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El regalo

Ya habíamos estado en aquel sex shop, y de hecho mi bonita mujer ya se había llevado un par de juguetes que disfrutamos bien en casa. Un día nos metimos en una de las cabinas porno y follamos como descosidos. Pero ésta no es esa historia.

Era nuestro aniversario y le prometí un regalo. La llevé a la tienda como estaba pactado con el dueño, unos minutos antes de cerrar. Estaba preciosa, blusa escotada, falda y tacones, maquillada para matar. Por supuesto, estábamos pasando una etapa morbosa y nos excitábamos hablando de hacer mil locuras, y algunas las hicimos. Por supuesto, ella no es tonta (es bastante más inteligente que yo, no pasa nada por admitirlo) y supuso, me confesó después, que le iba a regalar algún otro juguete estrambótico o algún producto de la tienda y que se lo iba a hacer probar allí mismo, en aquel lugar tan sórdido y excitante. Entró con algo de miedo y también con cierta humedad en las bragas.

Entramos en un cuarto sin ventanas. Había un sillón y un sofá, una pantalla apagada (supongo que para poner porno), la calefacción a tope y una luz cálida, rojiza. Le dije mientras la acompañaba a la pared opuesta a la puerta: "Te voy a enseñar tu regalo, nena. Te quiero con locura. Espero que te guste". Me besó. Miró al frente y se llevó las manos a la boca.

Había un agujero en la pared, protegido por los bordes con adhesivo. Un glory hole, para entendernos. Y saliendo de la oscuridad del agujero, una fenomenal polla negra, gruesa y larga. Aún fláccida, bastante circuncidada. Con un lazo de regalo en la base.

"Éste es tu regalo. Éstas son las reglas... no hay reglas. Esa polla es tuya, haz con ella lo que quieras. Yo estaré presente, es la única condición. Ahora en la tienda sólo estamos tú, yo y el dueño de esta polla. Ese hombre no entrará, no lo conocerás nunca, no puede vernos, ni nosotros a él. Sólo es una polla. Y es tuya por hoy".

Me llamó loco pero no podía apartar la mirada de aquel pene. Nunca habíamos involucrado activamente a otras personas en nuestros juegos, pero sí que nos habíamos excitado hablando de tríos y habíamos contactado en internet por vídeo con otra pareja, dándonos los unos a los otros un buen espectáculo. Con los niños mayores y nosotros aún lejos de ser viejos nos estábamos dando una vida sexual como nunca. Sabíamos lo que queríamos, éramos morbosos, imaginativos, pero al ver a mi mujer de frente a un rabo que no era el mío llegó el punto de ruptura, o traspasábamos el límite o no.

Después de acercarse y mirarlo a cierta distancia me preguntó si podía tocarlo. Claro, nena. Lo que quieras. Pensé en decirle: si estás incómoda con esto, salimos de aquí y se acabó. Ni hablaremos de ello. Pero sabía que no, sabía que lo iba a coger.

Lo cogió, lo soltó y lo volvió a asir suavemente. Me miraba riéndose, con ese pollón desmesurado en la mano, sin saber que hacer. Pero claro que sabía que hacer. Empezó a mover su mano y aquella cosa empezó a cobrar vigor. Se fue empalmando poco a poco. No aumentó mucho de tamaño, aquello en relajación ya era impresionante, pero sí en grosor y en dureza. Solamente en el porno habíamos visto algo igual, y no frecuentemente. Se hizo un silencio. Sólo estaba en el universo mi preciosa mujer pajeando lentamente un pene extraño. Me miró al principio, pero sólo al principio, únicamente fijaba sus ojos en aquel rabo. Casi imperceptiblemente, se empezó a tocar un pecho con la mano izquierda, la que le quedaba libre.

Al final me miró, sin soltar aquella polla, diciéndome: "¿Estás seguro de esto?". Era ella la que me daba ahora el ultimátum, si yo quería, aquello se habría acabado allí. Yo tenía miedo a la situación, y celos, pero estaba excitado, muerto de morbo. Asentí. Ella cogió un extremo del lazo y lo desató, tirándolo al suelo. Y siguió haciéndole tremenda paja. A veces se paraba, apretando, su pequeña mano cerrada por poco cubría toda la circunferencia. Se la acercó a su cara, se acarició el rostro con aquel bicho negro, la imaginaba sintiendo su textura, olor y calor. Se desabrochó dos botones, se metió la mano libre por el escote y se acarició una teta. No era mi polla la que estaba recibiendo las atenciones de aquella mujer increíble, pero aquel espectáculo visual lo estaba disfrutando yo y sólo yo.

Aconteció el único paso lógico: dejó de pajearlo y se llevó ese pene a los labios. Conozco esa mirada, mientras se metía sólo el capullo en la boca y jugueteaba con él con la lengua, esa mirada clavada en mis ojos que me derretía, ahora la diferencia es que aquel capullo en su boca no era el mío, sino el de aquel hijo de puta afortunado, la mamada era para otro, la mirada era la misma. Me cabreaba y me ponía cachondo. No había vuelta atrás, nos habíamos dado muchos caminos de salida pero ahora estaban cerrados. Mi mujer se estaba comiendo un rabo negro grueso, enorme y venoso. Yo prácticamente le había puesto ese rabo ajeno en su boca. Y lo estaba disfrutando.

