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Blanquita de Monterrey

Saludos desde Monterrey, N.L. Méx.

Allá por el 2014 conocí por Facebook a una deliciosa chaparrita de nombre Blanca. Ella tenía 27, yo 24. Chaparrita piernuda, de esas que caminan como si el suelo les debiera algo: cara bonita, nalgona, tetas no grandes pero sabrosas y bien puestas, y una seguridad que se le escurría por todo el cuerpo. Buenota la cabrona, sin más vueltas.

La agregué y de inmediato me llamó la atención. Subía fotos muy sexys: minifaldas, vestidos cortos, chiquishorts, siempre luciendo las piernas. Empecé a platicar de a poquito, hasta que un día junté valor y le dije que me gustaba. Le gustó que se lo dijera; se le notó.

De ahí en adelante fue convencerla. Primero para salir, para conocernos, pero la plática se fue calentando sola. Le dije que tenía unas piernas hermosas, que me encantaban, que ya quería tenerla cerca para abrazarla, besarle el cuello, besarle las piernas, todo de ella. Y le solté que no tenía experiencia, que con ella serían mis primeras veces. Justo eso le dio curiosidad: la idea de estrenar a alguien.

Me tomó tiempo. Cedía de a poco y al mismo tiempo se burlaba: que no me creía, que a ver cuánto aguantaba, que estaría rico estar con alguien sin experiencia. Me mandaba fotos de las piernas a media tarde, nomás para desesperarme, y yo ahí, en el trabajo, con la verga durísima sin poder hacer nada. Llegué a ofrecerle dinero para que aceptara y me cumpliera la fantasía. Así estuvimos hasta que por fin se armó la cita. Esa mañana desperté ya caliente y todo el día anduve con la pura idea de ella metida en el cuerpo, escribiéndole hasta convencerla.

Nos vimos en el centro. Quedamos en Interplaza a la salida de su trabajo; ella trabajaba en una clínica en ese entonces y traía el uniforme, y aun así se le marcaban las nalgas de una manera que no se aguantaba. El calor de la tarde pegaba en la banqueta, la gente pasaba rozándonos, y yo ahí, con la verga durísima desde que la vi esperándome, recargada en una pared, con los brazos cruzados y esa carita de "ya llegaste tarde". Llegué, nos saludamos de beso, y el beso se alargó medio segundo de más.

—Pues vámonos —dijo.

Ella sugirió a cuál motel íbamos, porque se supone que yo no sabía nada de eso, y le pareció graciosísimo. Agarró para allá por Colón, al Cascada, y en el camino iba dándome instrucciones como si me llevara de la mano. Nunca nos habíamos visto en persona, pero platicábamos a diario y era como si nos conociéramos de años. En el taxi me puso la mano en el muslo, arriba, y la dejó ahí todo el camino.

Pedimos el cuarto. Al entrar, el aire acondicionado estaba helado y ella se rio del contraste con la calle. Se dejó caer en la cama, se quitó los zapatos y tomó la iniciativa, que para eso era la que sabía. Yo fingiendo que no sabía nada, claro, con las manos sudadas y el corazón a mil.

—¿De verdad va a ser tu primera vez? —me preguntó, con una sonrisa de lado.

—Sí, Blanca. He tenido fajes y me la han mamado, pero nada más.

—Está bien, te creo.

Se incorporó y se acercó hasta dejarme sin aire. Me pasó la mano por la verga, por encima del pantalón, y me la apretó completa. Se me paró hasta doler; ella sintió el brinco y se rio bajito, ahí contra mi boca. Me besó, me sacó la camisa de un tirón, y cuando fue por el cinturón se tomó su tiempo, desabrochándolo lento, con los dedos rozándome la panza.

—Déjame pedir condones —le dije.

—Por ser tu primera vez te voy a dejar que me cojas sin condón.

—¿Estás segura?

—Sí. Hoy te toca bueno. Hoy te hago hombre y tiene que ser al natural para que lo disfrutes.

Se fue quitando la ropa sin prisa, dándome la espalda, dejando que la viera. Traía una tanguita blanca y todavía se dio vuelta para modelarla, con una mano en la cintura.

