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Categoría: Incestos

Las relaciones incestuosas de María

LAS RELACIONES INCESTUOSAS DE MARIA.
LA PROSTITUTA
Relato No. 2
Julio César Bete

Tal como les prometí les narraré lo que María me dijo de sus relaciones incestuosas con su único hijo. Aclaro que él murió en un accidente hace aproximadamente cinco años y que María lo recuerda con mucho amor y se siente muy orgullosa de lo que entre ellos pasó. Ella parece que disfruta al recordar cada detalle. Y no se arrepiente, porque según ella durante los últimos tres meses fueron inmensamente felices y disfrutaron el sexo intensamente. Yo me limitaré a narrar lo que ese Sábado escuché y que ella disfrutaba contándolo con lujo de detalles.

Estábamos fumándonos un cigarrillo (en ese tiempo yo fumaba) después de hacer el amor como locos (los detalles de esos Sábados por la tarde serán otro relato). Yo tenía por costumbre encender una radio grabadora con música del recuerdo, para que los vecinos de mi apartamento no escucharan el escándalo que ella y yo hacíamos cuándo estábamos haciendo el trabajito. En la radio sonó música de los “Bee Gees”, de pronto miré que ella cambió de semblante.

Le pregunté ¿Qué le pasa?

Esa música le encantaba a mi hijo.

Veo que usted siempre lo recuerda.

Claro. No tiene idea de cuánto lo amé.

Si. Es doloroso para una madre perder a un hijo.

Yo lo amé como madre, como mujer, como amante. En los últimos tres meses de su vida disfrutamos el sexo como usted no tiene idea.

¿Cómo? ¿No lo puedo creer? ¿Con su propio hijo? ¡No puede ser!

No se escandalice. Uno es lo que las circunstancias y el momento lo obligan a ser. Fue una relación bella, pura. Con muchísimo amor. Y no me arrepiento.

Me casé a los diez y ocho años. Un año después nació mi hijo. Cuándo yo iba a cumplir treinta y tres años murió mi esposo en un accidente y me dediqué por entero a crear a mi único hijo. Yo tenia un buen empleo ganaba buen dinero y vivía bien.

Durante dos años estuve totalmente dedicada a mi trabajo y a la crianza de mi hijo. Yo no salía más que a la oficina, al supermercado y desde la muerte de mi esposo, le juro a usted por la memoria de mi adorado hijo; que yo no tuve que hacer con ningún hombre.

Por las noches le ayudaba con las tareas que le dejaban en el colegio; y por suerte salió un buen estudiante y le iba muy bien en sus estudios.

Un sábado estaba cumpliendo mis treinta y cinco años y me festejaron con un almuerzo todas mis amigas de la oficina. Se hicieron varios brindis con un vinito suave, pero que varias copitas ponen las orejas calientes.

Repito, desde la muerte de mi esposo, nada que ver con ningún hombre. Pero si debo ser sincera en esos días sentía la necesidad de un hombre y desperté como dos veces a medianoche bien caliente. Una vez me masturbé. Ese sábado llegué al apartamento a media tarde y me fui directamente al baño.

Cuál fue mi sorpresa, me encontré con mi hijo que estaba totalmente desnudo y que se estaba masturbando. Mi hijo no era un mozalbete que iba a cumplir diez y siete años. Tenía un cuerpo bien formado y desarrollado porque practicaba bastante gimnasia y era todo un hombre.

Cuando se dio vuelta, cuando se dio vuelta; Julio César, si ya me temblaban las piernas con solo verlo de espaldas. Cuando le miré lo que él tenía en las manos, sentí un orgasmo y me mojé todita. Yo sentía el líquido que amenazaba por deslizarse por las piernas.

El bajó la cabeza, sumamente avergonzado. Yo lo abracé y le dije que no se preocupara, pero que fuera a tener ese mal hábito de estarse masturbando y que lo mejor era que los dos nos diéramos placer. Que cuando él tuviera necesidad me lo dijera. Todo se lo dije temblando de pies a cabeza, incluso mi voz era temblorosa. Estaba totalmente hambrienta de sexo que en un decir amén yo también estaba totalmente desnuda.

