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Categoría: Maduras

De como me cogi a la mama de un excompa?ero de la prepa

Desde Monterrey, este otro relato, recuerdo que en plena prepa, hice un buen amigo. Me invitaba a su casa, y ahí conocí a su familia: en especial a su mamá, que también tiene una hermana —muy bonita, pero esa es otra historia.

Su mamá era una mujer bellísima. De esas que sin pisar el gym traen buenas piernas, buenas caderas, buenas nalgas. De cara bonita. Desde el primer día fantaseé con ella, toda una MILF, aunque por ser la mamá de mi amigo nunca intenté nada. No pasaba de mis fantasías.

Terminó la prepa, cada quien agarró su rumbo y dejamos de hablarnos. Supe después que se casó. Pasó el tiempo, volvimos a tener contacto por redes y volví a acordarme de aquella belleza, a quien aquí llamaré Rosy.

Un día me apareció su perfil en las sugerencias. Ahí estaba, más bella que nunca, más antojable. Entraba a su perfil a cada rato, nomás para que le llegara la notificación de que la había visto. Después de un tiempo ella me agregó, y la acepté más rápido que pronto. Le mandé mensaje, típicas preguntas de cuando apenas empiezas a conocer a alguien.

Me dijo que tenía cincuenta; yo, treinta y dos. En una de tantas me preguntó si nos conocíamos. Quizá ella sí me recordaba, pero para mis planes no podía confirmarle que yo a ella sí la conocía, ni cómo. Al principio omití eso.

Platicábamos hasta muy tarde. Entre esas pláticas me contó que estaba divorciada —uff, mi vida, esto va a ser pan comido, pensé—, que sus hijos ya estaban casados y que solo se dedicaba a ella y a su estética. Para no verme sospechoso le escribía, no seguido pero sí lo suficiente para que me tuviera presente. Puro mensaje, durante semanas.

Ella sube estados. Y cada uno me servía para llenarla de elogios, hablarle bonito, decirle lo que sentía, pero sin intensidad. Ella agradecía: decía que era un halago que alguien tan joven pensara eso de ella.

Hasta que un viernes me decidí a ir por todas. Subió una foto en la mañana; platicamos como de costumbre. Ya de tarde-noche me dijo que había tenido mucho trabajo, que ya había bajado el ritmo, que solo estaba con una clienta y que cerraría tarde, sin planes para esa noche.

—Alístate, ponte más bella, que paso por ti. Vamos por algo de beber o a cenar, lo que tú gustes.

—Apoco sí, no seas pinocho. Mira que si quiero salir a despejarme, eh.

—Lo digo en serio. ¿A qué hora paso por ti?

—Está bien, te espero. Pero puntual, eh. Jaja.

Pensaba que bromeaba. Le aclaré que iba en serio, me alisté y pasé antes por un ramo de flores, para no llegar con las manos vacías. Vive sola desde la mudanza; la dirección me la compartió ella.

La vi salir y se me cortó el aire. Jeans ajustados, tacones, blusa strapless: sesenta y cinco centímetros de mujer caminando hacia mí con una seguridad que no pedía permiso. El perfume me llegó antes que ella. Nos saludamos de beso en la mejilla y me dio un abrazo fuerte, de esos que no se dan por educación. Sentí su cuerpo entero pegado al mío, las tetas medianas aplastadas contra mi pecho. El corazón se me subió a la garganta.

—Hola, Rosy. Aquí estoy, puntual por tan bella dama.

—Holaa, me vas a poner nerviosa, eh.

—Toma estas flores.

—Qué bonitas. Muchas gracias.

Le abrí la puerta del coche. Cenamos en un lugar tranquilo, de luz baja, y hablamos de cuando empezamos a mensajear, de todo lo que nos decíamos por chat. Le dije lo bonita que es, que jamás pensé que me aceptaría una salida, que estar ahí era un honor.

—Qué caballero tan halagador es usted —dijo—. Ya me la estoy creyendo.

—Debes creerlo. Todo lo que te he dicho es verdad. Me atraes, me gustas, me encantas.

—¿Pero por qué? Deberías buscar una muchacha de tu edad. Ya estoy vieja para ti.

—Ya te dije con palabras lo que me haces sentir. Permíteme demostrártelo.

No me importó la gente alrededor. Le tomé la cara, la giré hacia mí y la besé. No me rechazó: me correspondió y sonrió contra mi boca. Nos dimos unos cuantos besos más. Después de tantos años, la fantasía se estaba despegando del papel.