—Mira. ¿Qué te parece?

—Estás bien buena, mi amor.

—Mira las piernas que tanto te gustan —y se agachó, muy despacio, parando ese culito rico hacia mí, sosteniéndolo ahí mientras contaba hasta tres—. Ahí están. Todas para ti.

Me le pegué, la abracé por la cintura y empecé a besarla como loco: la boca, la mandíbula, el cuello, el hueco detrás de la oreja. Le mordí el hombro y soltó un gemido largo que me vibró en el pecho. Le saqué las tetas, se las apreté, las besé, le mordí los pezones hasta que se le pusieron duros y echó la cabeza atrás. Con una mano le agarraba las nalgas, se las abría, metía los dedos por en medio y bajaba hasta la panocha, cada vez más abajo, cada vez más mojada. Le hice a un lado la tanguita y se la estiré hasta el costado; ella solo gemía, con la cadera meciéndose sola contra mi mano. Le metí un dedo y me apretó, caliente, resbaloso, y le sentí el pulso ahí dentro.

—Acuéstate, bebé —dijo.

Me tomó la verga con una mano firme, me escupió la punta, pasó la lengua en círculos y luego la arrastró por todo lo largo, mirándome desde abajo con los ojos entrecerrados. Se la metió completa de golpe hasta tocar el fondo, se quedó ahí, tragando, con los ojos llorosos, y empezó a mamarme despacio, húmedo, con la mano siguiendo el ritmo y la otra apretándome los huevos. Chupaba, soltaba, volvía a bajar, y el ruido de su boca llenaba el cuarto. Me agarroté de las sábanas para no venirme.

—Todavía no —dije.

Se rio con la verga en la boca y siguió un rato más, nomás para torturarme.

Después se acomodó encima, se puso en cuclillas y se fue clavando sola, centímetro a centímetro, con la cara de alguien a quien le está entrando algo que le encanta. Se quedó quieta un segundo, llenita, apretándome por dentro, y luego empezó a cabalgar rico, meciéndose, apoyada en mi pecho.

—Qué rica verga tienes, papito. Yo te voy a enseñar a usarla; todas las viejas que te cojas después me lo van a agradecer. Tienes buena herramienta. Me calienta verte la verga sin vello, me la quiero comer toda.

—Qué rico, Blanquita. Enséñame todo lo que quieras.

—Qué rico me entra, qué rico me la encajas… ¡me voy a venir!

Subió y bajó cada vez más rápido, con la cabeza echada atrás y el pelo pegándole en la cara, y sentí cómo un líquido caliente me escurría por la verga y me corría por los huevos. Yo le agarraba las nalgas y se las abría más, empujando desde abajo, viéndola deshacerse encima de mí.

—Cabrón —dijo, sin aire—, mira cómo me haces venir, y eso que según tú no sabes coger.

Se dejó caer a un lado, abierta de piernas, todavía temblando, con el pecho subiendo y bajando y la panocha brillando, goteando sobre la sábana.

—¿Aún no tienes ganas de venirte?

—No, Blanquita. Quiero más. Quiero cogerte rico toda la noche, quiero llenarte de lechita.

—Ven, bebé, métemela. Dame más verga. Mira cómo me tienes escurriendo, cabrón.

Me puse entre sus piernas y se la dejé ir de una, hasta el fondo, con ella abierta y sin resistencia. Soltó un gemido que le salió de más abajo, con los ojos cerrados y la boca abierta.

—Dale así, así… ahhh… ¡qué rico, papi, dame más!

—Te voy a coger por todos lados. Dame tu culito.

—Soy tuya. Cógeme como quieras.

Le puse las piernas en mis hombros y se las abrí hasta que quedó doblada casi a la mitad, y desde ahí se la metí viéndole todo: los muslos temblando, la piel sudada y brillosa, la carita descompuesta de placer, las tetas moviéndose con cada embestida. Esa imagen todavía la tengo guardada. Le pasé el pulgar mojado por el culito, se lo apreté en círculos mientras seguía metiéndosela, y la sentí encogerse.

—No, espérate… —dijo, y ya estaba arqueando la espalda.

