pero no asà las bragas, que estaban recién lavadas. Se calzó los zapatos y abrió la puerta para dirigirse de nuevo a su celda.
Pero al salir de las duchas, a la antesala desde la que también se accedÃa a su celda, se encontró con que una puerta enrejada dividÃa la antesala en dos. Cuando salió de la celda no reparó en que ese enrejado que podÃa separar las dos zonas de la antesala lo podÃan cerrar. De repente se encontró en que en su mitad de la antesala solo habÃa dos puertas que dirigÃan a las duchas y otra puerta enfrente que sacaba a la galerÃa. Se dirigió al enrejado y lo intentó abrir, pero lo habÃan cerrado con llave. Desde el enrejado veÃa las dos celdas a su izquierda y la otra puerta que también sacaba a la galerÃa, a su derecha.
De repente esa puerta se abrió y entró el guardia de antes, que llevaba en sus manos unas sábanas, una manta y algo de ropa para ella. La puerta de la celda en la que ella habÃa estado estaba abierta, y el guardia pasó a dejar la ropa, pero ella no podÃa acceder. La otra puerta que sacaba a la galerÃa, en la zona de la antesala en la que estaba Amalia, se abrió y asomó otro guardia.
-Sal por aquà -le dijo-.
Amalia salió y al menos no vio presos en los pasillos de la galerÃa, habÃan vuelto a meter a cada uno en su celda.
-El acceso directo a tu celda está cerrado, vas a tener que dar la vuelta a toda la galerÃa -le dijo el agente, con sorna-.
Amalia se dio cuenta de que tendrÃa que pasar otra vez por delante de todos los presos. Lo habÃan hecho adrede, para hacerla realizar todo el recorrido. Pero esta vez su cuerpo estaba húmedo, y el vestido que llevaba se le ajustaba y le marcaba. Peor aún, no se habÃa puesto las bragas.
-Las manos sobre la nuca y andando -le ordenó el guardia-.
Amalia entrelazó sus manos sobre su nuca, con sus braguitas marrones recién lavadas entre sus dedos. TenÃa que pasar por delante de veinte celdas, llegar hasta el fondo de la galerÃa, cruzar al otro lado y volver delante de las otras veinte celdas de enfrente. Resignada comenzó a caminar.
Los presos se amontonaron a los barrotes a su paso y la empezaron a jalear. SabÃa que su vestido de lycra marcaba todo su cuerpo húmedo y sus curvas iban a excitar a todos esos hombres. Los presos sacaban sus brazos por entre los barrotes intentando agarrarla. El pasillo por el que se desplazaba no era muy ancho, con lo que algún hombre conseguÃa rozarla a su paso. El guardia detrás de ella sacó la porra e iba golpeando los barrotes para que los presos metieran los brazos. Uno de los hombres consiguió agarrar sus braguitas con una mano, y de un tirón casi se las arranca. Amalia forcejeó para no perderlas y el guardia golpeó al hombre con la porra, con lo que el preso dolorido las soltó. Según iba avanzando Amalia escuchaba toda suerte de comentarios soeces: "levántate el vestido", "menea ese trasero", "déjanos olerte las braguitas", "tú si que tienes dos pedazo de tetas" o "acércate y agárrame el nabo", le decÃan.
Al llegar al final de la galerÃa tuvo que cruzar a la cornisa de enfrente y volver por delante de las otras veinte celdas. El guardia que la seguÃa se separó a unos tres metros, y ella iba pegada a la barandilla, ya con cuidado de no acercarse demasiado a los barrotes, entre los que salÃan brazos deseosos de agarrarla. Por mucho que lo intentaba, Amalia no podÃa dejar de caminar como una mujer, con lo que sus formas femeninas se contoneaban delante de los presos con su movimiento.
-La espalda recta -le ordenaba el guardia desde atrás-.
Al estirarse, más se le marcaban los pechos y los pezones en el vestido. Por detrás su vestido adherido a su trasero húmedo permitÃa a los espectadores ver bajo la tela el volumen de las dos formas redondeadas de sus glúteos, asà como la sombra de la raja de su culo. En contoneo de su culo fascinaba a los presos, que sin éxito intentaban pellizcárselo a su paso.
A pesar de todo, Amalia continuó caminando, con sus zapatos de tacón, su vestido adherido a su húmedo cuerpo y sus braguitas entrelazadas a sus manos en su nuca. De repente, mientras intentaba permanecer con la espalda recta, y suficientemente apartada de los barrotes como para que no la agarraran, trastabilló y estuvo a punto de caer al suelo, pero pudo sujetarse al barrote de una celda para impedirlo. Al volver a estirarse para recuperar su postura notó que el preso de dentro de la celda habÃa agarrado su vestido, y tiró con fuerza rasgándoselo. El vestido rasgó por la espalda y se le rompió un tirante. Toda su espalda quedó al aire, al igual que su pecho izquierdo. Amalia rauda se colocó de nuevo la tela suelta sobre su pecho desnudo, pero enseguida el guardia tras ella le dio el alto.