—Qué aventado eres —dijo—. Pero la verdad, yo también lo deseaba. Todo lo que me dices me hace sentir súper bien. Me tienes toda enamorada. Tan caballero, tan amoroso. Por eso te acepté. No me vayas a decepcionar, eh.

Pedimos la cuenta. En el coche empecé a besarla sin detenerme: la boca, el cuellito, las manos. El mundo se redujo a eso.

—Qué rico besas. Mira cómo me pones, la piel chinita.

—Rosy, te deseo.

Le tomé la mano y la puse sobre mi verga, durísima. Me la apretó.

—Huy, qué rica se siente.

—Vámonos a otro lugar.

Solo asintió. Arranqué sin querer perder ni un segundo. En el camino me acariciaba la verga, y yo le subía la mano por la pierna hasta el medio, sintiendo el calor a través del jeans. Iba a estallar.

Elegí el primero que apareció, sin fijarme en el precio. Recibí la llave con una mano mientras con la otra la sostenía a ella de la cintura, y caminamos por el pasillo de puertas iguales con la risa nerviosa de dos adolescentes. La tarjeta no entraba a la primera. Ella se reía de mi pulso. Al fin cedió la chapa y entramos.

La habitación olía a limpieza y a aire acondicionado, con esa luz tibia que no deja ver bien pero tampoco deja esconderse. Hay un espejo grande frente a la cama. Lo vi y pensé que lo iba a aprovechar.

En cuanto se cerró la puerta la abracé por la espalda, le pegué la verga a las nalgas y le acaricié las tetas por encima de la blusa. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, sobre mi hombro, y soltó un suspiro largo, como si llevara horas aguantándolo. Le mordí el cuello, despacio, y le bajé la blusa hasta la cintura. Ahí estaban, libres, con el sostén de encaje todavía puesto. Se lo quité por la espalda y las tomé con las dos manos, sintiendo el peso, la textura, la tibieza.

—Espérate —dijo, riéndose—. Déjame verte.

Se giró, me tomó de la camisa y me la sacó. Me vio el pecho, se detuvo, me besó justo donde late el corazón. Después se arrodilló a desabrocharme el pantalón con una lentitud que era casi crueldad. Me lo bajó junto con el bóxer, y mi verga saltó libre, parada, delante de su cara. Se quedó un momento mirándola.

—Mira nada más —dijo, en voz baja—. Qué bonita la tienes.

Me la tomó con una mano y me la apretó, y me recorrió con la lengua de la base a la punta antes de metérsela. Me tuve que sostener de la pared. Me la mamó con un ritmo lento, húmedo, mirándome hacia arriba con esos ojos grandes, y yo le aparté el pelo de la cara para no perderle la vista. Sentía el calor de su boca subiéndome por la columna.

—Ya —le dije—. Así me voy a ir.

—Pues vente.

—No. Todavía no.

La levanté de los brazos, la llevé a la cama y la acosté. Le desabroché el pantalón y se lo fui bajando a besos, y esas piernas se las besé centímetro por centímetro, sin prisa, hasta la orilla de la tanga blanca. Le pasé la lengua por encima. Estaba empapada, y la tela apenas alcanzaba a contenerlo. Le quité los tacones uno por uno, con todo el cuidado del mundo, y luego la tanga.

La abrí de piernas y me lancé a devorarla. Dulce, rosita, caliente. Metía la lengua, la pasaba por todos los labios, y de vez en cuando por el culito, y eso la hacía retorcerse y apretarme la cabeza con las dos manos.

—Agggh, papi, qué rico. Qué rica lengua tienes.

—Todo lo tienes rico, mi amor.

—Hazme tuya. Hazme lo que quieras. Soy tuya. ¡Métemela ya!

No la obedecí. Le succioné el clítoris y le metí dos dedos, y ella arqueó la espalda y empezó a jalar las sábanas. Sentí que las piernas se le tensaban y temblaban, y soltó unos gemidos que le salían de más adentro que la garganta:

—Aaah, aaah, qué ricooo.

Se vino con la boca apretada y los ojos cerrados, y cuando el temblor bajó se quedó respirando fuerte, con el pecho subiendo y bajando, brillante de sudor. La dejé reposar diez segundos. Nada más diez.

—¿Quieres verga? —le pregunté, pasándole la cabecita por la entrada—. ¿Quieres mi verga?

—Sí. Sí, sí, sí.

—Dime.

—Dame verga. Quiero tu verga adentro. Métemela ya, papito rico.