Le saqué la verga, la puse en la entradita y empujé. Ahí se atoró, apretadísima, y ella se agarró de mis brazos.

—Me vas a lastimar, la tienes gruesa y grande. Mejor otra ocasión.

—Ándale, Blanca. Despacito. Nada más la puntita.

—No, no, la puntita no, ya me la metiste toda.

Le empujé un poco más, ella siseó, y en cuanto pasó el anillo se le cambió la cara. Se quedó quieta, sintiéndose, y soltó un "ay, cabrón" largo. Pero le dolía y me hizo salir. Se la volví a meter por la panocha de inmediato, y ahí se le olvidó el culito.

—Eso me lo debes —le dije.

—Mañana, si me aguantas —contestó.

La puse en cuatro y se la volví a meter. Ahí la tenía jadeando, con la espalda arqueada y las nalgas bien paradas, y le daba manazos que le dejaban la piel rosada y luego se las besaba, mordiéndole la orilla. El ruido de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto, seco, obsceno, encimado a sus gemidos. Le jalé el pelo y ella gimió más fuerte y empujó hacia atrás para tenerme más adentro. La sábana ya estaba mojada donde ella había estado. Así estuvimos casi tres horas, cambiando de posición, sin bajarle.

—Ya nos tenemos que ir y no te has venido —dijo, con la voz ronca—. Yo ya me vine varias veces. Para ser tu primera vez no lo haces mal, pero ya tienes que venirte, se nos va a acabar el tiempo del cuarto y no te vayan a doler los huevos por no venirte.

—¿Dónde quieres que me venga?

—Donde quieras, papi.

—Quiero aventarlos en tus nalgas, en tus piernas, en tu cara, en tus tetas.

—Hoy estás de suerte, así que te voy a dejar venirte dentro de mí.

No lo podía creer: cogerla sin condón y todavía venirme adentro. Le di duro, con todo, aguantando la respiración, sintiendo cómo se me iba subiendo desde los huevos. Ella me apretó las caderas con las piernas y me jaló hacia ella.

—Dámelo todo, papi, échamelo todo adentro.

Aguanté hasta el último segundo y me vacié en ella, y en cuanto me sintió llenándola empezó a temblar y se corrió otra vez, apretándome tan fuerte que casi me saca. Nos quedamos así, pegados, con ella palpitando alrededor y yo todavía soltando. Después me dejé caer a su lado, los dos sin aire, brillosos, y no paré de acariciarla por todas partes. Las piernas en verdad me volvían loco.

Estábamos tirados, con las sábanas hechas bola y el cuarto oliendo a sexo y a aire acondicionado, cuando ella se levantó a la regadera. La seguí. Me la pegué por atrás bajo el agua, le agarré las nalgas, le pasé la mano por la panocha, y por poco la vuelvo a coger ahí, pero ya no daba el tiempo. Me dejó enjabonarle la espalda y, cuando le toqué las piernas, me dijo:

—Ya, cabrón, que no vamos a alcanzar.

Nos secamos y ahí empezó otra cosa: vestirse frente a mí. Se puso la tanga viéndome, se acomodó las tetas en el brasier despacio, se subió el uniforme de la clínica y todavía me preguntó:

—¿Me veo igual que en las fotos?

—Mejor.

Se peinó frente al espejo con el pelo mojado, se puso el gloss, y de reojo me miraba las manos mientras yo me vestía. Le di lo acordado, ella lo guardó sin contarlo y me dio un beso de despedida que ya no era de amiga. Salimos.

Tomamos taxi hasta la estación Cuauhtémoc del metro y de ahí cada quien para su rumbo, ella todavía con el uniforme arrugado, el pelo mojado y esa sonrisa de quien sabe algo que yo apenas empezaba a aprender. Antes de bajarse me dijo:

—Mañana te toca el culito. Y trae condones, porque de aquí en adelante sí vas a necesitar.

Cogimos en otras ocasiones y también llegó a mandarme fotos de ella desnuda, algunas con ropa erótica. Pero eso ya será para otros relatos.
Datos del Relato
  • Autor: vaquerofzo
  • Código: 71062
  • Fecha: 28-10-2026
  • Categoría: Hetero
  • Media: 0
  • Votos: 0
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