Una mañana estaba apunto de tomar la ducha, cuando tocaron a la puerta de mi departamento. Era Santiago, el muchacho que tiene un establecimiento de materiales para oficina, y venÃa personalmente a entregarme unos artÃculos que habÃa encargado la tarde anterior. Yo estaba en calzoncillos cuando acudà al llamado, y al escuchar su voz, no tuve el menor recato en abrir de esa manera, pues el sujeto, pese a no ser un dios encarnado, no me resultaba del todo feo y yo soy, con toda la honestidad con que me permito revelarlo, un calienta huevos de primer nivel; además que tenÃa casi la certeza de los gustos amatorios de Santiago. Durante meses me habÃa atendido y, a veces, se quedaba en casa un rato ayudándome a hacer algunas tareas, ya que es un chavo que estudia diseño gráfico y tenemos cierta empatÃa por cuestioes académicas. Abrà la puerta y encontré a Santiago con los brazos llenos de papeles y otras cosas de mi pedido que a duras penas podÃa sostener. Le pedà que pasara directo hasta la habitación que hace las veces de estudio, donde tengo la computadora y mis instrumentos de trabajo. Dejó las cosas sobre el escritorio y le pregunte: "¿Qué tal el trabajo hoy, Santiago?", a lo que respondió, sin dejarme de ver a la cara, pues percibà cierta inhibición al estar yo en esa facha: "Bien, con esto terminé, porque no hay más entregas hoy". "Ah, pues muy bien; fÃjate que tengo mil cosas que hacer, si no tienes prisa podrÃas ayudarme a organizar lo que me trajiste y de paso te invito a desayunar, para no ser tan mala onda, ¿cómo ves?", le comenté. Y él: "Está bien". Asà que le dije cómo organizar los papeles por tamaño y demás indicaciones y agregué: "Mientras está eso, me voy a bañar". Y me fui a mi baño. Llené la tina a la mitad de su capacidad, y volvà al estudio para ver cómo iba el muchacho. Ya habÃa terminado, y estaba viendo mis libros y algunas fotos que tengo esparcidas por doquier. Le dije: "Ahora regreso, si quieres ver la tele o escuchar algo, adelante, con confianza". Y él: "Gracias, gracias, me late ver la tele un rato, para matar tiempo en lo que sales de bañarte". Y lo pasé a mi habitación, que es donde está la tele, y donde está el baño. Él se sentó en un pequeño sofá frente a la televisión, y yo, antes de entrar al baño y, sin pensarlo sino actuando deliberadamente, me quité los calzoncillos y los arrojé al cesto de la ropa sucia. No sé si me vio, porque entré al baño de lo más natural, sin verlo. Me metà al agua tibia y, ante mi intranquilidad por una deliciosa y malévola idea que tomaba forma en ese momento, escondà los jabones bajo una toalla y, sin alzar mucho la voz, con la cortina de la bañera corrida para mantener la privacidad, llamé: "¡Santiago...!". Silencio. Sólo la televisión y su monótono sonido. "¡Santiago!", y enseguida escuché: "¿Qué pasa?". "¡Oye!, ven". Abrió la puerta y lo vÃ, de medio cuerpo, algo retraÃdo, tras la puerta; y al ver que una cortina de plástico creaba cierta privacidad, entró con más confianza; y le dije: "Se me olvidó el jabón en la cocina, me harÃas el gran favor de traerme uno. Están en la puerta más alta." "Si. Vulevo ahora", me dijo y esperé. Esperé, pero mi pene creció un poco ante mi idea, pero sólo un poco, porque tal vez no pasaba nada y para qué seguir creciendo sin sentido. En pocos momentos entró Santiago con un jabón nuevo y, en cuanto me lo dio, abrà la cortina de plástico y me mostré boca arriba, desnudo, agradeciéndole el favor. El dijo: "No es nada", pero en ese momento vi que su mirada se desvió a mi parte abdominal donde se quedó fija, con los ojos sobresaltados, y en ese momento caà en la cuenta que mi pene estaba en tremendo estado de erección. En medio de ese silencio, antes que se fuera, le dije: "¿Por qué no te metes a bañar?". De momento, su reacción fue dubitativa, y preguntó: "¿AquÃ?". Y le dije: "SÃ, aquÃ". Y me senté ligeramente sobre el fondo de la tina, por lo que mi pene quedó fuera del agua. Y su mirada oscilaba entre el asmobro y la duda. Sin palabras, se quitó los zapatos y calcetines, los pantalones, la playera, su reloj y, debajo de los calzoncillos, un bulto se marcaba notoriamente. Me dio la espalda y se despojó de esta última prenda y entró a la tina, pero al voltear su cuerpo al frente no puede resistir ver sus genitales: un pene semierecto, incircunciso, moreno, grueso aunque no muy largo y unos testÃculos formidables, similares a los de un toro.
(¿Por qué se le da tanta importancia al tamaño y forma del pene, siendo que los testÃculos son una parte delicosa también...?)