Entré despacio, hasta el fondo, y me quedé ahí. Se le abrió la boca sin ruido. La miré a los ojos y ella me miró a mí, y en ese momento se me vino encima todo el peso de lo que significaba: la mamá de mi amigo, la mujer que veía pasar por su casa en shorts cortos, abierta debajo de mí. Empecé a moverme.

—Oooh, aaagh. Métela rico, papi. Qué rica verga tienes. Me llena toda.

—¿Te gusta? ¿Te gusta cómo se te va hasta adentro?

—Me encanta. Ya tenía tiempo de no sentir esto. Mira cómo me tienes.

La saqué y la giré. La puse de frente al espejo, de rodillas sobre la cama, y entré otra vez. Ella se miró y se le escapó una risa que se cortó en gemido. Verla así, con las tetas colgando y la boca abierta, verla verse, fue demasiado. La tomé de la cadera con las dos manos y le di más fuerte, y el sonido de los cuerpos se volvió lo único que había en el cuarto.

—Mírate —le dije al oído—. Mírate cómo estás.

—Ay, papi… —se tapó la cara y yo se la destapé.

—No. Mírate.

Y se miró. Y se mordió el labio y empujó hacia atrás, contra mí, buscando más.

Nos movimos por toda la cama. La acosté de lado, le levanté una pierna y entré desde ahí, y así la tenía a merced de mi cadera, con una mano libre para bajarle por el vientre y tocarle el clítoris mientras la embestía. Se le saltaban las lágrimas de gusto. Le besé el cuello, la mandíbula, la boca, y ella me devolvía el beso como si se estuviera ahogando.

—Ya no aguanto —dijo—. Ya no aguanto, papi.

—Aguanta.

—No puedo. Me voy a venir otra vez.

—Vente. Vente conmigo adentro.

Se montó después, porque quiso, porque me quitó la verga de un jalón y se acomodó encima. Cabalgó riquísimo, con las manos en mi pecho, buscando su ángulo, y yo le agarraba las nalgas, se las abría, le daba palmadas que le dejaban la marca roja de mis dedos. Se la metía hasta el fondo y se quedaba ahí, moviendo la cadera en círculos, y su cara era puro extravío. Le tomé las tetas, me las llevé a la boca, le lamí los pezones, y ella empezó a temblar de nuevo, más rápido, repitiendo «oh, sí, ah, ah, ufffff», y se vino con las piernas sacudiéndose, abrazada a mi pecho, con la respiración rota.

—¿Te viniste riquísimo? —le pregunté.

—Uf, sí. Disculpa los gritos, pero hace tiempo que no cogía tan rico. Quién lo diría.

La dejé recuperarse un minuto, acariciándole la espalda, y luego le pedí que se pusiera en cuatro. Tantas veces la había imaginado así, con la tanga a media pierna y yo agarrado de sus caderas. Le pasé la cabecita por la entrada y por el culito; lo paró por reflejo.

—Por ahí nunca lo he hecho.

—Ese es y será mío, ¿ok?

—No, por ahí no, por favor.

—Nada más la cabecita. Te va a gustar.

—Está bien, pero no la vayas a meter.

La puse en la entrada y enterré un poco. Gritó y se quitó:

—Sácala, sácala.

—Solo fue la cabecita, amor. Qué apretadito lo tienes.

—Métemela ya. Me tienes bien caliente. Lléname la conchita de ti.

Entré de nuevo, semilento primero y luego con fuerza, y ella gemía en cadencia, «ah, ah, ah», y cada empujón me la apretaba más. Le jalé el pelo hacia atrás, con cuidado, y le hablé al oído.

—Tantas veces que te he deseado y hoy tengo tu cuerpo para mí.

—Sí, papi. Y tu verga ahora será mía.

—Te voy a llenar de lechita, para que sientas lo calientito.

—Ay, papi, lléname. Dame leche. Dame más, más, más.

Hicimos varias posiciones más. Ya no resistía, pero ver ese cuerpo, esas piernas, esas nalgas, todo para mí, me sostenía. La puse boca arriba otra vez, con un cojín bajo la cadera, y me quedé mirándola mientras entraba: el pelo revuelto, el cuello marcado, los pezones duros, la piel chinita. Le tomé la cara.

—¿Dónde quieres la lechita, amor?

—¿Dónde quieres, papi?