-Las manos sobre la nuca -le volvió a ordenar-.
Amalia no tuvo más remedio que volver a soltar su vestido y cruzar de nuevo las manos por detrás del cuello. La tela volvió a caer y su blanquecino pecho volvió a quedar a la vista de todos. Cuando Amalia volvió a estirar la espalda y continuó caminando con su pecho y espalda al aire el guardia le dijo que esperara.
-Este preso te ha faltado al respeto, Amalia, y por tanto va a tener que disculparse. Vuelve aquà -le pidió-.
Amalia retrocedió, con el vestido roto y las manos entrelazadas a la nuca, como le habÃan ordenado.
-Colócate aquÃ, delante de su celda -le pidió a Amalia-. Y tú, impresentable, pÃdele perdón a la señora.
El preso se reÃa, observando a Amalia. Ella, mientras tanto, permanecÃa en pie delante del preso, mostrándose semidesnuda ante él, con lo que entendió que el objetivo del guardia era precisamente humillarla a ella.
-¿No le vas a pedir perdón? -le preguntó el guardia al preso-. Claro que lo harás, tenemos todo el tiempo del mundo, y no nos vamos a mover de aquà hasta que lo hagas.
El guardia permaneció unos instantes con los brazos cruzados en actitud de espera, pero al rato se marchó.
Amalia se quedó inmóvil delante del preso, quién se bajó los pantalones y los calzoncillos y sin ningún reparo empezó a masturbarse delante de ella. Amalia tuvo la tentación de volver a colocarse el vestido y tapar su pecho, pero no se atrevió. El resto de presos también la observaban desde sus celdas, pero sin duda el que mejor visión tenÃa de ella era el cerdo que tenÃa delante.
Al rato volvió el guardia, que traÃa una silla plegable de la mano.
-¿Aún no te has disculpado? -le preguntó al preso-. Pues nada, tú mismo. Seguiremos esperando.
El guardia abrió la silla y se sentó a esperar, mientras que el preso continuaba masturbándose mirando a Amalia, fijándose especialmente en su pecho desnudo. El preso se tomaba su tiempo, moviendo lentamente su mano sobre su pene y y arrastrando su piel vez tras vez hacia atrás, dejando asomar su glande vez tras vez. Amalia podÃa ver como su pene cada vez tenÃa más espuma, pero el preso no tenÃa prisa por eyacular, estaba disfrutando de su momento. Al cabo de unos diez minutos el preso empezó a estremecerse y procedió a eyacular soltando fuertes gemidos. Al hacerlo se acercó lo máximo posible a los barrotes y varios chorros de esperma saltaron hacia Amalia, que estaba a unos ochenta centÃmetros del pene del hombre. Dos grandes chorros de semen quedaron impregnados en el vestido de Amalia, uno sobre su vientre y el otro resbalando sobre la tela, a la altura de su muslo derecho.
-Perdone usted, señora, no se volverá a repetir -dijo por fin el preso, satisfecho, mientras se guardaba de nuevo su miembro en el calzoncillo.
-¿Ves cómo no era tan difÃcil? -le dijo el guardia, levantándose de la silla, plegándola de nuevo e instando a Amalia a continuar.
Amalia, degradada, continuó avanzando por el pasillo los pocos metros que le restaban hasta llegar a su antesala primero, y a su celda después.
Una vez en la antesala, donde les esperaba el otro guardia, que desde el fondo del pasillo tampoco habÃa perdido detalle de la escena, la invitaron a entrar de nuevo en su celda.
-Te hemos traÃdo ropa limpia -le dijo el segundo guardia desde la puerta abierta de la celda, con algo de ropa para ella de la mano-. Pero danos primero tu ropa sucia.
Amalia solo llevaba encima su vestido, con lo que dejó sus bragas sobre el catre, se lo quitó y se lo ofreció a los hombres junto a las bragas. El guardia que la habÃa acompañado durante el recorrido por la galerÃa cogió ambas prendas y las echó a un cesto pequeño que habÃa en la antesala. Amalia quedó a la espera de que el otro policÃa le entregara su ropa, pero ante la impasividad de éste, esta vez no se cubrió, sino que permaneció en pie, desnuda, desafiante. El guardia finalmente le extendió el brazo con un tanga blanco de algodón. Ella se acercó, lo cogió y se lo puso. Tras ello el guardia le entregó un elegante vestido verde clarito de punto finito. Amalia se lo puso y permaneció de pie frente a los guardias. El vestido era entubado hasta por debajo de la rodilla, y tenÃa una pequeña abertura a su lado derecho, lo suficientemente grande como para permitirla andar, pero no era un vestido cómodo para dormir con él.
