DON DINO. EL CALENTON 7
Esa noche de verano con la luna abierta y redonda en un cielo poblado de estrellas, decidieron hacer un asado. El viejo macho tenia carne en la heladera y enseguida organizo un asadito bajo las estrellas azules.
Los chicos avisaron a las casa de sus respectivos abuelos que llegarían muy tarde ya que se quedarían comiendo con el viejo Dino, el calentón. Los abuelos se quedaron tranquilos porque sabían dónde estaban.
Se ducharon juntos Arturito y Lorencito. Juguetearon un rato bajo la ducha ya que estaban llenos de leche de don Dino por todas partes. Mientras el viejo macho encendía el fuego que ardió prontamente. Demás está decir que el viejo andaba desnudo, solamente con unas ojotas, bamboleando su pedazo riquísimo de un lado a otro sin dirección. Libre, soberbio, un machete precioso.
Andaba tranquilo ya que de noche no se veía nada de ninguna parte salvo que entraras a la propiedad. No era la primera vez que don Dino andaba desnudo por su parque. Una vez que el asado estaba casi listo se fue a bañar el macho viejo. Igualmente salió desnudo chorreando agua de sus cabellos grises. Abundantes para su edad.
Arturito y Lorencito también estaban desnudos y con sus colas muy calientes. Pusieron las tablas y los cubiertos, las copas, para comer en el patio que lanzaba el perfume de los jazmines y los ciruelos y los durazneros, que brotaban néctares, alzaban flores y chorreaban jugos para los colibrís mañaneros.
Se sentaron a comer, entre risas, toqueteos. Bromas. Bebieron vino. Tenían hambre y hasta que se saciaron estuvieron sentados allí. En el patio. Luego el viejo macho encendió un cigarrillo. Mientras los chicos juntaban los utensilios. Y los lavaban como buenas amas de casa. El viejo reposaba calmo en un enorme sillón que tenía allí afuera. Los chicos una vez que terminaron traían en sus manos sendas latitas de cerveza.
Se sentaron cerca del viejo que aun fumaba los últimos resquicios de cigarrillo. Lo arrojo bien lejos desparramando en la clara noche brasas que enseguida se apagaban. El viejo macho comenzó a tocar su vara, que se ponía gorda. La masajeaba sin ningún tipo de duda. La morcillona poronga iba aumentando de tamaño. Los chicos la miraban deseándola. Eran unas putas acabadas. Hechas y derechas. El viejo don Dino sonreía, tragando saliva, se acariciaba los huevos. Los apretaba y sacudía, haciendo que su poronga creciera al máximo. Los jovencitos bebían acariciándose los pezones que se erguían.
__Zorritas… ¿le gustan lo que ven?...putitas…son tan calientes…
__Es que tu nos pones al rojo don…eres muy caliente…__ dijo el atrevido Lorencito poniendo un dedo en sus labios.
__Les gusta la carne de macho eh… y a mí me encantan los jugosos jovencitos… ustedes sacan lo mejor de mi…porque no se ponen de pie y me muestran sus culazos, que son tan lindos, hermosos, y que los deseo tanto, a ver, a ver…__ los jóvenes calientes se pusieron de pie. Sobando sus nalgas. Que se veían soberbias. Firmes. Frescas. Lentamente se abrieron las nalgas, mostrando sus agujeros, limpios, semi abiertos. Pasaban sus dedos en los ojetes, gemían y suspiraban mientras la vara caliente y rocosa crecía un poco más, el viejo macho se masturbaba ante aquella visión. Suspirando profundamente. Comenzando a sudar. Profusamente. Los chicos se acercaron al viejo que comenzó a tocar las nalgas y prontamente con la lengua llego a los orificios de los jóvenes entregados, lujuriosos, muy putones.
La lengua del don Dino penetró los agujeros de los chicos. Que gemían., lloriqueaban, moviéndose en círculos para recibir las caricias, solo de la lengua, de aquel viejo macho. Sus pijas se levantaban de manera incontrolable. Se endurecían, gozando. La saliva entraba en los agujeros. Dilatándolos. Abriéndolos. El viejo también besaba, los anillos enrojecidos. Los chicos estaban al borde del clímax. Se refregaban sus pijas. Las masturbaban con ansias, con ganas, con deseos. La misma poronga del macho viejo estaba como piedra. Allí mismo entonces quiso penetrar a Lorencito que se floreaba necesitado de una buena verga.
