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Categoría: Zoofilia

Conociendo la polla de mi nuevo potro en el rancho

Cuando éramos niños mi padre solía llevarnos a un rancho que teníamos en la carretera. Había muchas vacas y gallinas. No solía vender masivamente como los grandes empresarios ganaderos pero solía irle bien. Normalmente había un encargado del rancho al que mi padre le pagaba y Lo manejaban junto con un amigo muy cercano a mi padre que por su cercanía lo llamábamos tío Samuel. Era un hombre muy amable y nos conocía desde que habíamos nacido a todos, o es lo que el solía decir. Cada verano íbamos a aprender del rancho. Como ayudar,  como trabajar, aprendíamos a montar entre mil actividades más.



La vida de campo es muy dura y cansada, eso es algo que aprendí desde una tierna edad. Cuando nos quedábamos en nuestro pequeño rancho, solíamos levantarnos muy temprano. Mi madre y yo juntábamos los huevos del pequeño gallinero par a preparar el desayuno mientras mi hermano ayudaba a mi padre alimentando a las vacas y los caballos aún más temprano por la mañana. Mi hermano era el más renuente a aceptar la vida en el rancho. Solía gruñir cada vez que mi padre le mandaba a hacer algo y levantarse tan temprano para él era un martirio. Pero le provocaba un miedo terrible ver a mi padre enfadado así que prefería tragarse su molestia y engullirla antes que decir algo a mi padre sobre lo que realmente pensaba.



Nuestra vida en los pocos meses que estábamos ahí era tranquila y pacífica. Realmente el aire del campo nos hacía bien a todos. Mi padre se relajaba un poco de su trabajo tan pesado y la verdad mi hermana y yo nos divertíamos mucho montando a caballo. A los dieciocho años ya sabíamos montar a la perfección y cada una tenía una yegua. No eran yeguas muy finas pero las amábamos con toda el alma. Las cepillábamos y las bañábamos con sumo cuidado. Años después el rancho tuvo problemas económicos y tuvimos que vender algunos caballos, nos habíamos quedado cortos en la población. Para realizar trabajos necesitábamos más caballos. Mi padre pidió un préstamo y vendió algunas reses y con el monto de dinero  compro algunos caballos a buen precio para que pudieran inseminar a las yeguas y poder empezar a criar potrillos. La verdad los caballos eran muy finos y prometían mucho. Mi padre cuando llegaron nos dio la responsabilidad a cada uno de nosotros de cuidar de los tres caballos que había comprado. Eran enormes, mucho más grandes que los que teníamos y con una musculatura notablemente superior. Se notaba que los habían criado diferente. Cada uno tenía la responsabilidad de alimentarlo bañarlo y cuidar de él. Nos dio a escoger a cada quien pero a mí me dejo ser la primera por ser la más chica. Mi hermana no iba mucho al rancho en ese entonces porque ya estaba casada y su marido era algo problemático. Yo escogí al caballo color café con manchas blancas, no tenía nombre así que lo llame Bravo. Era algo atrabancado y salvaje por lo que le puse ese nombre, pensé que le quedaba a la perfección. Mi hermano escogió un caballo color negro azabache muy bonito y le puso tornado. Cuando estábamos en el rancho teníamos que hacer nuestros deberes justo como en nuestro hogar. Lo único que era diferente eran los deberes. Yo nunca había aseado a un macho por lo que era nuevo para mí. El cuidador del rancho tenía muchos años trabajando ahí y me mostro como debía hacerlo. Me mostro que hacer con su piel sus orejas y su vientre. La última parte fue la que me resulto un poco más incómoda.