Lo agarré de las manos y me acosté de espaldas en el piso del baño. Abrí las piernas lo más que pude para que el no tuviera ningún problema para alojar aquella tremenda tranca. Lo empecé a besar en la boca. Obviamente, el no tenía ninguna experiencia, pero fue aprendiendo rápido, porque luego me estaba acariciando los senos y chupándome los pezones, como un experto.

Mi esposo no era dejado, el padre de mi hijo estaba muy bien equipado; pero mi hijo, Julio César; le podía decir al papá quítese de allí. Cuando mi hijo puso el glande de su pene en la entrada de mi vagina, tuve otro orgasmo. Me di cuenta que el pene de mi hijo era casi el doble de grueso que la del papá y un poco mas largo. Era un hombre completo y muy bien equipado.

Cuando mi hijo terminó de acomodar el glande en mi vagina, sentí que la alfombra del baño estaba húmeda, porque mis líquidos corrían por en medio de mis nalgas.
Una vez que se acomodó empezó a penetrarme muy lentamente y por cada centímetro que avanzaba yo me sentía la reina del mar, el cielo y la tierra. Creo que en ese momento nació en mí la pasión por los hombres bien dotados. Me fue penetrando despacio y se tomó su tiempo para llegar a meterla toda. Después empezó el mete y saca, pero lo hacía también sin prisas, con muchísimo amor; y yo disfrutaba cada segundo y cada centímetro, era la gloria. El me susurró en el oído mamacita linda, te adoro.

Cuando susurró en mi oído, sentí como su pene se agrandó un poco más y se puso todavía más rígido; y entonces si. Se convirtió en una máquina demoledora, con mucho amor, pero firmes y constantes las bombeadas en mi interior. Cinco minutos después se derramó dentro de mí y cuando sentí en mis entrañas aquella lava hirviendo casi al mismo tiempo tuve mi tercer orgasmo. Varios minutos estuvimos sobre la alfombra del baño acariciándonos. El me daba las gracias y yo le decía que quien tenía que agradecerle era yo; le reiteré que cuantas veces tuviera necesidad me lo dijera. Estuvimos mutuamente acariciándonos. Cuándo nos calmamos, nos levantamos.

En el apartamento había un solo baño que compartíamos y el salió a su dormitorio mientras yo me aseaba. Después de asearme fui a mi dormitorio, me puse una bata ligera y nada mas abajo; me tendí boca abajo en mi cama. Realmente que las comparaciones son odiosas. En ese momento recordé que en la finca de mi difunto abuelo había un garañón que podía tener el miembro bien erecto pero en el momento que iba a saltar a las yeguas se le ponía más rígido y así las penetraba.

Mi hijo era un verdadero garañón en los últimos cinco minutos me sentí en las nubes, me cabalgó con mucho amor pero con firmeza. Jamás su padre me dio tanto placer y eso que no era dejado. Sin menospreciar a mi difunto esposo, mi hijo tenía tres veces la potencia de su papá. Posiblemente porque era un adolescente. Con solo recordar lo vivido minutos antes, empecé a sentir un calor en mi pecho y hasta dificultad para respirar y oí que mi hijo salía del baño y se dirigía a su dormitorio. Mi calentura era tal que me dirigí solo con mi bata al dormitorio de mi hijo. Iba semidesnuda a comprobar nuevamente la potencia de mi hijo.