Acomodo al chico en cuatro patas en el sillón, poniéndose el mismo de pie. Restregó su firme pedazo por los alrededores del anillo deseado. Hasta que al fin hundió su machete que reventaba de calentura. Partiendo al muchachito en dos, y oyéndolo aullar de placer. Arturito acariciaba la espalda ancha del macho viejo, luego bajaba las manos por las nalgas, pellizcando la carne. Apretando, sobando, todo haciéndolo con enorme morbo. Suspirando mientras Lorencito con la vara clavada en su interior lloriqueaba como nena, pataleaba, tiraba su culazo hacia atrás para que el garrote del viejo macho se regodeara con aquel agujero que tragaba y tragaba verga sin parar.
La luna en lo alto alumbraba tenuemente las figuras de los tres cuerpos, enredados, en amoríos, salvajes, perversos. Amantes desaforados, incansables. Arturito fue abriendo las nalgotas del viejo macho que se inclinaba suavemente para recibir la lengua de aquel jovencito en su agujero calenturiento, como todo su cuerpo.
__Ohhh Arturito, siii, lame, chupa ahí cariño, me gusta tanto como lo haces. Si Arturito hazlo, ohh cariño, bien, que bien lo haces, no pares…__ el chico abría el anillo del viejo macho que se entregaba a aquel placer. La lengua del joven raspaba. Horadaba. Ensalivaba la cola del hombre que gemía ardiente, mientras penetraba sin fin a Lorencito. Chupaba el culo del viejo macho que gruñía de locura. Con un dedo acariciaba el contorno de aquel orificio, pocas veces visitado por él.
El viejo don Dino seguía penetrando. Sodomizando al joven Lorencito que se movía tragando todo el pedazo de carne, sin dejar nada afuera. Sentía chocar los huevos de toro del viejo macho.la lengua traviesa de Arturito llegaba también hasta ahí, rozando las bolas que se movían y chocaban.
El dedo travieso de Arturito entro en el ojete dilatado del macho. Eso hizo que el viejo acelerara sus embestidas, sus empujes. Aferrándose a las caderas de Lorencito, casi clavándole las uñas. Sin despegarse. Entrando profundamente en el cuerpo del jovencito que casi gritaba de placer.
Lorencito estiraba su cuerpo, los dedos de los pies rasguñaban la tela del sillón, las uñas del chico rozaban rasgando, las manitos del chico se apretujaban con los almohadones. Sudaba con el fierro clavado en su ojete soberbio. Quería leche. Deseaba que se lo llenaran. Arturito con su boca chupaba y besaba el culo del viejo macho. La lengua jugaba indiscriminadamente en al anillo. Mientras se pajeaba afiebrado, con la pija dura. Escuchaba los rezongos del viejo, los gruñidos, los gemidos del macho viejo, que eran pura calentura. Pudo deseo, puro morbo incontrolable.
La leche de Arturito no tardo en saltar y bañar las nalgas de don Dino, el calentón, que se desataba en embestidas incontrolables. Casi criminales. El pedazo de carne entraba y abría el túnel del chico. Arturito no se detenía con su lengua babosa y salvaje, impúdica. El anillo del viejo era un festival de calentura.
Los bombeos del viejo macho no se detenían. Eran constantes. Firmes. Yendo y viniendo. Sodomizando. Escuchando los lloriqueos del jovencito que estaba siendo penetrado. Oyéndolo gozar. Oyéndolo irse cuando su semen salía sin contención de la verga parada. Volcando todos los jugos sobre el sillón del patio.
__Ohhh ya viene Lorencito, te voy a llenar el ojete de leche, ya viene, ahhh, ya no aguanto, me van a matar de placer, ustedes dos son unas sanguijuelas, me van a dejar seco…siii…ya viene la leche te voy a llenar ese hermoso culazo que tienes bebe…ohhh si, si te voy a llenar la cola… ahhh__ entre esos gritos y estertores el viejo macho enardecido, fue descargando su leche dentro del chico que recibía aquella leche totalmente enloquecido, disfrutando a pleno. Bufando el hombre cayó sobre las espaldas del chico, con la poronga metida dentro del ojete. Latiendo. Expulsando los últimos hilos de semen dentro del joven.
Arturito besaba las nalgas del macho, las mordisqueaba jugando. Los tres buscaban aire. Oxigeno. El viejo macho saco el pistón del ojete del chico y una lluvia de blanca leche salía del agujero emputecido. Arturito la fue a buscar y la limpio antes de que se desinflara del todo. Luego los tres quedaron tirados un buen rato, casi sin moverse. Con las vergas flácidas, dormidas, fuera de combate.-