Manuel, que era el cuidador me mostro que tenía que limpiar el saco que se hacía en donde estaba su pene porque se escondía dentro y se llenaba de suciedad junto a sus grandes testículos también. Tenían una coloración entre rosa negro y blanco en su pene y era pequeño. Yo la verdad a los dieciocho años nunca había visto a un caballo montar a una yegua y mucho menos había visto su pene. Por ser un animal más grande pensaba que su cosa sería mucho más grande que lo que había visto. ¿Esa es su cosa? –Pregunte a Manuel–. Si solo que se esconde en ese pequeño saco pero cuando tiene que hacer lo suyo sale de ahí, se hace muy grande –respondió mientras se burlaba un poco de mi pregunta–. El me mostro como lo limpiaba con Tornado y luego me dijo que yo lo intentara con Bravo. Me dio unos guantes grandes como para lavar los trastes y una cubeta con un jabón especial. Hay que retenerles las patas antes de  hacerles cualquier cosa ahí por eso los amarramos a la puerta de la reja, a veces se ponen nerviosos y pueden soltar patadas a lo loco –dijo Manuel–. Mi caballo estaba bien sujeto y yo estaba algo nerviosa. Me puse los guantes y tome una pequeña esponja que me dio Manuel. Emule sus movimientos y metí la pequeña esponja en aquel saco donde estaban sus testículos. Su pene lo pude sentir en mi mano. Era grueso y tenía una punta extraña con un gran orificio al final y una punta muy extraña. Pude sentir que había mas dentro de ese saco que aún no salía. Mientras lo limpiaba pude notar que Bravo resoplaba y movía la cola de un lado a otro. Manuel dijo –lo estás haciendo bien, hazlo más rápido para seguir con el otro ya que tu hermano no puede hacerlo ahora, está ayudando a tu padre–. Yo obedecí a Manuel que me veía atentamente mientras yo hincada y llena de jabón por todos lados lavaba el pene de mi potro. El agua de la esponja enjabonada me había bañado la blusa por completo y me había dado frio lo que hacía que mis pezones se marcaran. Trata de sacarlo del saco para que lo puedas limpiar mejor –dijo–. Yo note que Bravo estaba mucho más grande y su pene empezaba a abandonar el saco del que nacía. Fue la primera vez que me sentía asustada y maravillada al mismo tiempo. El pene de Bravo creció estrepitosamente. Un descomunal y bestial miembro golpeaba su barriga llegando mucho más lejos de la mitad de su estómago casi tres cuartos de largo. Resoplaba y relinchaba pelando los dientes. Manuel me miraba extrañamente y yo le pregunte con ignorancia – ¿su cosa creció mucho, ahora qué hago? Manuel me miro mudo por unos minutos y luego me respondió –bueno debes aprovechar y limpiarlo bien por completo ahora que está afuera–. Yo no creí que fuera apropiado pero le hice caso por ser el que más sabia. Pronto me daría cuenta que el solo quería verme hacerlo por razones muchos más oscuras y pervertidas. Hazlo con la esponja y la otra mano, frótalo por completo rápido antes de que se oculte de nuevo en el saco –dijo mientras me miraba con suma perversión–. Yo le obedecí y tome aquella bestial polla entre mis manos enjabonándolo por completo. Bravo relinchaba y resoplaba aún más fuerte tratando de moverse de lugar. Yo seguía fielmente a mi tarea hasta que un relinchido grande se escuchó y una pequeña cascada blanca y espesa salió de la extraña punta de su pene. ¡Qué asco Manuel, se vino el caballo! –grite–. No te preocupes eso a veces pasa cuando están en celo y no se han desahogado, es normal, solo no se lo comentes a tu padre –dijo nervioso–. Yo me quede impactada por el tamaño y la capacidad de su pene. Sus testículos eran capaces de producir una inmensa cantidad de semen en una sola descarga. Era algo que me dejo intrigada y muy caliente. Por accidente había hecho eyacular a mi potro salvaje Bravo.



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Datos del Relato
  • Autor: DraJulia
  • Código: 47990
  • Fecha: 20-01-2018
  • Categoría: Zoofilia
  • Media: 0
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