-Estás muy guapa, Amalia -le dijo uno de los guardias-. Ahora tienes que ganarte la cena.
Era tarde, y Amalia no habÃa comido en todo el dÃa, con lo que ya tenÃa hambre.
-Sal aquà - le ordenaron-.
Amalia volvió a salir a la antesala, preguntándose qué tendrÃa que hacer ahora. Los guardias abrieron el enrejado que separaba en dos la antesala, y la hicieron volver a salir por la puerta que conducÃa de las duchas a la galerÃa. Al salir por la puerta se encontró un barreño en el suelo lleno de agua. Un agente echó un buen chorro de detergente en el barreño y tiró dentro el vestido que Amalia habÃa llevado hasta ahora.
-Hasta hoy no hemos tenido señora de la limpieza, y la galerÃa necesita un fregado, o sea que ya sabes lo que tienes que hacer -le indicaron-.
Amalia tendrÃa que volver a hacer todo el recorrido, por delante de todas las celdas de la planta, pero esta vez fregando el suelo a cuatro patas, ya que no siquiera le habÃan ofrecido una fregona. Cansada y sumamente humillada a lo largo de todo el dÃa Amalia descendió sobre sus rodillas y empezó a empapar el vestido. Sin sujetador el vestido le quedaba escotado y al empezar a desplazarse empujando el barreño y gateando se le abrÃa lo suficiente como para que los presos se volvieran a excitar viendo el canalillo y la caÃda de sus pechos. Por detrás lo apretado que estaba apenas la dejaba moverse, con lo que no tuvo más remedio que remangarse el vestido y subÃrselo hasta los muslos para poder avanzar. A los hombres les encantaba ver a esa mujer vestida tan elegante, con sus tacones y su vestidito, humillada de tal manera, fregando el suelo a cuatro patas y mostrando parte de sus atributos de mujer: enseñando sus muslos carnosos e insinuando sus pechos. Según avanzaba las groserÃas que iba escuchando se intensificaban. SeguÃa sin ver a su marido, con lo que ya sabÃa que no estarÃa en esta planta. A algún preso se le ocurrió incrementar su degradación escupiendo al pasillo a su paso, con lo que Amalia, con resignación y desagrado tenÃa que limpiar con el vestido que hasta ahora habÃa llevado todo lo que se encontraba por el camino. A otros presos se les ocurrió lanzar basura al pasillo, lo que encontraban a mano en sus celdas: colillas, papeles, trozos de pan, mondas de plátano... Uno de los presos vio que intentaba accionar el grifo de su lavabo, pero afortunadamente para ella aún no habÃa agua en las celdas. Según avanzaba en su degradante tarea el barreño se llenaba de los restos que los presos lanzaban. El vestido ya estaba para el arrastre de tanta suciedad. Cuando ya quedaban pocas celdas a alguien se le ocurrió sacarse la minga y empezar a mear a su paso. Otros siguieron su ejemplo, y mientras algunos meaban sobre el camino por el que iba a pasar, otros la meaban a ella directamente a su paso. Por fin dio toda la vuelta a las cuarenta celdas y llegó a la puerta de la antesala que dirigÃa a su celda. Un guardia le abrió la puerta y el otro ya estaba dentro esperando, pero como ninguno le ordenó que se incorporara dejó el barreno en la antesala y continuó gateando hasta entrar a su celda. Ahora sà que estaba sucia de verdad. El olor a orina casi le hacÃa vomitar, y lo llevaba encima. Los guardias cerraron la celda y se marcharon. HabÃan dejado un plato de macarrones frÃos en el suelo, junto a un viejo vaso de metal. Amalia colocó las sábanas en su cama y al ver que estaba sola se quitó el vestido. Oyó el sonido del agua volviendo por las tuberÃas y accionó el grifo, comprobando que ahora si habÃa agua. Metió el vestido en el lavabo, bebió varios vasos de agua y se comió los macarrones. Durante media hora estuvo sentada pensando en todo el sufrimiento que le habÃa deparado el dÃa. Y pensando en lo que le esperaba vivir. Sacó el vestido y lo colgó de un clavo que sobresalÃa de la pared esperando que estuviera seco al dÃa siguiente. Solo con su tanguita se metió en la cama, y aunque no hacÃa frio, se tapó con la sábana. No sabÃa si a lo largo de la noche alguien se asomarÃa a su celda, pero por si acaso, no querÃa que la vieran casi desnuda.
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