Entré al dormitorio y él se estaba secando el cuerpo, estaba totalmente desnudo, en ese momento se dio cuenta de mi presencia y dándose vuelta me miró. Cuando llegué a su lado yo también ya estaba desnuda y el par de segundos que me tarde para abrazarlo, ya tenía el pene erecto que me coloqué en medio de las piernas, para poder abrazarlo y besarlo. Era como si tuviera un bate de base ball en medio de mis piernas. Sentí el contraste de su piel aún húmeda, fresca; con lo caliente de mi cuerpo. Hicimos el amor despacio, sin prisas y él ya con la experiencia de la primera vez. Sus caricias delicadas, con mucho amor pero como un excelente discípulo. Aprendía rápido mi muchacho. Hicimos el amor dos veces sobre la cama y una vez sobre la alfombra de su dormitorio. La primera vez que lo hicimos sobre la cama se tardó un mundo, quizás porque lo acabábamos de hacer en el baño, la segunda vez no digamos; y la tercera vez sobre la alfombra yo le gritaba que me estaba matando, porque yo tenía orgasmos tras orgasmos y el era una máquina bombeándome. Finalmente, eyaculó pero yo le había pedido que lo hiciera sobre mi pecho, porque hasta el lunes iba a ir a una clínica a ponerme un dispositivo anticonceptivo. Antes de que el se quedara dormido, nuevamente le recordé que si sentía necesidad me lo dijera. Julio César sería una mentirosa si le dijera cuantos orgasmos tuve ese día, porque perdí la cuenta.

A medianoche, salí de su dormitorio, bien molida a tal grado que el día siguiente, (Domingo) no me levanté ni a desayunar. A la una y media de la tarde, me levante toda adolorida y encontré sobre la mesa del comedor una pizza y té helado, con una nota diciéndome que se había ido al estadio a ver un partido de foot ball.

Todo ese día, no lo miré. El lunes muy temprano se levantó, me dejó preparado café y tostadas y se fue al colegio. Yo fui a la oficina y pedí permiso para ir al médico. En la Clínica no me colocaron el dispositivo anticonceptivo que en un principio yo quería, sino que me inyectaron. El dispositivo decidí no ponérmelo, porque recordé que una amiga salió embarazada porque se movió de su sitio. Con la tranca de mi hijo fácilmente me embarazaba en la forma como cabalgábamos y la gran cantidad de semen que soltaba a chorros que toda su plena juventud (adolescencia) le permitía.

Toda esa semana yo estuve saliendo un poco tarde de la oficina y tuve muy pocas ocasiones de verlo porque el tenía por costumbre encerrarse en su dormitorio a estudiar, era un excelente estudiante y sacaba muy buenas notas a tal grado que se había ganado una media beca y era muy sobresaliente en los deportes. No quiero pensar que el sentía pena y me estaba evitando. Dos veces fui a espiarlo y estaba tan concentrado en su estudio que no me atreví a interrumpirlo. Por ningún motivo quise interrumpir su privacidad.

Estando en la oficina, no dejaba de pensar en él y cuando recordaba su pene erecto me mojaba todita. El viernes por la tarde tracé un plan para seducirlo.
El sábado en una de las tiendas localizadas en el mismo edificio de la oficina, compré una bata transparente que me llegaba un poco mas abajo de mis caderas y un conjunto de brassiere minúsculo con su respectiva tanga color rojo. Crucé el parque y compré tres DVD con películas pornográficas y en el supermercado que está al otro lado de la calle compré dos botellas de vino suave (Rosato) y dos bolas de queso manchego, pan y un pollo entero frito. En un restaurante comí una ensalada y le llevé una hamburguesa a mi hijo.

Cuando llegué al apartamento mi hijo estaba aseando la mesa de la cocina, me recibió como siempre con un beso en la mejilla. Le pregunté si había almorzado y me dijo que si. Esta bien mete estas botellas a la refrigeradora para que se enfríen un poco y mientras tanto ve a ponerte ropa cómoda para que miremos una película y comemos este quesito (se puso feliz porque el queso manchego le encantaba) yo voy a bañarme y ponerme ropa cómoda, así que te espero en la sala. Antes de entrar a mi dormitorio pasé por la sala y sobre un mueble puse las películas que cubrí con una revista.

En mi dormitorio, me temblaban las piernas por lo que me disponía a hacer, pero ya no había marcha atrás. El día anterior había estado pensando que algún día mi hijo se iba a casar, yo no se lo iba a impedir pero jamás iba a renunciar totalmente a él. Estaba dispuesta a operarme para no tener hijos. Deliberadamente me tardé un poco más de media hora en salir de mi dormitorio, muy bien maquillada y ataviada con la minúscula ropa que acababa de comprar. Una vez él había comentado que le gustaba mucho la loción que usaba, así que no dudé en usarla.

