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DON DINO, EL CALENT?N 8

DON DINO, EL CALENTON 8

 

Era sábado en la mañana. Don Dino pasaba a buscar por la misma casa de cada uno a los muchachos. Saludados por los abuelos de ambos. Y gritando cosas como cuídense, nos vemos a la noche y cosas por el estilo.

La sonrisa ancha del viejo Dino, el calentón, no cabía casi en su bocaza perversa y lujuriosa. Caliente. De macho alzado en constante ebullición. Eran cerca de las diez de la mañana y el sol alumbraba ya en lo alto. Se dirigían a la quinta de un amigo del don Dino.

__¿Y cómo es que se llama ese amigo tuyo?__ preguntó Arturito suelto de cuerpo.

__Albino querido, Albino…pero todo el que lo conoce lo llama Albi…__ dijo sonriendo y acariciando la pierna del chico el viejo calentón, ya que Arturito se encontraba a su lado.

__Y tu quieres que le hagamos compañía, que lo distraigamos, que lo hagamos divertir…__ acotó Lorencito

__Sí quiero que se lo cojan, en realidad, las cosas por su nombre, Lorencito, no me asustan, las cosas por su nombre belleza, se que con ustedes se la pasara genial.

__¿Y tú que harás?__ cuestionó otra vez Arturito rozando el muslo del viejo, muy cerca de su serpiente que ya comenzaba a moverse inquieta.

__Yo iré a recoger hortalizas, y luego me llegare hasta el arroyito a ver si puedo pescar algo para la cena y esas cosas, sé que ustedes no me extrañarán…__ la camioneta del viejo pervertido siguió avanzando por aquellos caminos de tierra, hasta que entraron por un largo camino de árboles centenarios. Y allá a lo lejos se visibilizaba una casa, bastante grande se notaba, rodeada de sombra, algunos perros salieron a recibir al vehículo ladrando en señal de amistad, pues ya conocían al que venía al mando de aquella camioneta blanca.

Un hombre de porte un poco más joven, al parecer, que don Dino, apareció en el umbral de una puerta grande y de medidas nada estándares. Sonreía o al menos eso parecía.

Don Dino se detuvo bajo un hermoso árbol frutal. Aquel hombre tenía todo esparcido sin ningún orden, eso se notaba. Los chicos iluminaron sus miradas de buscadores de aventuras, sin límites, sin freno. Buscones de machos, de sexo. Eso los hacía felices y no les importaba otra cosa, en esos días.

Bajaron todos y el viejo Dino y Albino se estrecharon en un fuerte abrazo. Se notaba que Albino estaba sudando, tal vez por la emoción de ver a aquellos dos cachorros que venían a, básicamente, estar con él. De la forma que él quisiera y demandara. Al menos eso fue lo que le había contado su viejo amigo Dino.

Observó los culazos de aquellos jovencitos, que los movían mientras miraban el lugar, encantados, con sonrisas cómplices de oreja a oreja.

__Cómo estas amigo Albi__ casi gritando saludo don Dino

__Aquí me ves solo como siempre esperando la llegaba de alguien que comparta mi soledad… ¿Quiénes son estas bellezas?

__Bueno ellos son Arturito y Lorencito, dos amiguitos que me he hecho viviendo allá en el pueblo…__ los chicos se acercaron al hombre por vez primera y notaron el fuerte olor a macho que sudaba, por la presencia de sus cuerpos, calientes, erotizados. Volando de una temperatura de zorras y perras hambrientas de una buena verga.

            Pasaron dentro de aquella casa. Charlando de cosas mundanas. Bebieron unas cervezas frías acompañando una picadita casera que había preparado Albi. Notaron que Albi estaba muy caliente ya que la verga se veía claramente en estado de erección constante a pesar de que iba de aquí para allá.

            Aquel macho hambriento tenia hombros anchos, brazos musculosos, con vellos renegridos aun, llevaba puesta una musculosa y unos pantalones cortos hechos de un viejo pantalón.

__Bueno yo me estoy yendo a ver cómo está tu quinta y de paso veré si puedo pescar algo… ¿vienes conmigo Lorencito?__ dijo el viejo Don Dino muy ladino, pícaro. Apenas se cerró la puerta Albi, el otro macho cachondo que quedaba en el lugar se acercó a Arturito.

__Tienes un culazo tremendo chico…__ los ojos de aquel hombre que eran de un color café oscuro y renegrido, fuertes, con una boca marcada, y rodeada de una barba de días sin afeitar, dándole un marco de abandono que no se notaba en su piel, que largaba la fragancia sudada pero con un leve perfume a limpio. Era  bastante más alto que Arturito. Se le apoyó por detrás, contra la mesa, mientras Arturito tonteaba y suspiraba, mirando el techo, sintiendo la dureza contra su culo babeante.