Sin dejar de mirarme se veía obligada a abrir bien la boca para comer bien la punta de esa polla, se quitó la blusa, nunca llevaba sujetador. Era indescriptible, esforzándose por engullir ese monstruo, las tetas bailando. Se tomó un respiro, se la sacó, la meneó un poco y pensó en como iba a seguir el plan. La falda, al estar en cuclillas, se le subía sola. Encontró un cojín por el suelo, lo puso debajo de sus rodillas, hizo la genuflexión como en la iglesia y comenzó a adorar a aquel dios negro y a darle una misa en forma de mamada. Se la metía bastante en la boca, ahora mucho más que el glande, empezaba a babear y la baba le caía por las tetas, con una mano agarraba aquel miembro y con la otra untaba sus pechos con la saliva caída, las apretaba, jugaba con los pezones. Supongo que no os extrañará que me sacase mi propia polla para masturbarme viendo aquella escena. Pensé en intervenir, darle la oportunidad a mi amorcito de efectuar una doble mamada... Pero no, aquel momento era sagrado, aquella comida de rabo era una liturgia que no se podía interrumpir.

Estuvimos varios minutos así, ella mamando aquel tronco lentamente, desde la punta hasta aproximadamente un tercio de su longitud. A veces la sacaba y la lamía de arriba abajo, jugaba con sus huevos depilados con la otra mano, se llevaba la mano a su propia entrepierna. Se levantó para abrirse la falda y quitársela, se bajó las bragas, se quedó desnuda excepto por las medias. Volvió a arrodillarse, mientras se tocaba el coño ahora intentaba meterse aquella abominación hasta la garganta, se quedaba unos segundos con la mitad del miembro metida hasta la faringe y casi ahogarse, se soltaba, jadeaba sonriendo con la barbilla llena de babas, vuelta a empezar. Vaya atracón de polla.

Por fin, me acerqué a la escena. Pero sin inmiscuir mi ridículo pene (no lo era, tenía un tamaño bien respetable, pero perdía al lado de aquel prodigio de la naturaleza), me puse detrás de ella, le acaricié las tetas, el vientre, los muslos por dentro, ella mamaba y se masturbaba, se acariciaba el clítoris como una posesa, se metía los dedos. Yo sabía que ella podía correrse ya mismo si quisiera, pero que le gustaba retrasar todo el proceso.

Tuve una idea, la hice incorpararse un poco sin dejar de estar de rodillas, cambiando el ángulo de la mamada, y separé sus piernas. Puse mi cabeza en su entrepierna boca arriba y le empecé a comer bien el coño. Miraba hacia arriba, sus tetas bailaban, ella se sacaba el pollón de la boca y se lo frotaba por la cara, untándola de babas, se daba bofetadas a sí misma con ese rabo, lo volvía a engullir. Por veces dejaba de chupar para pajearlo y mirarlo ávida, admirándolo. Con aquel miembro en la boca tuvo un orgasmo, mi cara se llenó de sus jugos, provocado tanto por mi trabajo lingüístico como por la excitación sin igual de la situación. No se quitó la polla para correrse, me parece un milagro que nuestro compañero desconocido no se corriera en ese preciso instante.

Tampoco esta va a ser una información novedosa o sorprendente: a mi mujer le encantaban las mamadas, comer pollas, por lo menos la mía. No sólo me lo hacía porque me quería y le gustaba darme placer. Le ponía burrísima. Por eso era la mejor.

Con la corrida de mi mujer consideré que ya era hora de disfrutar yo también un poco y salí de aquella postura, me liberé de los pantalones y calzoncillos, me puse de rodillas detrás de su culo y mientras se ahogaba con aquella polla monstruosa le metí la mía en todo el coño y la empecé a embestir, estaba lleno de flujos, sus jadeos ahogados por aquella carne me ponían a mil, quería castigarla a pollazos. Pensé lo obvio: si ella quería meterse la polla de aquel animal en el coño, si se iba a empalar con ella. Le dije que lo que quisiera, pero no sabía si ese límite también iba a caer. Ella interrumpió esos pensamientos y temores.

"Creo que va a correr".

Como mamadora experta, estaba seguro de que era cierto. Quise respetar la liturgia, ya me había interpuesto bastante, era su regalo. Me salí de ella y, paciente, me puse de pie a observarla. Lo pajeó con la boca abierta y la lengua de fuera, con su capullo apoyado en ella. Se corrió primero poco a poco, aquel esperma en su lengua, luego eyaculó como un animal, ella cerró la boca pero no se apartó, escupió el esperma que escurrió con babas por sus pechos, mientras lo masturbaba y los chorros iban dibujando líneas lechosas sobre sus tetas, su vientre y sus piernas, no oí la voz de él hasta ahí, unos gemidos animales. Mi mujer fue bajando el ritmo de la paja final hasta detenerse. Apretó el capullo y asomó una última gota. Ella la lamió, hambrienta. Lo soltó.

Nos quedamos así un minuto, aquel pene apuntando cada vez menos alto y perdiendo la erección. Mi mujer, feliz, jadeando y sonriendo, diciéndome "gracias" y restregando el esperma por sus tetas y vientre. Su piel brillaba, húmeda de lefa, sudor, saliva y sus propios flujos. Me acerqué a ella decidido y ella no lo dudó, se la metí en la boca, prácticamente se la follé, ella de rodillas con las piernas abiertas se masturbó a toda velocidad, me corrí como un desgraciado en su garganta un segundo antes de que ella llegara a su segundo orgasmo, no se separó. Esta no la iba a escupir porque se la tragó entera.

Se acostó en el suelo, rendida. Me tendí a su lado, nos abrazamos con los ojos cerrados, olía a sexo, esperma y sudor. Hasta aquella fecha, fue la experiencia más excitante y extrema de nuestra vida. Miré al agujero de la pared. Estaba sólo el hueco, se había marchado.
Datos del Relato
  • Categoría: Hetero
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