Sin hacer ruido fui a la cocina y desde allí miré a la sala y lo miré que estaba viendo un partido de foot ball, se había puesto una camiseta, una calzoneta bastante holgada y calzaba sandalias. Cogí dos copas y las llené de vino, entré a la sala con una copa en cada mano (NO HABÍA MARCHA ATRÁS). Mi hijo se quedó mudo al verme, pero reaccionó silbando y diciéndome ¡Que guapa! ¡Que monumento! Sin darle importancia a lo que dijo le entregué una copa y le dije que fuera a la cocina a traer la botella y el queso que dejé sobre mesa.

En cuanto salió de la sala puse la película y deliberadamente dejé el control sobre el televisor y el volumen bajo. Cuando estuvo de regreso la película estaba en lo mejor, eran de esas que sin mucho preámbulo se van a la acción. Le dije siéntate aquí a mi lado y miremos la película. En cuanto el se sentó yo me levante a coger el control del televisor, puede usted imaginarse el espectáculo que miró porque yo deliberadamente me incliné todo lo que pude hacia delante.

Lo anterior, y la acción que se estaba desarrollando en la película, cuando yo me senté de nuevo a su lado miré que en medio de las piernas tenía una carpa de circo. Sin darle mucha importancia seguí viendo la película. Cuando le serví la segunda copa, lo que se le miraba abajo de aquella calzoneta que para suerte de él le quedaba holgada; parecía que le iba a estallar. Pero el muchacho no tomaba ninguna iniciativa. Serví la tercera copa y yo ya estaba a mil con lo que estaba viendo en la pantalla y aquella tranca que tenía al alcance de mi mano. Pero decidí esperarme un poco más. Cuando bebí el último sorbo de vino de mi copa, lo quedé viendo bien seria y le dije que me tenía muy molesta por desobediente.

El muy desconcertado me preguntó porqué. Yo te he dicho que cuando me necesites solo tienes que decírmelo, mira como estas y en ese momento puse la mano sobre aquél pene que parecía un rail del ferrocarril. El me dijo mami es que me da pena cogerla si usted no me lo pide. La pena debemos olvidarla y servirnos el uno al otro. Yo no niego que te necesito y es evidente que me necesitas, pero en ningún me has pedido que te sirva.

Me puse de rodillas frente a él y empecé a bajarle la calzoneta, mientras le decía que íbamos a hacer todo lo que estábamos viendo en la pantalla del televisor. Entre otras cosas te la voy a mamar y después haces lo mismo conmigo. Además vamos a hacer muchas otras cosas más. Cuando le bajé la calzoneta quedó a menos de quince centímetros de mi cara (El seguía sentado) aquella descomunal verga, con razón había pasado toda la semana medio derrengada. No me explico como me había cabido toda, por lo gruesa y especialmente larga. Me costó acomodarme en mi boca la cabeza de aquella hermosa verga, tuve que agarrarla con las dos manos para poder metérmela en la boca, solamente el glande, nada más. Toda la semana había pasada obsesionada por tener en mis manos esa preciosidad de pene. No pude aguantarme mucho tiempo mamándolo sino que rápidamente me quité la poca ropa que andaba y le dije que necesitaba urgentemente que me atendiera y que me diera una buena mamada. Se me había escapado decirle que mi hijo a pesar de su corta edad era velludo y hacía como diez días que no se afeitaba y tenía un incipiente bigote (de adolescente). Con lo que miró en la pantalla, lo hizo de una manera magistral. Con su labio superior y la lengua me succionaba el clítoris, que como usted ya sabe Julio César y a podido comprobar es grandecito el gallo que me cargo, después de algunos buenos lenguetazos, lo agarre del pelo porque yo estaba teniendo mi primer orgasmo de esa noche. Le aferré con mis piernas la cabeza y el siguió lentamente pero muy seguro dándome lenguetazos en los labios interiores de mi vagina y en mi clítoris hasta que me corrí completamente y el se bebió todos mis jugos.