__Ohhh que culo tienes, me pones muy duro chico…

__Estas muy caliente papi Albi… ¿puedo ayudarte con eso?__ respondió sensualmente el jovencito, sabiendo que aquello produciría un efecto descontrolado en aquel macho maduro y firme. Dicho esto tiro su mano hacia atrás y acarició el pedazo de Albi por sobre el pantalón corto que llevaba aquel hombre. Estaba realmente muy duro, Albi aflojo su pantaloncito y lo dejo caer y la barra de carne se presentó ante Arturito, potente y gruesa, un animal precioso.

__Muéstrame tus redondeces, quiero verte bien…__ balbuceó roncamente el macho febril, alejándose del chico que ya estaba hirviendo de calentura. Estaba parado apoyado en una abertura que había en aquella habitación. Arturito se quito su remerita suelta. Sus pechitos erguidos aparecieron ante aquel hombre alzado y duro. Luego rítmicamente se sacó su shorcito corto y la tanguita que llevaba debajo se le metía en la zanja de su ojete hermoso y seguro y sabroso. Albi se acariciaba la poronga rígida, mientras se relamía pensando en ese culazo que se le ofrecía. Que lo invitaba a acercarse. A tocar. Así mismo la pija de Arturito estaba dura, el chico dio unos cuantos giros mostrando su cuerpecito, y la manija se le escapaba por los costados de la tanguita diminuta. Albi sudaba profusamente, mientras Arturito se acercaba  sensualmente, el macho, alcanzó con la mano la pija del joven. La acarició. La sobó. El joven tembló de calentura, de sensualidad desbordada. Se inclinó un  poco más y entrego la boca a Albi que lo recibió con una lengua monstruosa larga gorda. La saliva de a poco fue saliendo de las bocas calientes, vaporosas, húmedas, salvajes, Arturito se aferró al machete del macho y lo masturbó sin descanso. Arrancando gemidos fatales al hombre que también pajeaba al joven, apretándose contra los muebles y las paredes, parecían danzar mientras se movían en la habitación que se desordenaba, como si estuvieran peleándose y era todo lo contrario.

            En un momento Albi cayó sobre un sillón y allí mismo Arturito abrió su boca y lo empezó a comer con ganas, con deseos, mordiendo el pedazo, chupando, libando.

__Ahhh que boquita tienes Arturito, como chupas, ahhh, sabes tratar a un macho como yo ohhh si me encanta…__ la boca y la lengua del joven jugaban con el pedazo de carne. Lo mojaba, llegaba hasta las bolas gordas del hombre, no quería que acabara todavía, sentía  su culo palpitar, quería sentirlo dentro suyo, quería que lo cogieran. Las manos de Arturito apretaban el machete, lo dejaban respirar, mientras Albi se desangraba en gruñidos y exclamaciones de calentura, sudando a chorros.

__Ohhh me vas a matar, eres un muchachito muy caliente, muy sensual, ay, ay, como quiero cogerte, quiero meterme en ese culito que tienes, ahhh, no quiero acabar todavía…

__Yo quiero que me cojas papi, no acabes todavía, méteme tu dura pija en la cola, ay no sabes como la deseo, quiero tenerla dentro, estoy para complacerte…__ diciendo eso, dejo la poronga que bamboleaba para un lado y para otro, y luego lentamente fue como si reptara por sobre el cuerpo ancho del macho hasta ponerse a horcajadas sobre él, abriendo las nalgas pomposas, infernales a disposición del macho que boqueaba gruñendo mientras las pellizcaba y las sobaba intensamente, marcándolas, dándole golpecitos suaves, metiendo un dedo a fondo en al anillo ya preparado, dispuesto, dilatado. Raspa la poronga entre las nalgas, buscando el lugar, la boca de Arturito besa la boca del hombre, gimen, se retuercen como víboras. La cabeza del poderoso machete se apoya en el hoyo. Empuja, lloriquea Arturito y Albi enloquece, penetra dentro del chico. Entra en el, lo posee, siente que su poronga se abre camino y Arturito salta sobre el sintiendo como lo horadan, lo sodomizan, gime, grita, lloriquea, su pija suelta un poco de semen, totalmente, abre mas su cola, muerde los labios de Albi que quiere tragar al chico por completo. Lo hace suyo. Serrucha, el chico lo cabalga tremendamente, sabiamente, sabe que no podrá aguantar mucho, es mucha la voluptuosidad, la lujuria, el placer incontenible. Sus huevos arden y en instantes brotan los escupitajos de leche, llenando el anillo, rebalsándolo, inundándolo. Quedan deshechos, en silencio, Albi con la poronga latiendo dentro de la cola receptiva del chico que solo exclama pequeños ayees de placer.-

 
Datos del Relato
  • Autor: MARIO
  • Código: 71005
  • Fecha: 30-09-2026
  • Categoría: Gays
  • Media: 0
  • Votos: 0
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