Quería llenarla toda, pero sobre todo dentro. Le di más duro, la jalé con fuerza hacia mí y le solté la descarga completa: uno, dos, tres, cuatro chorros calientes en su interior. Me quedé dentro hasta que se me acabaron los espasmos, y ella apretó las piernas alrededor de mi cadera para no dejarme salir.

Nos quedamos jadeando, pegados, sin querer separarnos. Su piel sobre la mía, y por fin el silencio, con el zumbido del aire acondicionado. Nos despertó el teléfono: se había vencido el tiempo.

De camino pasamos a cenar algo. Cualquier vato que pasaba se nos quedaba viendo, y lejos de molestar, me sentía el más afortunado del mundo. La dejé en su casa después de besarla rico otro rato.

Seguimos viéndonos. A la semana siguiente me escribió a las siete de la tarde para decir que estaba sola en el local, que la clienta de las ocho había cancelado, que si quería pasar a acompañarla mientras cerraba. Fui en veinte minutos.

La estética es pequeña: dos sillones, tres espejos, el lavacabezas al fondo, el olor a shampoo, a laca y a queratina. Ella traía su túnica negra y el pelo recogido, y me saludó desde el espejo sin voltearse, con una sonrisa que ya sabía a algo.

—Siéntate —me dijo—. Te voy a lavar el pelo.

Me senté en el lavacabezas, con el cuello en la curva, y ella abrió la llave. El agua estaba tibia. Me masajeó el cuero cabelludo con las yemas, despacio, y después con las uñas, y a los dos minutos yo tenía los ojos cerrados y la verga dura como una piedra. Bajó las manos al cuello, me enjuagó, y sin decir nada me envolvió la cabeza en una toalla y me levantó de la nuca para besarme.

Nos besamos de pie entre los sillones, con la toalla cayéndose. Le metí las manos por debajo de la túnica y le encontré el pantalón de la pijama de trabajo, flojo, elástico. Se lo bajé de un tirón y ella se rio contra mi boca.

—Aquí no —dijo—. Se ve todo.

—Pues que se vea.

La senté en el sillón de trabajo, ese que gira y se reclina, y le levanté las rodillas. Tenía la panochita tibia y ya húmeda, y se la lamí con ella sentada, con la nuca contra el respaldo y las manos en mis hombros. El sillón chirriaba con cada movimiento. A media lamida levanté la vista: los tres espejos la regresaban multiplicada, y ella se estaba viendo en uno de ellos, con la boca abierta y la túnica subida hasta el pecho.

—Papi —jadeó—, apaga la luz de afuera.

—No.

Le puse la mano en la boca y seguí. Se vino rápido, con un gemido ahogado contra mi palma y los talones clavados en el descansabrazos del sillón.

Me paré, me bajé el pantalón y me puse el condón que ella sacó de un cajón, de la caja que tiene para las clientas que llegan con prisa. Me acomodé entre sus piernas y ella me jaló por la camisa.

—Rápido —dijo—. Por si alguien toca.

Entré de una sola vez. La estética tiene eco: el sonido de los cuerpos rebotó contra los azulejos y las repisas de productos, y ella se mordió el dorso de la mano para no gritar. La tomé de la cintura y la jalé hacia el borde del sillón para entrar más profundo, y el sillón se deslizó veinte centímetros sobre el piso.

—Más —pedía—. Más, papi, más.

La puse de pie y la giré hacia el espejo grande, la incliné con las manos en el tocador, y entré desde atrás. Ahí sí se vio completa: la túnica negra subida, el pantalón en los tobillos, mis manos en sus caderas, mi cara junto a la suya. La tomé del pelo recogido y ella gimió largo.

—Mírate —le dije—. Con tu uniforme y todo.

—Qué vergüenza.

—Ninguna.

Le bajé la túnica hasta la cintura y le tomé las tetas frente al espejo, y le hablé al oído todo lo que llevaba semanas queriendo decirle: que era la mujer más rica que había tenido, que me la cogía en sueños, que iba a volver cada vez que me dijera. Ella respondía con monosílabos rotos y empujaba hacia atrás.

Un carro pasó por la calle y los faros barrieron el local por la cortina. Ella se tensó.

—Ya merito —dijo—. Ya merito, papi, no pares.

Le bajé la mano al clítoris y le di con dos dedos mientras la embestía, y se vino otra vez, fuerte, con las piernas abiertas y la frente pegada al espejo, dejando una mancha de aliento en el cristal. Yo aguanté hasta que ella terminó y entonces me salí, me quité el condón y me vine sobre sus nalgas, con la mano apretada, gimiendo bajito, mientras ella seguía con la cabeza apoyada y los ojos cerrados.