Con mucha delicadeza me acomodó en el sofá y empezó a acariciarme y besarme todo mi cuerpo. Yo temblaba todavía por el orgasmo que acababa de tener, pero en ese momento se humedeció las yemas de los dedos y empezó a pasarlos por mis pezones y a apretarlos muy suavemente yo tenía las piernas abiertas y comenzó nuevamente a chuparme el clítoris, no aguanté ni un minuto cuándo yo estaba nuevamente a mil pidiéndole a gritos, suplicándole como loca que me metiera la verga.

Esta vez se le facilitaron un poco mas las cosas porque estaba bastante húmeda y por la gran cogida que me había dado el sábado anterior. Me la metió despacio como lo había hecho otras veces, con mucha consideración, porque el pene era grande. No se como sabía, ni donde aprendió esa técnica, que me volvía loca. Una vez que llegaba al fondo, comenzaba el mete y saca muy lentamente y después iba incrementando la velocidad y al mismo tiempo se incrementaba la dureza y pujanza.

Esa noche lo llevé a mi dormitorio y le dije que de ahora en adelante va a dormir aquí conmigo. Lo necesito y quiero tenerlo a mi alcance siempre.

El me dijo está bien mami.

Sería la de nunca acabar si detallo lo que sucedió los siguientes tres meses, no hubo noche que no me cogiera. Me pisaba por lo menos tres veces todas las noches, yo quedaba media turulata de las grandes acabadas cada vez que me cogía. No sé de donde sacaba tanta energía. Lo hacía con gran vitalidad la tercera vez como la primera. Quizás debido a su juventud y porque de lo que si estoy segura es de que no se volvió a masturbar. Una noche le pregunté que de donde sacaba tanta energía y me contestó que yo era la que lo motivaba. Si yo no fuera al colegio y usted no fuera a la oficina también lo haría.

Cuando yo andaba con la menstruación por lo menos una vez cada noche, lo mamaba. Se montaba sobre mi y en medio de mis dos tetas colocaba el pene, yo juntaba con mis dos manos mis tetas y abría la boca para chupársela y el restregaba el resto del pene sobre mis tetas. Jamás intentó cogerme por atrás porque la primera noche que se quedó en mi dormitorio yo le pedí que lo hiciera y lo intentó. Solo logro penetrar la puntita del glande y casi me desfonda. Estuve como una semana que ir a defecar para mí era lo más doloroso.

Pero como dice la canción, nada es eterno en le mundo. Todo se acaba.
Una mañana avisaron a mi oficina que mi hijo había tenido un accidente, no me quisieron decir que ya estaba muerto. Yo creí que me iba a morir cuándo miré su cuerpo destrozado. No quiso irse en el bus del colegio si no que un compañero lo llevaba en una motocicleta, los dos fracasaron.

A partir de ese momento, a mi ya no me importaba nada, no volví a la oficina por mucho tiempo, luego me di cuenta que se habían declarado en quiebra y habían cerrado, no pagué la renta del apartamento, me cortaron el teléfono, el agua y la luz. Por último me echaron del apartamento. Un viejo maldito me ofreció un cuartucho. Varias veces me golpeó y me daba unas grandes pateadas que me escapaba de matar y después de golpearme me violaba. El colmo fue cuando llevó dos amigos y los tres me violaron toda la noche. Me rebelé y me pagaron lo que me hicieron. Algún día le voy a contar como me vengué.

No tiene idea de cuanto he sufrido, pero estoy feliz porque los últimos tres meses de la vida de mi hijo; disfrutó mucho del sexo.

El próximo relato “Las Amigas de María”. Espérelo
Datos del Relato
  • Categoría: Incestos
  • Media: 7.39
  • Votos: 76
  • Envios: 5
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Comentarios
1 comentarios. Página 1 de 1
Relator
invitado-Relator 06-01-2011 00:00:00

Bueno María por un infortunio que pasastes vivistes una verdadera relación de contacto con tu hijo que es todo un buenisimo en la cama que te trato como te merecias lastima que no sobrevivió al accidente pero lo llevas en tus recuerdos y en tu alma ya que te hizo más mujer en lo sensual te admiro por contarlo y convertirlo en relato erótico...

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