Se sentó en la tina y estuvimos un momento en silencio, con sonrisas nerviosas, e inmediatamente, sentÃ, bajo el agua, su mano que asÃa mi pene con cierta temeridad, por lo que yo, sin temeridad, le agarré los testÃculos, pesándolos, sintiéndolos en mi palma, como si agarrara fruta en el mercado antes de comprarla. Y debo reconocerlo: ¡qué buen tamaño tienen! Pero no me quedé callado y le dije, en un estado de completo erotismo: "¡Qué buenos huevos tienes, Santiago". Y él, aparentemente ya deshinibido, responde: "Buena está tu verga. Te la quiero lamer". En ese momento me levanté, chorreando agua, coloqué mi pene a la altura de su cara y en menos que lo escribo, ya la tenÃa hasta la garganta. Y al mismo tiempo movÃa la lengua como podÃa. Se retiraba y ¡duro sobre la cabeza del pene! Se metÃa sólo la punta, jugueteaba con la lengua en el orificio jugoso y otra vez hasta adentro. Una y otra vez. Hasta que abrió la boca, sacó la lengua lo más que pudo y con una mano azotaba mi pene contra su lengua, lo restregaba y, ¡otra vez! hasta el fondo de la garganta. Yo de plano le agarré la cabeza con las manos y comencé a mover la pelvis, gimiendo por lo que me hacÃa sentir esa boca carnosa, caliente y humeda. Después de un rato, me tomó los testÃculos y comenzó a lamerlos; pero sólo un poco, porque se recostó en el pequeño espacio de la tina y me dijo: "Voltéate hacia el otro lado y siéntate en mi cara". Y asà lo hice, porque su petición me encendió más, y al voltear mi cuerpo al otro lado, en el momento de sentir su lengua explorando mi ano, vi su pene a punto de estallar: grueso, con la cabeza fuera de su piel protectora y, además, su enorme par de huevos bajo el agua. Acerqué mi mano al extremo de la tina y jalé el tapón, para que el agua no fuera obstáculo en la exploración mutua. En breves instantes quedamos dentro de la tina en la posición 69, pero debo aclarar que más me atraÃa chupar los testÃculos de Santiago y recibir el placer que me daba con su boca que otra cosa. Asà es este asunto del deseo: la gente te gusta o no te gusta, o la usas del mejor modo o te masturbas solito, y ahà queda la calentura.
A esas alturas, Santiago me masturbaba con una mano, y con la otra abrÃa mis nalgas para dar rienda suelta a su lengua, que no paraba de hacerme maravillas en el culo; por mi parte, también le masturbaba a la par que me metÃa sus huvos a la boca: primero uno, luego otro, y lo que cupiera de los dos en otro momento. Al cabo de un rato sentà la inminencia de mi eyaculación y le dije, entre gemidos y sacándome sus huevos de la boca: "Me voy a venir", a lo que él respondió dando mayor velocidad a su mano, retirando su cara de mis nalgas, esperando la descarga, diciéndome de forma completamente soez: "¡SÃ, dámelos; échame los mecos, quiero ver cómo los avientas...!", asà que, se entiende, ante su prosaica petición y su fricción erótica, me vine, ahhh, uno, dos... ¡tres chorros!, dejé de contar, creo que grité, de seguro gemÃ, vi blanco alrededor y sólo sentà estallar mi cuerpo y de pronto sentà mis manos aferradas a sus pantorrillas y mi cabeza apuntaba casi al techo del baño. Me habÃa venido, y de qué forma. Santiago estaba como poseÃdo, porque gemÃa de placer y me levanté para ver el resultado del tremendo escarceo: su pecho, el cuello, llenos de semen, y él seguÃa con sus palabras sucias y excitantes: "Con esa verga y ese culo diario voy a venir, te quiero ordeñar diario, quiero coger contigo...!" Yo me senté sobre la tina y, para evitar que casi me violara, utilizé su técnica verbal, diciéndole: "Ponte de rodillas y deja que te saque la leche; ahora quiero que tú me los eches..." Y me coloqué abajo, por asà decirlo, acostado, con él de rodillas frente a mi, y lo seguà masturbando con frenesÃ. En unos segundos comenzó a retorcerse y a gemir, respirando a gran velocidad. Sus manos se aferraron con fuerza a ambos lados de la tina y salió el primero chorro de semen, que cayó sobre mi abdómen y vello púbico; pero el segundo salió con tal fuerza, que me cubrió hasta el cuello y la mejilla, y los siguientes, más que distancia, salieron en gran cantidad, porque mi pecho y zona abdominal quedaron literalmente bañados en leche de hombre. Santiago se retorcÃa y gritaba en medio del paroxismo, hasta que su ritmo respiratorio bajó de intensidad y su eyaculación también cesó. Lo seguà masturbando hasta que también disminuyó su erección y llegamos al reposo total. Después tomamos una ducha completa, se vistió y no se quedó a desayunar. Creo que su turbación era mucha por el suceso. Yo desayuné abundantemente. Me recosté en la cama con calzoncillos limpios y tomé una siesta bien merecida.