Nos limpiamos con papel del mismo rollo de las clientas. Ella se rio, se subió el pantalón y me aventó la toalla a la cara.

—Me dejaste toda despeinada —dijo.

—Tú me empezaste.

El siguiente encuentro no tuvo nada de prisa. Un sábado me dijo que estaba en el parque cerca de su casa, que si pasaba por ella. Caminamos una hora sin rumbo, tomados de la mano, comiendo algo de un puesto, y en la esquina de su calle me besó ella primero, sin que yo la buscara.

—Sube —dijo.

Su casa huele a su perfume y a suavizante, y tiene las cosas en su lugar. Me dio un vaso de agua que no me tomé y me enseñó la sala, como si no fuera a pasar nada. Nos sentamos en el sillón, puse el brazo sobre su hombro y ella se acurrucó, y estuvimos así media hora viendo la televisión sin verla, con su mano dibujando círculos en mi pecho.

Ahí el sexo fue distinto. Empezó con ella besándome el cuello y subiéndose a mi regazo, y siguió en el sillón, sin prisa, con las manos por dentro de la ropa, quitándonos las prendas una por una sin mirar dónde caían. Cuando estuvimos desnudos me tomó de la mano y me llevó a su cuarto.

Su cama es grande y el edredón es suave. La acosté y le besé la cara entera, la frente, los párpados, la punta de la nariz, y ella se reía con los ojos cerrados. Le dije que estaba preciosa y me lo creyó. Después le bajé por el cuello y el pecho, y me detuve mucho tiempo ahí, sin apuro, hasta que me pidió que siguiera.

Nos tocamos durante un buen rato, con calma, explorando. Descubrí que le gusta que le aprieten la nuca, que le muerdan el hombro, que le hablen al oído. Descubrí el ruidito que hace cuando algo le funciona. Ella descubrió que si me agarra del pelo y me muerde el labio, se me nubla la vista.

—Ven —me dijo al final, abriendo las piernas y jalándome de la cadera.

Entré despacio y nos quedamos quietos, mirándonos, con ella acariciándome la espalda y yo sosteniéndole la cara con las dos manos. Después me moví, hondo y lento, y ella fue subiendo el ritmo con los talones en mi espalda. Así duramos, cambiando de ritmo, sin llegar al borde, y el placer se acumuló como agua en un vaso.

En un momento me detuve, la abracé y me quedé dentro, respirando en su cuello.

—¿Por qué paras? —preguntó.

—Porque no quiero que se acabe.

Ella me apretó fuerte.

—Pues no se va a acabar. Pero ahorita no pares.

Volví a moverme, y cuando ya los dos estábamos cerca me pidió que me dejara verla. Se puso la mano entre las piernas y se tocó mientras yo la embestía, y su cara cambió, se le fue todo el pudor, y se vino apretándome por dentro y llamándome por mi nombre, no por «papi», por mi nombre, y eso me terminó.

—Adentro —dijo—. Adentro.

Y me vine adentro, largo, con la cara hundida en su hombro, temblando.

Nos quedamos así hasta que se nos juntó el sudor. Después me llevó a la regadera, me lavó la espalda y me dejó lavarle el pelo, y en la cama, ya secos, con la luz apagada, me dijo que no me fuera. Me quedé a dormir.

Esa noche hablamos de su boda, de sus hijos, de la religión que le enseñó a aguantarse tantas cosas. A las tres de la mañana me confesó, medio dormida, que con su ex nunca había hecho nada de lo que hacíamos nosotros.

—Ni lo del espejo —dijo.

—¿Te dio pena?

—No, lo disfrute como nunca y como no sabia que se puede hacer.

Seguimos viéndonos mucho tiempo más. A veces llegaba a visitarla, nos íbamos al parque, empezábamos a besarnos y terminábamos en su casa, sin prisas, con todo el tiempo del mundo. Nos cachondeábamos por mensaje, nos mandábamos fotos y videítos. Salíamos a pasear como cualquier parejita, y la diferencia de edades se notaba, pero lo bonita y lo buenota que era lo compensaba. Después dejamos de vernos, aunque en buenos términos. Estoy seguro de que si la vuelvo a sonsacar, va a acceder: hicimos cosas que, según ella, con su ex jamás hizo, y todo por su religión.
Datos del Relato
  • Autor: vaquerofzo
  • Código: 71071
  • Fecha: 02-11-2026
  • Categoría: Maduras
  • Media: 0
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